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medicina pediátrica

Astrid Medina: las manos que corrigen los pies

“Dar de sí, antes de pensar en sí”. Esa convicción ha guiado a la ortopedista Astrid Medina durante más de 25 años. Su práctica, centrada en el tratamiento del pie equinovaro, ha sido un puente para cambiar el futuro de miles de niños en Colombia, y hoy también la destaca con el Premio Mujer Cafam 2026.

Una niña de siete años llegó por primera vez a consulta caminando con los pies torcidos hacia adentro, con dificultad, como si cada paso le exigiera más de lo normal. Nunca había recibido tratamiento. Esa es la imagen que me describe Astrid Medina cuando le pregunto por los casos que más la han marcado a lo largo de casi dos décadas de servicio en el tratamiento del pie equinovaro. No la describe desde el diagnóstico, sino desde la impresión que le dejó: una niña callada, incómoda con su propio cuerpo. “Era una niña triste”, dice. 

El pie equinovaro o pie chapín, es una deformidad congénita que afecta aproximadamente a uno de cada 1.000 recién nacidos. Los pies giran hacia adentro y hacia abajo, y sin tratamiento eso dificulta caminar y condiciona la vida entera. Durante años, la respuesta fue quirúrgica y, de hecho, Astrid lo aprendió así. “Era una cirugía muy bonita”, dice mientras me cuenta la complejidad técnica, casi como un ejercicio de precisión. Pero enseguida recuerda que “los resultados no siempre eran buenos”, pues los pies quedaban rígidos o dolorosos, y a veces ni siquiera completamente corregidos.

Pie equinovaro

En su carrera, la ortopedia llamó su atención precisamente por eso: porque era resolutiva. Se formó como médica en la Universidad Javeriana y encontró en la ortopedia infantil un punto de equilibrio entre la técnica y lo humano. “Me encanta trabajar con niños”, dice. “Tienen una capacidad de recuperación increíble”. Es por eso que lleva más de 25 años entre hospitales universitarios, consultas y la docencia. 

Cuando habla de lo que hace, lo explica desde los huesos y las articulaciones, y a la vez, desde la importancia del movimiento y del movimiento sin dolor. “Una persona necesita moverse libremente, sin dolor, sin deformidades, y eso es calidad de vida”, dice. 

El cambio en su práctica en el tratamiento del pie equinovaro llegó cuando empezó a escuchar sobre el método Ponseti, desarrollado en los años 50 por el ortopedista español Ignacio Ponseti. Esta alternativa propone tratar el pie equinovaro sin cirugía, así que lo intentó. “Sentía que no lo estaba haciendo bien”, recuerda. Viajó a Iowa (Estados Unidos), a la Clínica Ponseti de la University of IOWA Hospitals and Clinics, y allí entendió que además de la técnica este tratamiento requería de precisión, detalles y sobre todo de muchas manos que lo aprendieran.

Pie equinovaro

Método Ponseti: este tratamiento corrige el pie equino varo con manipulaciones y yesos progresivos para lograr una alineación adecuada.

Según el Instituto Roosevelt, la mayoría de los casos de pie equinovaro puede corregirse desde las primeras semanas de vida mediante manipulaciones suaves y yesos que se cambian semanalmente y guían el pie hacia su posición correcta. El proceso incluye, además, un procedimiento para alargar el tendón de Aquiles y el uso de férulas nocturnas durante cinco años para mantener la corrección mientras el niño crece. Cuando el tratamiento se inicia a tiempo es más efectivo y más rápido. Bien hecho, los resultados superan el 90 % de la corrección del orden de los huesos y tendones del pie. “Y sin dolor”, dice Astrid, “eso es lo que más impresiona”.

Cuando regresó de Iowa, dejó de operar esos casos y buscó formas de que más médicos pudieran aprender la aplicación del tratamiento. A partir de ahí, su trabajo cambió de escala. En 2017, en medio de su participación en la Sociedad Colombiana de Cirugía Ortopédica y Traumatología (SCCOT) y su vínculo como rotaria del Club Rotario Bogotá Centenario, impulsó la creación del programa nacional para el tratamiento del pie equinovaro (PEV). No habla en singular. Nombra a la también ortopedista infantil Sonia Quevedo, a los equipos, a los aliados. “Esto no lo hice sola”, insiste. La idea era que se sumara todo aquel que velara porque cualquier niño, sin importar dónde naciera, pudiera acceder al tratamiento.

Para lograrlo, primero había que formar médicos y en ese momento no existía entrenamiento formal en el país. Así que buscaron recursos, trajeron expertos internacionales y crearon un modelo que inició con 28 ortopedistas. Hoy son más de 40, en Colombia y otros países de la región. Cada uno debía crear una “clínica Ponseti”, un espacio dentro de su práctica en el que el tratamiento se hiciera de manera sistemática con personal entrenado y con seguimiento.

Pie equinovaro

Cada año nacen en Colombia 800 niños con pie equinovaro. Nadie puede evitar que la condición exista, pero sí que vivan con ella.

El modelo creció, se ha vuelto replicable y durante estos ocho años ha llegado a otros países de la región como Venezuela, Chile, Ecuador, Guatemala y Bolivia. Desde 2018, más de 6.500 niños se han beneficiado del programa PEV en todo el país. El impacto, sin embargo, no se limita a ellos: alcanza también a sus familias y entornos cercanos. “Es multiplicar por tres”, le dicen los epidemiólogos a la ortopedista, en referencia a la red que se transforma con cada tratamiento.

Cuando le pregunto por lo más difícil, no duda: “La burocracia”. Explica que el tratamiento es económico, que no requiere tecnología sofisticada y que incluso reduce costos frente a la cirugía. Aun así, no todos los niños acceden. Algunos llegan tarde, teniendo en cuenta que entre más temprano se acceda al tratamiento será mucho mejor para la calidad de vida de los pacientes. Otros siguen siendo operados. Parte del reto está en el sistema. Desde el programa insisten en la necesidad de que las aseguradoras remitan oportunamente a las clínicas Ponseti: un tratamiento más efectivo y más económico que a largo plazo ahorra recursos. “No puede ser que el destino de un paciente dependa de dónde nace, pero pasa”.

El programa se sostiene gracias a una alianza entre la SCCOT y Rotary International. A partir de ahí, han desarrollado múltiples estrategias: las férulas que los niños deben usar durante cinco años para mantener la corrección eran costosas para muchas familias, entonces crearon un banco de férulas con 3.200 que donó Rotary. Allí se prestan, se reutilizan, se ajustan al crecimiento. Y hoy, más de 3.000 casos han circulado así. También se han llevado a cabo eventos deportivos, bingos y redes de donantes que ayudan a cubrir transporte, ropa y otras necesidades de los niños. Además, los clubes rotarios en distintas regiones apoyan la identificación de pacientes en zonas apartadas y facilitan su acceso a la clínica más cercana.

Cuando vuelve a la historia de la niña, señala que era migrante. Llegó a los siete años después de haber caminado toda su vida con los pies hacia adentro. En las fotos del inicio, dice, aparece despeinada, retraída, con una expresión apagada. El proceso fue largo. Cada semana, un yeso. Cada semana, un pequeño avance. Y, con el tiempo, empezó a cambiar la disposición de sus pies, pero ella también. Al final del tratamiento “sonreía y corría. Era otra”.

Pie equinovaro
Pie equinovaro
Pie equinovaro

El PEV trabaja por tener una garantía de su estructura: la sociedad científica, Rotary y la red de médicos formados.

Ese resultado aparece varias veces a lo largo de nuestra conversación: “No es solo corregir un pie”, dice más tarde. “Es cambiar lo que esa persona va a poder hacer en su vida”. Lo plantea en términos de tiempo como una modificación del futuro.

El método Ponseti fue diseñado para niños pequeños, pero hoy se aplica en pacientes mayores. “No es lo mismo, pero ayuda”. Habla de pacientes de 40 o 50 años. De casos en los que no se logra una corrección perfecta, pero sí una mejora significativa.

Cuando le menciono su nominación al Premio Mujer Cafam 2026, la respuesta se disuelve. Dice que lo aceptó más por lo que podía significar para el programa que por un reconocimiento personal. “Es una manera de visibilizarlo”, explica. Luego habla de las mujeres que conoció en el proceso: “Gente que no tiene nada y aun así da todo”, dice. Se queda un momento en esa idea y añade: “Una es privilegiada”.

Para Astrid, la idea del bienestar está arraigada con la utilidad, con ser parte de algo que tiene impacto en otros. Y no solo desde la medicina, sino desde escuchar, acompañar y ayudar a quienes nos necesitan: “Más se beneficia el que da que el que recibe”, dice.

La conversación termina cuando le pregunto qué pasó con la niña: “Terminó su tratamiento”, responde. No añade más. Ahora puede caminar como debería. Detrás de ese cambio hay un grupo de ortopedistas infantiles que, como Astrid, buscan entregar tiempo, constancia y entrenamiento para el cambio de miles de futuros.

Catalina Porras Suárez

Periodista enfocada en la línea de bienestar y de salud mental. Disfruta conocer y escribir nuevas historias. La realización audiovisual, el cine y la función social del periodismo están dentro de sus intereses.