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pantallas y niños

Aburrimiento en niños: por qué no hay que llenarlo con pantallas

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A menudo queremos evitarles a los niños las emociones desagradables y, con frecuencia, usamos el celular para entretenerlos. Pero entretener no es educar. Y en ese empeño estamos impidiendo que maduren y gestionen sus emociones de manera eficaz. 

Hace poco vinieron de visita unos amigos con sus hijos: una niña de unos ocho años y un niño de diez. Apenas llegaron pidieron la clave del wifi y no les escuché la voz en las siete horas. Mi hijo, emocionado porque vendrían niños de su edad, se quedó fastidiado de que ninguno atendiera su invitación a jugar. 

Pero la escena más dramática ocurrió cuando al niño se le acabó la pila y la madre, como si se tratara de una máscara de oxígeno, le dio su propio celular mientras buscaba con desespero el cargador. Parecía como si el niño fuera una bomba de tiempo a punto de estallar y el celular la única herramienta para impedirlo. Así que ella lo “conectó” con afán a otra pantalla, para evitar que explotara. 

Más allá del uso ilimitado de dispositivos, la situación me dejó pensando en esa imposibilidad que hoy tenemos los padres de lidiar con el aburrimiento y con los límites. Como si parte de las obligaciones como padres incluyera ahorrarles frustraciones, tristezas, rabias y, por supuesto, aburrimiento. Y decir que sí a todo lo que los hijos piden.

Al no saber lidiar con esas emociones, tendemos a evadirlas con distractores y entretenimiento. Y para este objetivo el celular está mandado a hacer. Si de niños no aprendemos a transitar esas emociones “incómodas”, de adultos seguiremos el mismo patrón. Si le quitamos los obstáculos que se les presentan en el camino, los niños no van a aprender a resolver por sí mismos. 

Juanita Boada, coach logoterapéutica, especialista en neuroeducación y neurodiversidad, explica que ese miedo al aburrimiento se ve muy claro en la forma como estamos criándolos, llenamos su agenda para que siempre estén ocupados y no haya lugar para el aburrimiento, como si fuera algo negativo: “Que vayan al colegio, ojalá desde temprano hasta bien tarde, que les ofrezcan robótica, equitación y culinaria y luego, fuera de la jornada escolar, tengan clases de matemáticas, club de lectura, natación, gimnasia olímpica o fútbol. Mantenerlos absolutamente ocupados para que no se aburran”.

El aburrimiento en el contexto social es útil. No solo porque está comprobado que es combustión para la creatividad y la imaginación, sino porque cuando estamos aburridos también se trabaja el músculo de la paciencia, de la espera y de la frustración. Y, lo más importante, la emoción se gestiona y se transita. Y en ese tránsito hay aprendizaje. Les estamos quitando la posibilidad de que aprendan a calmarse solos. 

“Cuando nos aburrimos se activa la red neuronal por defecto, que es lo que permite la creatividad, ese momento ‘ajá’ en la ducha, en el trancón, en la sala de espera. Pero muchas veces lo dañamos porque intentamos llenar esos espacios con el pódcast, la música, la serie, las redes sociales”, añade Boada, quien también se pregunta qué pasaría si probamos a aburrirnos, si abrazamos el silencio y escuchamos nuestros pensamientos.

La psicóloga clínica Daniela Guzmán, especialista en infancia y adolescencia adscrita a Colsanitas, explica que por naturaleza el niño siempre va a querer una solución inmediata. En la época en la que crecimos quienes hoy somos padres, el aburrimiento se combatía con los juguetes, paseos con los amigos de la cuadra o con los hermanos. Ese panorama ha cambiado: hay más hijos únicos, los niños ya no juegan en la calle y ambos padres trabajan largas jornadas y disponen de poco tiempo para compartir en familia. 

Ante esa realidad añade, “la solución más fácil es darle una pantalla y eso hace que automáticamente el cerebro del niño se regule de inmediato, lo que no quiere decir que sea positivo. Las consecuencias no las vemos ahorita, pero se ven perjudicadas muchas áreas cerebrales”.

Además del daño en el cerebro, Guzmán asegura que les estamos enseñando que las emociones “las regula el celular, la música, el postre, la comida, por eso tenemos tantos trastornos de conducta alimentaria”.

Tiempo en pantalla

La Organización Mundial de la Salud recomienda las siguientes pautas de tiempo de pantalla sedentario (como ver televisión o videojuegos). 

Menores de 2 años: no deben tener contacto con pantallas (esto incluye teléfonos, tablet o televisor).

De 2 a 4 años: el límite es de máximo una hora al día.

De 5 a 17 años: se sugiere no superar las dos horas diarias de tiempo recreativo en pantalla. 

Se recomienda que los menores de 16 años no usen redes sociales.

Consecuencias a futuro

Boada refiere que demoramos décadas en saber sobre los daños que ocasionaban en el cerebro el cigarrillo y el alcohol, mientras que los efectos que provoca la tecnología se conocieron muy pronto. Estudios de la Organización Mundial de la Salud muestran un incremento en el riesgo de depresión, ansiedad, distorsión de la imagen corporal y autolesiones asociado al uso de las redes sociales. “Porque la tecnología nos lleva a un mundo que nos hace segregar dopamina continuamente. Si no somos parte de, entonces sentimos que no existimos, el cerebro se apaga porque solo siente que está vivo si pertenece”, apunta Boada. 

Ella es tajante: “La tecnología es la salida más fácil para mantenerlos quietos, entretenidos, y estamos entregándoles, y voy a ser muy dura con lo que voy a decir, un shot de heroína. Hoy en día los centros de rehabilitación no solo trabajan con sustancias psicoactivas, alcohol, pornografía o adicción a las relaciones, sino con la adicción a la tecnología y a las redes sociales”.

Otro de los efectos negativos que ya se está viendo y es motivo de consulta frecuente para Guzmán es la baja tolerancia a la frustración, pues los hemos acostumbrado a que pueden obtener dopamina (placer) con poco esfuerzo y gratificación inmediata. Así, la espera o una actividad que lo rete lo lleva a la frustración. 

También se afectan la atención y la concentración: “Las pantallas tienen muchos estímulos de movimiento, auditivos, de colores, que hacen que los procesos de atención, concentración y de flexibilidad cognitiva no sean como antes. Son niños más inquietos en el aula, y les cuesta más prestar atención”, explica Guzmán. 

Las reglas del celular

Si les entregamos un celular, entonces debe haber reglas: 

  1. Horarios y momentos en los que se puede usar. 
  2. Regular los contenidos según la edad con controles parentales que funcionen.
  3. Si son mayores de 14 años, debe existir un contrato: el dispositivo no es suyo. Lo será después de los 18; los padres deben saber la clave de acceso (según la ley, son ellos los responsables frente a cualquier delito que involucre el uso del celular); los adultos descargan las aplicaciones; si usan videojuegos solo pueden jugar con niños que conozcan; el teléfono no se debe usar hasta dos horas antes de irse a la cama y no permanece en la habitación durante las horas de sueño.
  4. Los padres deben enseñarles herramientas para identificar los peligros que abundan en la red. 

¿Por qué evitamos las emociones incómodas?

En la generación de nuestros abuelos, explica Boada, expresar las emociones era como de mal gusto: se asociaban con debilidad, fragilidad, vulnerabilidad. Por eso se les pedía a los niños que se “tragaran” la rabia y el llanto o que no la expresaran en público. Incluso la religión ve la ira como uno de sus siete pecados capitales. 

Pasamos del “cállese y no llore” a “toma, mi amor, aquí tienes mi celular”. Boada lo ejemplifica así: “Sí puedes acallar una emoción, disociarte, evadir, ocultar, negar, fingir, pero la emoción igual se produjo. ¿Qué pasó con esta generación? Nos fuimos para el otro extremo: sentir, sentir, sentir”.

Y para ella ese exceso en el sentir es el que nos ha hecho “encartarnos con las emociones”, incluso con las propias. Entendamos que esas emociones menos placenteras son como faros que vienen a mostrarnos algo: “Démonos el permiso de sentirla. Es dolorosísimo e incomodísimo que un hijo sufra, pero el día que nosotros lo aceptemos, vamos a poder gestionar el malestar propio y luego el de ellos”. No se trata de anestesiarnos, aclara, sino de encontrar ese justo medio donde se puede hablar de las emociones sin exacerbarlas ni evadirlas. 

No podemos perder de vista que estamos confundiendo felicidad con entretenimiento y amor con decir que sí a todo. El resultado es como la tormenta perfecta: padres que quieren evitar emociones incómodas o desagradables a sus hijos, y la omnipresencia de la tecnología. 

Además, explica Guzmán, los padres de hoy quieren ver a sus hijos regulados, tranquilos, que no corran y que por nada del mundo hagan una pataleta. El antídoto lo llevamos en el bolsillo: el celular. 

En ese panorama, ¿cómo podemos trabajar la ansiedad que nos produce ver a los hijos aburridos? Ambas especialistas nos dan luces antes de ceder a la tentación de entregarles un celular: 

  1. Reconocer la propia emoción y preguntarnos si queremos apaciguar nuestro miedo o ansiedad. O si es amor disfrazado. ¿Cómo es el amor disfrazado? Cuando soy la prioridad (quiero estar bien yo y le doy el celular para que no me moleste). Entender que amar a un hijo no es darle lo que quiere, sino lo que necesita. Amar no es hacer felices a los hijos. Amar es educar y educar es decir no. 
  1. Practicar la autoridad como padres. Las relaciones entre padres e hijos deben ser verticales. Autoridad no es ser autoritario, no es gritar, pegar, humillar, hablar feo o decir ironías. Ser autoridad es estar al mando, saber lo que necesita y lo que es mejor para él: “Yo te cuido y te guío”.
  1. Usar el celular solo en momentos específicos. Por ejemplo, durante un vuelo largo en el que las actividades están limitadas. “Lo más importante es que los papás no resuelvan el aburrimiento de inmediato”, apunta Guzmán. Darles tiempo a que experimenten el aburrimiento y busquen qué hacer. Es una forma de que desarrollen la resiliencia emocional. 
  2. Anticipación y rutinas. Hablar con el niño para que sepa a qué hora será el momento de jugar con él. Evitar los espacios no aptos para niños pequeños: una misa, un concierto, un restaurante, etc. De hacerlo, es recomendable llevar “la cartera Mary Poppins”, esto es tener muchos juguetes y recursos para que pase el rato entretenido, sin necesidad de darle un celular.

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María Gabriela Méndez

Periodista. Editora de Bienestar Colsanitas.