¿A qué se debe la popularidad del ruido blanco y qué nos dice sobre nuestra relación con el descanso? De la mano de una neuróloga exploramos qué hace en el cerebro y cómo, si bien no resuelve problemas de raíz, puede ser un aliado para algunas personas.
El ruido blanco se ha consolidado en el imaginario colectivo como el “telón de fondo” definitivo para la era de la distracción y para conciliar el sueño de forma más fácil. Físicamente, se define como una señal aleatoria que posee la misma intensidad en todas las frecuencias audibles por el oído humano (desde los 20 hasta los 20.000 Hz). Su nombre es una analogía directa con la luz blanca, que es la suma de todos los colores del espectro visible. Al sonar, el ruido blanco crea una pared sónica compacta, similar al siseo de una radio sin sintonizar o el estático de un televisor antiguo, que satura el umbral auditivo, impidiendo que el cerebro detecte cambios bruscos en el entorno, como el portazo de un vecino o el ladrido de un perro.
Su éxito viene acompañado a la par de una crisis del descanso que ha crecido con los años: según el informe global Worldviews Survey 2025, la calidad del sueño ha sufrido un deterioro marcado, pues solo el 62 % de la población afirma dormir bien, una cifra que ha venido disminuyendo, según el estudio, sostenidamente desde el 2021. Además, según la Asociación Colombiana de Medicina del Sueño (ACEMES), entre el 2025 y el 2026 alrededor del 47 % de los colombianos sufre de insomnio, ya sea crónico u ocasional. Según la doctora María Camila Cortés Rojas, especialista en neurología pediátrica y adscrita a Colsanitas, “dormir no es simplemente descansar, sino un proceso activo y esencial en el que el cerebro y el cuerpo se reparan, se reorganizan y se preparan para el día siguiente. Lejos de apagarse durante el sueño, el cerebro atraviesa fases altamente dinámicas que reflejan una compleja actividad neurobiológica”.

Al sonar, el ruido blanco crea una pared sónica compacta, similar al siseo de una radio sin sintonizar o el estático de un televisor antiguo.
Ante una llamada “crisis del sueño” o “crisis del descanso”, han aparecido cientos de apoyos en el mercado y en la digitalidad: gotas para dormir mejor, bebidas de hierbas, posturas de yoga, pódcast de meditaciones guiadas, pódcast de historias inconclusas para “aburrir” al cerebro, entre otras formas con las que se ha intentado mejorar en alguna medida una actividad vital para el ser humano. El ruido blanco es otra alternativa, con cientos de reseñas en internet que hablan maravillas de su efectividad. Pero, ¿por qué funciona tan bien?, ¿es suficiente para tratar temas severos de insomnio?
Pequeño recuento histórico
La popularización del ruido blanco como ayuda para el sueño comenzó de manera accidental. A principios de los años 60, un vendedor viajero llamado Jim Buckwalter notó que el sonido constante de los aires acondicionados en los hoteles lo ayudaba a dormir al ocultar los ruidos de los pasillos. En 1962 inventó el Marpac SleepMate (hoy conocido como Dohm), la primera máquina de ruido blanco comercial. No era digital, era un ventilador pequeño dentro de una caja acústica que permitía regular el flujo de aire para crear ese siseo mecánico constante. Este dispositivo se volvió un éxito rotundo entre padres primerizos y personas con insomnio crónico en Estados Unidos.
Su éxito masivo no ocurrió en los laboratorios de sueño, sino que fue escalando desde nichos técnicos hasta el consumo cotidiano gracias a la digitalización del bienestar. Lo que antes requería de máquinas costosas o ventiladores encendidos durante el invierno, ahora estaba a un clic de distancia en plataformas como YouTube o Spotify, en las que las listas de reproducción de “Deep White Noise” acumulan miles de millones de reproducciones. Según Cortés Rojas, apoyada en estudios al respecto, este ruido funciona por una doble vía, exógena y endógena, la primera enmascara sonidos disruptivos del ambiente y la segunda promueve una desincronización y reducción de la conectividad entre la corteza auditiva y las redes motoras/ejecutivas, induciendo un estado de aislamiento sensorial que protege la arquitectura del sueño. Este efecto de “desconexión” confirma que el ruido blanco no es solo un distractor, sino un modulador de la red neuronal que puede ser especialmente útil en pacientes con hipersensibilidad sensorial o en entornos de cuidados críticos.
Si bien el ruido blanco es el más famoso, no es el único “color” del sonido que es útil para dormir. Existe el ruido rosa, que es más profundo y equilibrado, como la lluvia constante, y el ruido marrón o café, que tiene una energía mucho mayor en las frecuencias bajas, recordando el rugido de una cascada o un trueno lejano. Muchas personas que encuentran el ruido blanco demasiado agudo o metálico, migran hacia el ruido marrón, buscando una sensación de peso y calidez que parece abrazar el sistema nervioso de forma más orgánica.

Aunque el ruido blanco ha probado su efectividad en muchísimas personas, el mal dormir responde a cientos de condiciones para las que no existe una única salida.
Uno de los grandes hallazgos del ruido blanco fue su uso para bebés y niños; muchas familias lo incluyeron en su rutina y se convirtió en un aliado del bienestar. Según Cortés Rojas, el principio de funcionamiento es el mismo en niños y adultos: el enmascaramiento auditivo, que neutraliza ruidos externos que interrumpen el sueño. Sin embargo, “en pediatría se añade un factor adicional en donde el sonido rítmico recrea el ambiente intrauterino, induciendo una calma profunda y biológica en el niño. Además, hay una diferencia clave que es anatómica: el conducto auditivo infantil, al ser más corto y estrecho, actúa como una caja de resonancia que amplifica la presión del sonido. Debido a esta ganancia acústica, un volumen que para un adulto es moderado puede resultar excesivo para el oído de un lactante, por lo que se debe usar a distancias prudenciales y ajustes en volumen según su edad”.

¿Es suficiente para dormir mejor?
Aunque el ruido blanco ha probado su efectividad en muchísimas personas, el mal dormir responde a cientos de condiciones para las que no existe una única salida: “El ruido blanco puede ser una ayuda puntual, pero no soluciona el problema de raíz, pues la mayoría de las dificultades en el sueño son multifactoriales e individuales en cada paciente. El ruido blanco es una herramienta de confort ambiental, y aunque es altamente eficaz para el enmascaramiento auditivo, carece de impacto sobre otros factores propios de la persona como estrés o ansiedad, malos hábitos de vida e higiene de sueño, exceso de estimulación por pantallas o cafeína, entre muchos otros”, concluye la especialista, quien también aclara que la definición de “dormir bien” no es universal y es multifactorial, aunque abarca un conjunto de hábitos y condiciones que favorecen un sueño reparador.
Detrás de su efectividad técnica, el éxito del ruido blanco revela una verdad incómoda sobre nuestra relación actual con el descanso. El libro El mal dormir, escrito por David Jiménez Torres y ganador del Premio de No Ficción Libros del Asteroide en el 2021, explora la ansiedad contemporánea por, entre otras cosas, “gestionar” el descanso ante una incapacidad de habitar el silencio y la quietud. Para Cortés Rojas, un buen descanso también está acompañado de la forma en que nos relacionamos con él, lo entendemos y vinculamos a la cotidianidad como un proceso no solo de “recarga” para el día siguiente sino como un acto de bienestar integral.

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