En la montaña no hay fachadas. Si tus pulmones no te dan, no subes. Así define Wendy Franco la relación entre las cumbres y la vida. Para ella, en la montaña desaparecen las apariencias y queda la capacidad de resistir, adaptarse y avanzar, aún después de perder una pierna y tener que iniciar de nuevo.
Desde niña, Bogotá le quedaba pequeña. Mientras otros soñaban con vivir en las grandes ciudades o tener profesiones de oficina, Wendy Franco sentía una atracción difícil de explicar por las plantas, los animales y el agua. Nació en una familia citadina, bogotana, lejos de la vida rural, pero siempre buscó estar en contacto con la tierra. Su memoria más antigua es el aroma de la tierra en la terraza de su abuela, entre huertas, semillas y el deseo constante de ver crecer lo que juntas sembraban.
Al terminar el colegio, su amor por la naturaleza la llevó a estudiar ingeniería ambiental y durante su carrera empezó a ahorrar dinero para conocer pueblos cercanos a Bogotá. Pronto, viajar se convirtió en una obsesión por entender los territorios, el origen de los ríos, la transformación del paisaje y las historias detrás de cada montaña. Quería saber dónde nacían los ríos, cómo cambiaba el paisaje, qué historias había detrás de cada lugar y de cada montaña. “Yo quería entender por qué el río Bogotá pasaba por ciertos lugares, de dónde venía, hacia dónde iba y así me enamoré del país”.
En el 2019 llegó a San José del Guaviare como turista y decidió quedarse. Rodeada de selva, ríos y formaciones rocosas, sintió que su vínculo con la naturaleza se hacía cada vez más profundo y tiempo después comenzó a trabajar en el Parque Nacional Natural Sierra de La Macarena, hasta que en febrero del 2025 todo cambió de forma radical. Mientras viajaba en moto entre San José del Guaviare y Granada, Meta, sufrió un accidente que le desprendió de inmediato el pie izquierdo. Describe la escena como algo irreal: “Nunca había visto un hueso expuesto, una fractura, nada, y por la adrenalina yo misma me hice el torniquete, llamé al hospital y pedí ayuda”, recuerda.



Primero fue trasladada al hospital de San José del Guaviare y luego a Bogotá. Permaneció un mes hospitalizada mientras los médicos intentaban salvarle el pie con múltiples cirugías. Sin embargo, después de varias intervenciones y del riesgo creciente de una infección, debía tomar la decisión de intentar conservar la extremidad con secuelas permanentes o someterse a una amputación para preservar su movilidad futura.
Recuerda que uno de los médicos le dijo que si quería seguir siendo deportista, si quería caminar bien o si quería intentar ser mamá algún día, debía salvar la rodilla. “Y yo no iba a renunciar ni a ser mamá, ni a la montaña, ni a mi vida”. La amputación se hizo en marzo del 2025.
Durante semanas permaneció inmóvil y dependía de otras personas para casi todas las tareas básicas. No obstante, nunca abandonó la idea de volver a caminar en la montaña. Antes de la cirugía, una doctora le sugirió empezar a imaginarse sin su pierna para ayudar al cerebro a adaptarse a la nueva realidad y siguió ese consejo: “No me imaginaba sentada sin una pierna, me veía haciendo cumbre”. En su mente comenzaron a aparecer imágenes de sí misma que se convirtieron en un entrenamiento mental, podía verse caminando entre montañas, entrando a un río o haciendo montañismo con bastones. Cuando salió del hospital, apenas unos días después, le pidió a su mamá ir al Jardín Botánico de Bogotá. “Le dije que necesitaba ver y tocar un árbol”.
La rehabilitación empezó poco después y se dio cuenta de que necesitaba ir más allá de las terapias convencionales. Encontró entonces a una fisioterapeuta que le asignó en la primera sesión tender su cama sola, lavar el baño sola, subir escaleras y moverse por la ciudad. Su terapia se convirtió en una coreografía de retos cotidianos, como enfrentarse a un TransMilenio en hora pico para recuperar fuerza, equilibrio y autonomía. También volvió al gimnasio, y allí conoció a una entrenadora especializada en rehabilitación física que construyó junto a ella una pierna adaptada “como si fuera un Lego” para sus entrenos, y poco a poco regresó a los senderos. Empezó subiendo Monserrate acompañada por entrenadores y amigos. “Todo estaba pensado para que yo volviera a hacer montaña”, dice.


Wendy divide su círculo cercano en dos, la “red de apoyo cariñosa”que está formada por su familia y amigos y son quienes la abrazan, la cuidan y lloran con ella, y la “red ruda” integrada por militares amputados que conoció durante sus entrenamientos. “Ellos me quitaron la romantización de la discapacidad”, dice refiriéndose a los últimos, puesto que con ellos el drama dura poco, se dicen “mochos”, se empujan y se ríen de las caídas. “Necesitaba gente que me aterrizara”. Ese grupo le enseñó que, si uno se cae en un sendero, primero se ríe y después se levanta.
También encontró apoyo en otros amputados, personas en rehabilitación y colectivos como Cimas de la Esperanza, una fundación mexicana que trabaja con personas amputadas y usa la montaña como herramienta terapéutica. “Ellos entendían cosas que nadie más podía explicarme, desde cómo entrenar los brazos, manejar el dolor del muñón hasta cómo subir con bastones”, cuenta.
Otro compañero que estuvo presente en la recuperación fue Matt, su perro. Matt tiene una amputación en una de sus patas delanteras y Wendy lo rescató tres años atrás. Desde entonces se convirtió en parte y ejemplo de su vida, tanto que antes de una de sus cirugías, uno de los médicos le pidió a su mamá que llevara al perro al hospital. Wendy recuerda las palabras de su madre: “Él es el maestro de ella”, y añade que verlo le cambió la forma de entender su propia amputación.
Volver a la cumbre
Desde el principio, Wendy tuvo claro el objetivo de volver a cumbre antes de cumplir un año de la amputación y hacerlo sin prótesis. “Con prótesis ya había visto mucha gente, yo quería intentarlo sin ella”, dice. Buscó referencias en internet, habló con montañistas y encontró a una mujer colombiana que años atrás había logrado algo similar. Eso le confirmó que sí era posible, y en enero del 2026 emprendió el ascenso a la cumbre del Nevado de Santa Isabel junto a la organización Cumbres Blancas.



La caminata inició hacia las dos de la mañana y duró más de doce horas entre ascenso y descenso. Wendy hizo toda la ruta usando únicamente los bastones. “En mi mente ya existía la foto de mí arriba, entonces nunca contemplé devolverme”. Y cuando alcanzó la cumbre, habían pasado apenas diez meses desde la amputación. Muchos le advirtieron que era "muy pronto", pero ella ya había subido esa montaña mil veces antes en su cabeza, mientras estaba acostada en la clínica.
Hoy Wendy trabaja como guardaparques en el Parque Nacional Natural Chingaza, pasa quince días en la montaña y otros quince trabajando de manera remota desde su casa. Entre tanto entrena, corre, nada y juega bádminton. La frustración aún aparece cuando su cuerpo no responde al ritmo que quisiera o cuando alguien al verla asume que no puede hacer ciertas cosas. “Muchas veces la gente te limita antes de conocerte”, dice y recuerda ocasiones en que intentaron impedirle subir senderos por considerarlo “demasiado difícil” para ella, así que con el tiempo ha aprendido a transformar esa rabia en impulso. Así, la montaña también le ha dado una nueva manera de mirarse en fotografías haciendo cumbre y descubrir que no necesita demostrarle nada a nadie para reconocer lo que ha conseguido.
Al principio ocultaba su prótesis y evitaba mostrarse. Hoy usa pantalonetas o vestidos sin problema. “Aprendí a sentirme orgullosa de lo que soy”, dice que eso es bienestar para ella, construir autonomía centímetro a centímetro. Quizás por eso, cuando habla de la montaña, busca ir más allá del lugar físico; habla más bien de una forma de existir sin máscaras, sin fachadas y con la certeza de que incluso después de perder algo tan grande como una pierna, todavía es posible volver a subir.





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