Lo que para un paciente puede ser un sentimiento de 'desasosiego', para la enfermería es una señal clínica con nombre propio. Se trata del lenguaje NANDA, una taxonomía que permite a los profesionales de la salud entender qué nos duele y cómo nos sentimos mientras atravesamos la enfermedad.
Recuerdo sin gusto una gastroenteritis que me tumbó en la cama por tres días hace un par de años. Lo que sí recuerdo con agrado de ese episodio es una anécdota: cuando llamé a orientación médica, me preguntaron mis síntomas y después de enumerar las distintas manifestaciones de mi lamentable estado, en último lugar, dije: “desasosiego”.

historia que compartimos con amigos, en particular cuando quiere subrayar lo débiles que solemos ser los hombres con asuntos como la gripa, sea respiratoria o estomacal. El caso es que en una de esas ocasiones una buena amiga enfermera nos dijo que, de hecho, algo así sí existe entre los diagnósticos que se dan en enfermería. Habló de “desesperanza”. Y nos dejó pensando, pero lo que más nos sorprendió fue descubrir que a parte de ella ninguno sabía que esa clase de diagnósticos existiera.
“Un diagnóstico de enfermería es un puente entre la valoración de un paciente y la intervención que necesita”, señala Angélica Ramos, enfermera jefe coordinadora de programas especiales de la Clínica Universitaria Colombia, donde lidera 20 programas enfocados en autocuidado. “Hay muchos que pasan desapercibidos: el de ansiedad, el riesgo de sangrado, los que están asociados a problemas de sueño y descanso, o el de desconocimiento mismo de la enfermedad que se tiene, entre muchos otros”.

historia que compartimos con amigos, en particular cuando quiere subrayar lo débiles que solemos ser los hombres con asuntos como la gripa, sea respiratoria o estomacal. El caso es que en una de esas ocasiones una buena amiga enfermera nos dijo que, de hecho, algo así sí existe entre los diagnósticos que se dan en enfermería. Habló de “desesperanza”. Y nos dejó pensando, pero lo que más nos sorprendió fue descubrir que a parte de ella ninguno sabía que esa clase de diagnósticos existiera.
“Un diagnóstico de enfermería es un puente entre la valoración de un paciente y la intervención que necesita”, señala Angélica Ramos, enfermera jefe coordinadora de programas especiales de la Clínica Universitaria Colombia, donde lidera 20 programas enfocados en autocuidado. “Hay muchos que pasan desapercibidos: el de ansiedad, el riesgo de sangrado, los que están asociados a problemas de sueño y descanso, o el de desconocimiento mismo de la enfermedad que se tiene, entre muchos otros”.
Imaginar una taxonomía del cuidado
A inicios de los años 1970, dos enfermeras participaron en un proyecto que tenía por propósito mostrar el abordaje en equipo del cuidado del paciente. Debían cumplirse dos requisitos para participar: 1) la información del paciente debía ser codificada para ser ingresada y recuperada en sistemas informáticos y 2) cada miembro del equipo debía proveer cuidados que no fueran dados por otra disciplina de la salud. Las enfermeras terminaron frustradas porque no pudieron hacer ninguna de las dos cosas. No existía acuerdo sobre una lista de los fenómenos de enfermería por codificar; y además, el lenguaje de la enfermería era impreciso y fallaba para expresar ante otras disciplinas la naturaleza y el valor diferencial de los cuidados que brinda.

Este es el mito de origen de los diagnósticos de enfermería, según relata un paper sobre su historia publicado en diciembre de 1990 en la revista Nursing Diagnosis por Judith J. Warren y Lois M. Hoskins. La historia es que las dos enfermeras norteamericanas fueron a contar su experiencia y a buscar ayuda en la Escuela de Enfermería de la Universidad de St Louis (Missouri, EE. UU.), y muy pronto esto condujo a la primera de las conferencias convocadas que, entre los años setenta y ochenta del siglo pasado, dieron origen a la North American Nursing Diagnosis Association (NANDA) y a las dos ediciones del manual de taxonomías y diagnóstico que también se conoce por la misma sigla.
Fue en esas conferencias que se comenzaron a definir progresivamente los diagnósticos de enfermería como los conocemos hoy. Existen entre ellos diagnósticos reales —aquellos que describen un malestar o problema presente—, de riesgo —aquellos que describen algo que puede suceder y que merece nuestra atención— y de promoción de la salud —aquellos que describen la disposición del paciente a mejorar su situación—.
Estos cubren trece dominios entre los cuales se encuentran repartidos los 277 diagnósticos del manual de Taxonomía II. Entre ellos están las áreas de promoción de la salud, nutrición, eliminación e intercambio, actividad y reposo, percepción y cognición, autopercepción, roles, sexualidad, afrontamiento y tolerancia al estrés, principios vitales, seguridad, confort y crecimiento.

“Un diagnóstico de enfermería es un puente entre la valoración de un paciente y la intervención que necesita”, señala Angélica Ramos, enfermera jefe coordinadora de programas especiales de la Clínica Universitaria Colombia.
Unos de ellos los hemos oído alguna vez como síntomas, hacen parte de la vida cotidiana y del lidiar con la enfermedad y la recuperación como los riesgos de infección y la ansiedad, entre otros que tal vez también nos digan algo como riesgo de aspiración, hipertermia o riesgo de fuga. En otros lo que vemos emerger es lo humano en sus muchas y particulares formas de enfrentar el malestar. Por citar algunos: conductas sedentarias excesivas, autogestión de la salud ineficaz, patrón respiratorio ineficaz, sufrimiento moral, dolor agudo, crónico o de parto, soledad excesiva, carga de fatiga excesiva, deterioro en la conducta de crianza, disminución de la implicación en actividades recreativas, deterioro en la toma de decisiones, entre muchos otros diagnósticos no de las causas del sufrimiento físico, sino de los malestares que nos acompañan llevándolo.
Por su sencillez, aparente falta de relación con lo médico y absoluta relación con la dignidad humana, el que más me conmueve es “disminución de la capacidad de vestirse”.

¿Eficiencia médica o lenguaje humano?
En el ámbito práctico, existen debates abiertos sobre qué tan necesarios o útiles son en realidad los diagnósticos de enfermería dado que, al describir los riesgos o síntomas en los que se enfoca el cuidado, pueden hacer menos clara la especificidad que ya ha dado el diagnóstico de medicina, según explica, por ejemplo, la enfermera y autora best seller Theresa Brown en una columna publicada en Cancer Nursing Today en 2024. Según esta posición, el trabajo de todo el personal de salud debería orientarse alrededor de un mismo conjunto de diagnósticos, sin insistir en la coexistencia de dos.
En foros también se pueden leer opiniones encontradas: hay quienes señalan que los diagnósticos de enfermería no les han servido mucho en su práctica clínica y quienes subrayan su valor para organizar adecuadamente los planes de cuidado que requieren los pacientes. Lo cierto es que el lenguaje que estableció NANDA sirvió tanto para profesionalizar el oficio por medio de consensos y terminologías que distinguen su mirada, como para establecer un lenguaje común en las prácticas y necesidades del cuidado.
Para Angélica Ramos, los diagnósticos de enfermería son sobre todo una herramienta útil de pensamiento, central a la hora de compartir información entre profesionales y dársela a los mismos pacientes. “La idea es que, a pesar de los cambios de turno, por ejemplo, el manejo del paciente sea integral, constante y suficiente durante toda su estadía”, concluye Ramos. “Funcionan como relevo entre equipos, una forma de dar continuidad para que la recuperación por medio de las distintas acciones del cuidado sea sostenida. Además, nuestros programas de autocuidado se enfocan en la alfabetización en salud, para lograr que el paciente entienda su tratamiento, y no reingrese por el mismo motivo”.





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