Mi abuela (no) tuvo la culpa

Por: / Ilustración: Julia Tovar / Mayo 2022

Años alejándome de las sentencias ilógicas del catolicismo. Temporadas zafándome del enredo eclesiástico. Y aquí estoy, admitiendo la culpa que siento, así no crea en ella.

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Volvíamos de la iglesia cuando vimos nuestra casa en llamas. O eso fue lo que dijo mamá, que la vimos. A mí me queda el recuerdo opaco de una fachada blanca con manchas negras sin ventanas. La certeza de que Victoria, Lázara y Pirula quedaron atrapadas y de que eso fue lo único que me importó. Mi abuela había dejado un arroz sobre fuego lento muy cerca de una velita encendida a la Virgen del Carmen. Solía pedirle por la abundancia, por el trabajo que a sus hijos les hacía tanta falta. 

Seguro Dios se está quedando sordo, abuelita.
¡Burradas! ¡No digas burradas!
¿Y cómo sé que nos escucha?
Mira nomás… A pesar de todo no te falta nada… 
¿Y Victoria y las perritas?
Es un castigo. ¡Solo un castigo!

Mi abuela tenía respuestas para todo, pero en ese momento empecé a sospechar que casi siempre las inventaba. No era mi intención retarla. Yo rondaba los diez años, quería escuchar cosas lógicas y la existencia de Dios me parecía cada vez más ilógica. ¿Cómo podía desaparecer tu casa mientras hablabas con él? ¿Por qué quería castigarnos si nos portábamos tan bien?

La iglesia de San Luis Gonzaga quedaba a pocas cuadras de la casa que alquilaba mi familia. Si la comparábamos con cualquier otro lugar comunitario del barrio Quiroga, parecía un espacio divino. Pero para ser un templo religioso era un lugar más bien feo y frío. Mal decorado y peor pintado. Con techos escarapelados y un niño Dios en el altar muy pálido. Sus butacas de madera cuarteada solían quebrarse con los fieles encima. Del padre Ramón todos en mi familia hablaban como si fuera un hermano, aunque sólo lo veían en el sermón de los domingos. Mis primos y yo estábamos obligados a ir a misa por lo menos los domingos. A veces también entre semana, y cada uno de los malditos “santos” días del año. Mi abuela me indicaba cómo sentarme y arrodillarme. Me enseñaba a memorizar oraciones. Y en cada misa me miraba con sus ojos dulces y negros muy abiertos cuando llegaba su momento más preciado: el momento de culparnos. 

Yo pecador confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos que he pecado… Empuñaba su mano pequeñita y se daba golpes de pecho. Aún puedo escuchar su voz pronunciando estas palabras si cierro los ojos y la pienso. ¡Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa!

Aún puedo sentir que el peso de esas palabras trasciende los esfuerzos que a veces hago por ignorarlas. Entonces culparme se vuelve un vicio. Me descubro sumergida en un constante estado de culpa y sólo comprendo la ridiculez de una imputada culpabilidad, cuando he descubierto un motivo para sentir otra culpa peor. El grado absurdo que puede alcanzar este vicio no es menor cuando cedo a la tentación de inculpar a la religiosidad de mi abuela por mis imaginarias o reales culpas, pero es acaso más manejable. Desaprender sus lecciones ha sido importante. Tanto como reconocer —aunque insulte mi inteligencia— que haberme librado de la iglesia hace años no quiere decir que la religión haya terminado de librarme del todo a mí.

Puede ser muy difícil olvidar lo que con que con tanta insistencia te enseñaron a recordar. Olvidarlo y desterrarlo, así como llegaste a memorizarlo. Hace un poco más de un siglo Mark Twain escribió que nada parecía capaz de proteger a niños y jóvenes de la letalidad de la biblia. Sus juicios contaminaban su sangre. Sus prohibiciones penetraban irremediablemente su moral. Y no creo que hoy pueda decirse algo muy distinto, ni que el ateísmo, raciocinio o repudio basten para desembadurnarse hasta el fondo. 

Con las misas del padre Ramón aprendí a repudiar los sermones, más que por sus absurdos contenidos, porque dormirlos —lo inevitable— significaba un castigo. Muchos besos menos. Varias tareas más. Con la desaparición de Victoria empecé a repudiar las iglesias hasta volverme incapaz de pisar sus recintos.

Hace poco, sin embargo, de paso por Roma y por la insistencia del hombre que viajaba conmigo, entré en la Basílica de San Lorenzo Maggiore. Decir que es esplendorosa es no ser capaz de describirla —y no lo soy— pero hace falta para explicar que de repente mi odio pudiera transformarse en una suerte de parálisis amorosa. Me costaba moverme. Las reflexiones de luz sobre las esculturas, la geometría minuciosa del mármol en los pisos, las capillas, tanta perfección me pesaba en los huesos. ¿Cuánta sangre habría valido? Alcancé a pensar, de cualquier modo, que podía ser buen momento para exorcizar mi repudio, acaso volverlo útil, y decidí atender la última misa del día. 

CULPA ABUELA CUERPOTEXTO

“Mi abuela me indicaba cómo sentarme y arrodillarme. Me enseñaba a memorizar oraciones. Y en cada misa me miraba con sus ojos dulces y negros muy abiertos cuando llegaba su momento más preciado: el momento de culparnos”.

No me sorprendió descubrir que aún podía recitar todas las oraciones, perfectamente reconocibles aunque en italiano; pero sí comprobar que no me asqueaba ni un poco menos escuchar las mismas palabras que con más fulgor, después del incendio, mi abuela me obligaba a pronunciar casi a gritos.  Per mia colpa, mia colpa, mia grandissima colpa. ¿Cómo podía tanta gente seguir maltratándose así?

Cuando tenía doce años, el escritor Christopher Hitchens empezó a preguntarse algo parecido: ¿por qué debía seguir diciendo en público que era un desgraciado pecador?, ¿para qué tantos rezos si no le daban resultados? Concluiría un día que lo más ridículo de la fe religiosa era que estaba basada en ilusiones y contradecía la razón. Empezaría desde entonces a formularse ese ensayo que publicaría casi cincuenta años más tarde, en el 2007, bajo el título God is not Great. Dos años después un amigo me regalaría el libro traducido como Dios no es bueno. Pero mi abuela no me daría tiempo de leerlo, se ocuparía pronto de desaparecerlo. Y en vez de aceptar esa culpa insistiría hasta la muerte en que jamás había aprendido a leer. 

Tenía una amiga que solía ir a casa en las tardes a leerle el periódico. La señora Rubiela era una vecina que se portaba como un miembro de la familia. Sus labios rojos fueron sellos frecuentes en mis mejillas. Cuando nací, la señora Rubiela me regaló a Victoria. Nunca tuvo hijos, su marido murió de una manera repentina, horrorosa; y como quedó triste y sola a mi abuela le pareció que de a pocos fue poniéndose “medio loca”.

No puedo olvidar esa tarde de lluvia inclemente en que la señora Rubiela tocó la puerta de nuestra casa. Llevábamos meses sin noticias suyas. La última vez que la habíamos visto olía mal y tenía un cráter profundo infectado de pus junto a su ojo derecho. A lo que probablemente era un cáncer, mi abuela llamó “la maldición”. Decidió que no abriríamos la puerta. Estábamos solas en casa las dos. Ella miraba un partido de fútbol mientras rodaba una camándula entre sus manos y susurraba quién sabe qué misterios. Dije que la señora Rubiela se estaba mojando. Ella permaneció en silencio. 

Estaba claro que si eso significaba ser religiosa, a mí no me interesaba serlo. No volvimos a ver a la señora Rubiela y durante años estuve preguntándome por qué carajos no abrí la bendita puerta. Pocas semanas después de aquella tarde, no recuerdo por qué, pero sí que pensé que fue culpa nuestra, también de esa casa tuvimos que partir. 

Mi abuela me había enseñado a creer en Dios pero también me enseñaba a olvidarlo. Intenté explicarle un día que de todos modos no era algo tan sencillo, que en realidad era muy difícil no tener un Dios. Ella replicó que yo no creía ni en mí misma. No tuve tiempo de decirle que en eso estaba en lo cierto cuando sentenció que, aunque hubiera perdido la fe, Dios me seguiría mirando y mandando a la tierra lo que merecía. 

A veces hoy, con la abuela muerta y la educación religiosa a décadas de distancia, me descubro repitiéndome estas cosas ilógicas: aquello se ha jodido porque lo merezco. Este mal, claro, lo merezco. No tengo idea qué diablos merezco ni qué merece nadie, pero vuelvo inconscientemente una y otra vez a activar el mecanismo que justifica toda culpa, la causa y el efecto, el supuesto mal y sus estragos. Es el peor y más efectivo instrumento de control de tantas religiones, claro: la culpa. Y temo que no sea realmente posible desactivarlo. Con frecuencia me parece que barro, y barro y barro, y no termino nunca de limpiar las cenizas de mis incendios.

 

*Marcela Joya escribe y toma fotos. Vive entre Nueva York y Bremen, Alemania.

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