La vida espiritual de los bordadores

Por: / Fotografía: Erick Morales / Octubre 2020

Aguja, hilo y tela se han convertido en herramientas indispensables para la estabilidad emocional de muchas personas. Acercamientos a una actividad que cambia vidas.

SEPARADOR

"E

l bordado llegó a mí, yo no lo busqué. En el bordado encontré una forma de distensión artística, por así decirlo. Me di cuenta de que entre más te concentras más fácil trabajan las manos, y que todo lo contrario ocurre si te estresas cada vez que toque desarmar una puntada mal hecha. Todo es práctica y encontrarse con aquello que nos traiga paz interior”, escribe el tatuador bogotano Andrés Escobar desde la cárcel de Girardot, donde cumple una condena de 72 meses. Tiene 33 años, hace uno se encuentra privado de la libertad, y bordar es una de las actividades que le ha ayudado a darle sentido y sacarle provecho a tantas horas de encierro.

Fue justo en esa etapa de su vida, en 2018, cuando se encontró con el oficio. Como tatuador, Andrés tiene un talento fluido para dibujar e ilustrar, y un compañero de celda de la Unidad de Reacción Inmediata (URI) de Puente Aranda vio una de sus creaciones y le dijo que en ese lugar acababan de abrir un taller artístico. Andrés se animó, asistió a su primera sesión y se encontró con algo que nunca se le hubiera ocurrido.

En un salón, veinte de sus compañeros escuchaban desde sus pupitres las instrucciones de Daissy Romero, diseñadora bogotana, 34 años. En su trabajo para la Secretaría de Seguridad, Convivencia y Justicia del Distrito de Bogotá le habían encargado crear un proyecto de inclusión para la población carcelaria. Ella ya tenía experiencia con adolescentes vulnerables de la ciudad a los que les brindaba terapia con arte, y esta vez pondría en marcha una idea retadora que le rondaba desde hace un tiempo: un libro bordado.

La propuesta, además de innovadora, tenía el inconveniente de que nadie la entendía. Para convencer a sus empleadores, Daissy mandó traer algunos libros desde Estados Unidos para mostrar a qué se refería: un libro bordado cuenta una historia apoyada con ilustraciones que, en vez de ser dibujos impresos, están hechos con hilos y puntadas. Para eso se requiere una buena cantidad de manos y, justamente, eso era lo que sobraba en la URI de Puente Aranda.

Aclaradas las intenciones, se aprobó el proyecto y apareció el segundo y mayor reto: convencer a un grupo de hombres para realizarlo. “Desde el principio la intención fue hacer un laboratorio disruptivo, basado en fomentar ideas sobre nuevas masculinidades… Al inicio fue difícil, porque reuníamos en un solo espacio a un montón de hombres con sus propios tormentos, para que una profesora les enseñara a bordar… sonaba un poco absurdo. Pero al final se comprobó que sí funcionaba, porque al laboratorio se apuntaron 155 personas privadas de la libertad. Entonces, no es que a los hombres no les gustara bordar, es que no les habían hablado nunca del bordado”, recuerda Daissy Romero.

Para la muestra, Andrés. Como la mayoría de sus compañeros, y casi todos los hombres que conocía, nunca había pensado ni por equivocación en sentarse a bordar. No es que le pareciera poca cosa, que no le gustara o que le aburriera. Simplemente nunca se le había presentado esa oportunidad, tal vez por la idea en el imaginario colectivo de que el bordado es un oficio eminentemente femenino. Sin embargo, desde que dio la primera puntada, Andrés sintió un arrebato de creatividad inmediato, como si acabara de encontrarse con el sentido de su vida.

Fue cuestión de que aprendiera la técnica para que en poco tiempo se convirtiera en uno de los aprendices más habilidosos. Siguiendo las enseñanzas de Daissy, crearon entre los dos las ilustraciones que bordaron dieciséis compañeros, que pasaron de reunirse solo los jueves a hacerlo seis días de la semana. En ese inusual costurero intensivo de hombres macizos con pasados difíciles y manos rudas, aprendieron a hilar fino, firme, con delicadeza y precisión. Pasaron de ser desconocidos siempre a la defensiva a ser un grupo de apoyo donde cada uno bordaba la historia de todos, unidos por una extraña forma de la fraternidad que no habían vivido antes. Se congregaron bajo el nombre de “Hombres bordadores”.

El resultado fue En.Sueño, un libro que cuenta el testimonio de Diego León, uno de los internos que hizo parte del taller. La historia, sentida, sencilla y sincera, es recreada por personajes mitad humanos mitad animales bordados con una minucia quirúrgica en situaciones que muestran sus pensamientos, reflexiones y, sobre todo, la cotidianidad de su vida en medio de ese momento de transición que es pasar de la libertad a la reclusión. También es un retrato del ambiente cotidiano de la prisión, un sentimiento casi intransferible compartido por todos los hombres bordadores y no bordadores de cualquier cárcel del país. A ellos está dedicado esta bella rareza editorial con mensajes y puntadas donde cada uno pareció dejar una catarsis.

“Bordar es un arte que te aleja de los malos tiempos, pide y demanda todo de ti, es un reto que vives con paciencia y entrega. Te pone a prueba, debes ponerle todas las ganas porque en cada puntada unes parte de tu ser, tu tiempo, tu dedicación, tus sentimientos y pensamientos que se materializan en una creación, que permite emerger al artista que hay en ti” escribe al final del libro Jorman Roldán, uno de los hombres bordadores, a modo de reflexión. Con esa definición parece capturar lo que sintieron todos ellos en la realización de su proeza bibliográfica.

Ese tipo de plenitud llega a despertar el bordado en las personas que lo practican. Y, aunque pareciera que esas bondades han sido recién descubiertas, lo cierto es que la filosofía y la trascendencia que reposa en esta práctica parecen ser tan antiguas como el oficio mismo. “Bordar es poner a prueba tu capacidad para aceptar la frustración, porque al principio es lo que vas a sentir la mayoría del tiempo mientras aprendes a dominar la técnica. Bordar es asimilar que aprender a hacer algo bien cuesta tiempo y trabajo”, dice Daissy, que aprendió hace diez años cuando cuidaba a su abuela quien, mientras se recuperaba de una cirugía, le enseñó a hacer sus primeras puntadas.

Ahí nació una conexión entre ambas, con la inmortalidad frágil de los saberes heredados de una generación a otra. Desde entonces Daissy ha estudiado con rigurosidad académica y ha pasado por todo tipo de cursos y talleres para conocer las técnicas en toda su amplitud. Gracias a esa vocación encontró un sentido a su profesión como diseñadora y creó su propia iniciativa llamada TocToc, un estudio dedicado a hacer proyectos de inclusión como el de En.Sueño en la URI de Puente Aranda.

Pero más que el interés por el perfeccionamiento de las técnicas, Daissy, al igual que muchos maestros del bordado, creen que es justo por esos beneficios mentales y emocionales que hoy en día hay más personas que quieren bordar, o existen iniciativas con sentido social en torno al bordado. Es claro que la técnica debe estar presente, porque es en el esfuerzo por mejorarla que se entra en un ejercicio casi meditativo. En muchas ocasiones es el proceso, más que el resultado, lo que se valora.

Tejer la memoria

Algo así pasa, desde otra orilla, en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación. Entre las diferentes iniciativas que han emprendido para cumplir su misión se destaca Costureros de la Memoria, un espacio dirigido a personas que en el acto de coser han encontrado una oportunidad para reunirse y hacer un ejercicio personal de sanación, que a la vez ayuda a construir un ejercicio colectivo de memoria histórica. Así han creado tres costureros diferentes, cada uno con su propia esencia: el de las Madres de Soacha, otro llamado Kilómetros de Vida, y un tercero llamado Unión de Costureros. Todos se sustentan en la firme creencia de que al coser y bordar una tela personal en la que plasman sus historias relacionadas con el conflicto armado del país, literalmente remiendan las heridas que les ha dejado la guerra.

Por supuesto, no se trata de simplificar o subestimar la complejidad del dolor que ha producido la guerra del país en las víctimas, como quien pretende que cosiendo y bordando se sanan secuelas tan profundas. Sin embargo, todos los asistentes a los diferentes costureros del CMPR dan cuenta, de una u otra manera, de que al finalizar su tela personal y pasar por la experiencia del bordado en alguno de los costureros, sienten un poco más de alivio o tienen una percepción más clara de las cosas. Tal ha sido su impacto que, por ejemplo, Virgelina Chará, que lidera Unión de Costureros, decidió abrir su colectivo para recibir a cualquier persona que se anime a compartir su historia, que quiera apoyar a las víctimas, reflexionar sobre el conflicto armado, o que simplemente quiera conocer a otras personas y bordar.

Virgelina Chara

“Hay que compartir esta experiencia con otras personas para que estas memorias no desaparezcan, no puede quedarse solo entre las víctimas”, dice Virgelina. Su idea ha tenido una gran acogida, especialmente entre universidades y académicos de las ciencias humanas que han reconocido en su labor uno de los ejercicios de memoria histórica más interesantes del país y que ella bautizó como Pedagogía de la Memoria. Pero, más allá de esos elogios, son los estudiantes universitarios los que más han empatizado con la idea. Son, sin duda, algunos de los asistentes más constantes y comprometidos con el costurero. Se les puede ver cualquier tarde de jueves o sábado en el salón compartiendo con personas que les doblan o les triplican la edad, tertuliando con toda la confianza y la complicidad del asunto.

Inician con una tela personal, como todo el mundo, en la que plasman simbólicamente algún momento de violencia que los haya marcado. Pasan tres o cuatro meses en su elaboración, y una vez finalizada la exponen al grupo, cuentan su historia y es ahí donde se dan cuenta que, por más privilegios con los que cuenten, no viven exentos ni son ajenos al pertinaz caos social del país y su rasero de violencias: se dan cuenta de que solo les ha llegado en dosis menores. Así lo siente, por ejemplo, Tatiana Cantor, estudiante de psicología de la Uniminuto, que llegó a Unión de Costureros hace dos años y ahora es una de las colaboradoras más cercanas de Virgelina Chará.

Costureros de la memoria - Virgelina Chara

Tatiana bordó su tela personal para reflexionar sobre la violencia automática que se vive en el país hacia las mujeres. Se la dedicó a su mamá, en parte para hacerla sentir empoderada, en parte para sanar las diferencias con su familia con respecto a ideas puntuales sobre lo que debe hacer y lo que no debe hacer una mujer. “Cuando te dicen ‘no, usted no opine’, cuando no te tienen en cuenta por ser la mujer de la casa… y uno lo acepta así nomás… y lo mismo pasa con el conflicto, uno piensa que no le toca porque piensa que está como por allá muy lejos”, reflexiona Tatiana.

Salón Bordado

María Fernanda Forero, Diana Cepeda y Amaría Cardona se conocieron durante un curso de bordado, y terminaron tan encarretadas que crearon su propio colectivo llamado Salón Bordado, una de las iniciativas sobre bordado más ambiciosas del país. Su idea ha sido tener un espacio no solo para que todo tipo de personas se reúnan a bordar, sino que cada tanto haya conversatorios donde bordadores con visiones muy personales cuentan y comparten su experiencia.

El poder de convocatoria de Salón Bordado creció de una manera tan amplia que sus fundadoras pudieron crear una especie de fraternidad itinerante. Cada domingo a las 11 de la mañana se dan cita a cielo abierto en la alameda del Parkway, en el barrio La Soledad de Bogotá, donde conocidos y desconocidos comparten un picnic en el que no se hace otra cosa que bordar. El éxito de esas congregaciones las llevó a dar el siguiente paso, sin duda su mayor gesta: una enorme exposición que es la que da nombre al colectivo. La primera edición se hizo en diciembre de 2019 durante un fin de semana en una casa de la zona, con programación de foros incluida. El éxito, inesperado, fue rotundo.

Club de bordado en bogotá

En un mismo lugar lograron reunir una enorme diversidad de manifestaciones materializadas en este oficio que, al disponerse en la dinámica de una galería, tuvo la única intención de mostrarlo como la obra de arte que puede llegar a ser: desde las colchas y carpetas de abuelas provenientes de toda Colombia y que han permanecido como bellas piezas de valor desapercibido, pasando por artistas internacionales que han planteado algunas de las técnicas y conceptos más vanguardistas, hasta iniciativas como las de Daissy Romero y sus laboratorios de inclusión.

Si alguna vez el bordado se remitió a un oficio doméstico en el último lugar de la lista de prioridades, hoy parece tener cada vez más adeptos, que encuentran en esta actividad un poco de bienestar. “Estoy segura de que somos semillas… el bordado pasó de ser una herramienta de supresión a ser un método de expresión”, dice Amaría Cardona.

Salón bordado Bogotá

Si cabe duda de esa sentencia, tal vez quede descartada con lo que pasó durante el largo confinamiento por la Covid-19. Con todas sus complicaciones, las sesiones de Salón Bordado pasaron a la virtualidad y cada tarde de domingo se conectan cincuenta, sesenta, ochenta personas por videollamada solo para bordar juntos. Ellos y los demás bordadores, Daissy, Tatiana, las chicas de Salón Bordado o Andrés y sus compañeros de celda… hoy saben que tienen un escape en las manos cuando toman aguja, hilo y tambor. Es cuestión de sentarse, hacer puntadas y dejarse llevar.

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