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Un vientre vacío

Un vientre vacío

Ilustración
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La historia de cómo mi anhelo más profundo se convirtió en una pesadilla tremendamente dolorosa. Dedicado a mi hija.

SEPARADOR

Nunca quise tener hijos. Desde muy joven me había prometido viajes y aventuras en las que no entraba cuidar a una persona. Sin embargo, gracias a una vida de excesos y muchas malas decisiones, mi década de los treinta se convirtió en un oscuro pozo de depresión… y esa vida de viajes y aventuras nunca llegó.

El 6 de diciembre de 2019 todo cambió para siempre. Un irlandés con el que había tenido un romance de una semana hace 11 años, me tocó el hombro en un bar. Yo, completamente incrédula, me tomé un tiempo para aceptar que era verdad, pero cuando lo hice, me lancé a abrazarlo y atiné a decirle: “Huh! ¡Esto debe significar que somos el uno para el otro!”.

Andrew se mudó a Colombia el 14 de noviembre de 2020. Al mes nos dio Covid y después del encierro, una prueba de embarazo dio positivo.

Estar embarazada fue la experiencia más maravillosa de mi vida. Luego de luchar con mi peso y el espejo durante mucho tiempo, finalmente me sentía cómoda en mi propio cuerpo. Me gustaba verlo convertirse en un lugar de creación y cómo a pesar de mi edad, los excesos del pasado reciente, los problemas de tiroides y los miomas, crecía para dar vida.

Después de muchos desaciertos, parecía que las cosas habían caído por fin en su sitio de manera precisa. Pasé de vivir sola con mis dos gatos en un apartamento de 37 metros cuadrados a tener una pareja estable que me acompañaba en mi embarazo perfectamente saludable a mis 42 años, trabajando en algo que me hacía feliz y me daba dinero suficiente.

Al poco tiempo del nacimiento de Liam supe que quería otro hijo. La maternidad efectivamente me había cambiado: veía cómo ante mis ojos se abría un universo que jamás pensé iba a poder experimentar. A los casi tres meses del nacimiento de Liam comenzó la búsqueda. Soñaba con tener unos “irish twins”, pero pasaban los meses y nada. Leía historias de infertilidad después del primer hijo y estaba segura de que ese iba a ser mi caso. Compré pruebas de ovulación y seguimos haciendo la tarea sin éxito. Cuando Liam tenía ocho o nueve meses, mientras viajábamos a que conociera a sus abuelos irlandeses, tuve una enfermedad muy extraña y dolorosa que luego supe era viruela del mono. Durante los seis meses siguientes paramos la búsqueda mientras yo me sanaba física y mentalmente. Empecé a hacer ejercicio con regularidad, yoga casi todos los días, y a meditar. Establecí rutinas de sueño, comida, ocio y trabajo como nunca antes en mi vida.

Y una vez recuperada, Andrew y yo retomamos la tarea. Mi ginecóloga me mandó a tomar vitaminas para mejorar la calidad de la ovulación. Tomé un té, usamos un lubricante especial, compré un nuevo set de pruebas de ovulación. Esta vez entramos con todos los juguetes. Quedar embarazada por segunda vez se convirtió en mi anhelo más profundo, uno que no podía compartir ni con mi esposo, porque no quería que supiera lo fuerte y obsesivo que era.

Un día cualquiera, aunque estaba a más de una semana de poder tener un retraso, me hice la prueba y salió positiva. No lo podía creer. Entré a la oficina de mi esposo a mostrarle la prueba. Nos abrazamos de felicidad. Acordamos en ese momento no contarle a absolutamente nadie hasta estar seguros de que todo estaría bien.

Esta vez el secreto sería nuestro completamente, hasta la ecografía de tamizaje en la semana 12. Además, hice las cuentas y se me cumplió otro sueño que había tenido en secreto durante los últimos meses: podía contarle a mi familia durante un viaje que haríamos a Cartagena en junio. No podía creer mi suerte, de nuevo, me sentía como la mujer más afortunada del mundo, había logrado sobrepasar varias estadísticas y tener un segundo embarazo natural, ahora a mis casi 44 años. Mi esposo también me pidió cautela, me dijo que no comprara aún nada, que esperara… pero yo, a escondidas y emocionada, compré el coche de mis sueños, alguna ropita de niña (porque juraba que a punta de deseo iba a ser una niña), unos chupos y algunas otras cosas aquí y allá. Peleaba conmigo misma pidiendo cordura y rogando paciencia, pero mi emoción era más grande que mi conciencia.

Con algo de miedo seguí haciendo ejercicio. Unas semanas después, comencé a sangrar. Leía en todas partes que era normal, pero cuando un domingo empezó a ser más abundante, corrí a urgencias con el corazón en la garganta. Con una ecografía me confirmaron que mi bebita seguía viva y que no había ningún problema con la placenta o el cuello uterino. Mi ginecóloga me mandó progesterona y reposo absoluto. No hubo más ejercicio y me dediqué a dormir y a trabajar, a tratar de mantener mi mente a raya. Si la ecografía había mostrado que todo estaba bien, no tenía nada de qué preocuparme.

La semana antes de irnos para Cartagena, mandé a estampar una camiseta para Liam con la frase “Hermano mayor”, para darles a todos la sorpresa. Viajábamos el viernes y el miércoles anterior teníamos la ecografía de tamizaje; a mis suegros los íbamos a llamar el jueves para contarles.

Mi barriga ya estaba creciendo, sentía el útero extendido por encima de mi ombligo. Me había empezado a tomar fotos de progreso, usaba ropa holgada y me estaba preparando las pintas para usar durante los siguientes meses. Ya estaba apersonada de mi papel. A Liam ya le hablábamos de su hermanita y le empecé a leer un libro acerca de la llegada de un nuevo bebé. Con toda esta emoción que ya se me salía por los poros, me imaginaba la cara de mi mamá y mis cuñadas, de mi sobrina, tenía la escena de mis hermanos y mi papá abrazando a Andrew en mi cabeza.

Nos fuimos a la ecografía de tamizaje. Habíamos dado con un médico joven y muy empático, quien habíamos decidido que se encargaría de todas las ecografías de este embarazo. La ecografía empezó. Nos mostró el ángulo inclinado hacía arriba de los genitales incipientes que indicaba con un 70% de certeza que era una bebita, mis deseos se seguían cumpliendo uno a uno. Sus piernas eran largas y perfectas, su corazón galopante tenía las válvulas completas, su estomago, hígado, riñones, sus bracitos y sus manitos, todo estaba completo y perfecto, mi bebita hermosa y deseada crecía dentro de mí con todo en orden. Luego, el doctor pasó a su cabeza y nos dejó ver su cerebro. Yo, que miraba detenidamente cada pedacito con ojos de detective, le pregunté: “¿por qué su cerebro parece un pollo asado?” Inmediatamente me respondió, “sí, es que algo no está bien”. El tiempo se paró, no podía respirar, no lo podía creer, pero por un breve instante pensé que tal vez era algo no tan grave, algo que seguramente tenía solución.

El Dr. Gustavo, con su enorme carisma, procedió a explicarme que en este punto de la gestación, el cerebro se ha debido dividir en dos y tener una forma de mariposa y que el de mi bebé no la tenía. Que además se podía ver que tenía los ojos muy pequeños y las orejas bajas en la cabeza, que su nariz estaba mal formada, tenía el paladar hendido y el labio dividido. Yo sabía en este punto que mi esposo, quien no habla bien español, no había entendido nada. Le pregunté: “¿entiendes lo que el doctor acaba de decir? Algo está mal con la bebé, su cerebro no está bien”. El doctor cambió a inglés, le empezó a explicar a mi esposo y nos pedía disculpas por ser el portador de malas noticias. Dijo que no se veía para nada bien, que este era un bebé no viable con la vida.

Después de ver por un rato más, llamó a una doctora mayor que él, seguramente con más experiencia, quien no se demoró un segundo en ver la pantalla para decir: “sí, tiene holoprosencefalia alobar, microftalmia e implantación baja de las orejas. Lo siento mucho”. Ella miró detalladamente la carita de la bebé y ahí yo también lo pude ver, esa imagen que para el doctor debió haber sido obvia durante el primer momento, ahora fue obvia para mí. Además de tener cerebro de pollo asado, mi bebita no tenía perfil, su cara estaba completamente deforme, su nariz en proboscis me recordaba a un villano de las aventuras de TinTín. Aunque yo lloraba inconsolablemente, el doctor me pidió más tiempo para revisar con más detenimiento. Encontró otros defectos en su corazón, en el cordón umbilical y otras cosas que ya no me tomé el tiempo de entender y él tampoco de explicar.

Aborto CUERPOTEXTO

Las siguientes semanas fueron de terror. Estar embarazada bajo esa realidad, fue algo inexplicable y tremendamente doloroso. Nunca dudamos sobre lo que teníamos que hacer. La decisión estaba tomada desde el momento en que lo supimos, pero la idea de tener que matar a mi bebita me consumía. A mis 22 años aborté, en ese momento tampoco lo dudé, era un embarazo no deseado, un error de cálculo que solucioné y de lo que nunca me arrepentí. Pero esta vez, a pesar de que sabía que lo tenía que hacer, abortar a mi bebita deseada, buscada, amada, esperada, se sintió como algún otro karma que la vida me tenía guardado y ya en este punto no tenía tan claro qué era lo que me estaba cobrando.

Luego de hacer algunos exámenes para poder entender cuál había sido la causa de las deformaciones, con mi ginecologa acordamos en que el siguiente lunes iniciaríamos el procedimiento. Ese jueves me envió las órdenes y la historia clínica, las cuales yo procedí a mandar para aprobación de mi medicina prepagada. El veredicto: la prepagada me negaba el procedimiento. Estaba segura de que se habían equivocado. Volví a llamar. Me pidieron disculpas, la enfermera con la que estaba hablando me dijo “es que el aborto es una exclusión en todos los casos”. Yo quedé fría, no podía entenderlo, ¿acaso la Corte Constitucional a través de la sentencia C-355 de 2006 no había legalizado las tres causales para el aborto voluntario y yo estaba en todo mi derecho de hacerlo? Tras 15 años de pagos a mi prepagada, ¿en serio me están dejando tirada con la situación médica más difícil de mi vida? En medio de mi desesperación, decidí entrar por urgencias en la misma clínica donde tuve a mi hijo.

Cuando me pasaron al triage me desbaraté. Solté tres semanas de miedo, angustia, rabia, y frustración. Lloré desconsoladamente ante el enfermero que me miraba con ojos de compasión. Le pedí que me ayudara, que no entendía por qué mi prepagada no me estaba cubriendo, que ya no podía esperar más, que estar embarazada sabiendo que esta bebita no iba a poder nacer era una tortura. El enfermero me calmó y me dijo, “tranquila, este es tu derecho y aquí te vamos a ayudar. Habla con el doctor y él te va a explicar todo”.

Mientras esperaba que me viera el doctor, llamé a mi EPS (no se me había ocurrido antes) y pregunté cuáles eran mis posibilidades. La única forma en la que la prepagada cubriría este procedimiento, era si mi bebé ya había muerto dentro del útero. Le rogué a mi bebé que me hiciera ese favor, que no estuviera viva para que esto fuera un poco menos difícil. Cuando el médico me atendió, volvió a repetirme que ese era mi derecho y me explicó paso por paso cómo era el procedimiento. Me debían dar una serie de medicamentos en un lapso determinado y observar cómo reaccionaba mi organismo ante ellos.

Todo lo que pasó de ahí en adelante me hizo agradecer aun más por la sentencia C-055-22 del 21 de febrero de 2022 que legalizó el aborto hasta la semana 24. Por petición mía el doctor me hizo una última ecografía. Quería saber si mi bebita me había escuchado, pero no… ahí seguía su corazoncito galopante. Se movía, era pequeñita, por las deformidades no había crecido mucho, aunque en este punto mi sangrado ya había parado hacía varios días. Me despedí de ella, le pedí perdón una última vez, le dije que la amaba. Fue la última vez que la vi.

Inmediatamente me pusieron una bata, me montaron a una camilla y me canalizaron, luego me dieron la primera dosis de medicamentos. Esa noche dormí en urgencias y a la mañana siguiente me visitaron el ginecólogo que me había visto el día anterior y un psiquiatra. Después del desayuno, finalmente la EPS había dado la autorización y me pasaron a una habitación. Conmigo estaban mi esposo y mi mamá. Me bañé y le tomé unas últimas fotos a mi barriga. Me dieron la segunda dosis de medicamentos. Esa tarde llegaron los resultados del examen de adn fetal que me había hecho unas semanas antes: trisomía 13 decía en letras muy grandes. La trisomía 13, también conocida como Síndrome de Patau, es un desorden en el cromosoma 13 y la trisomía reportada menos frecuente en la especie humana. Es consecuencia de un error en la disyunción meiótica; aunque los errores cromosómicos son muy comunes, mi edad jugó un factor importante.

Esa noche empecé a sentir los primeros dolores. A la mañana siguiente me dieron la tercera dosis y, un par de horas después, la cuarta. Las contracciones empezaron a ser más fuertes y dolorosas, todo lo que no sentí durante el nacimiento de mi hijo, porque fue una cesárea de emergencia, lo sentí en ese momento. Me puse en cuatro apoyos sobre la cama y respiré muy profundamente, como se hace en yoga. Sentía como si me fuera a partir en dos. Después de usar el baño, de repente sentí como si mucho líquido bajara, pensé que eran más orines pero no paraban de salir. Llené de líquido todo el pañal que tenía y las contracciones pararon de repente. Una enfermera me revisó y me dijo que había roto membranas, que la expulsión debía estar cerca.

Llegó una ginecóloga a revisarme. Me dijo: “ya expulsaste, puja un poco”. Pujé dos veces y sentí cómo salió mi bebita de mi cuerpo, diminuta y babosa. Pregunté si estaba viva, la doctora la miró y dijo que no. No quisimos verla, pero la doctora salió del cuarto y la dejó allí entre mis piernas. Mi esposo se acercó a la cama y me abrazó. Los dos lloramos. Nuestra bebita estaba muerta y la pesadilla estaba por terminar. Llegaron las enfermeras, la envolvieron en tela de hospital y la pusieron en un sobre, debía bajar conmigo a la sala de cirugía para que la preparan para la patología.

Llegaron por mí, me sedaron y me hicieron el legrado. Se aseguraron que no quedara nada dentro mío y que mi útero regresara a su estado normal. Al despertar la ginecóloga me dijo que había sangrado mucho. Mi útero estaba muy grande, me tuvieron que poner muchas drogas para controlar el sangrado. Me dijo que no podía irme a la casa aún, que debía estar otra noche más en observación. Al otro día me quitaron la canalización, me bañé y vestí, ya todo había terminado. Entré al hospital embarazada, como millones de mujeres hacen todos los días, y salí incompleta, una madre sin hija, un coche sin pasajera, un vientre vacío.

*Beatriz Torres Ibarra ha hecho muchas cosas en la vida: ha sido periodista, editora, gerente de comunicaciones, directora comercial, pastelera/emprendedora y activista, pero últimamente lo que mejor le queda es ser traductora, escritora ocasional y mamá.

Beatriz Torres Ibarra

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