Cuidar a otros de forma prolongada puede pasar una factura profunda: un desgaste emocional y físico que muchos llaman "fatiga por compasión", aunque el término correcto sea “fatiga por empatía”. Hay diferencias entre esta condición, el burnout y el estrés postraumático. En la mayoría de los casos se cura con psicoterapia, y quienes la han vivido cuentan cómo la identificaron.
Cuidar a otro, esa generosa forma del amor, es un asunto de cuidado. Porque las personas que se exponen de manera prolongada al sufrimiento de otros suelen sufrir un desgaste emocional y físico severo. Esa demolición del alma es conocida como fatiga por empatía o por compasión, estrés traumático secundario o trauma vicario. Un estado que termina por afectar la capacidad de empatizar y de brindar apoyo eficaz.
Puede experimentarla cualquier persona que esté expuesta a diario a dolor físico, psicológico, social o espiritual ajeno. Pero los principales afectados son profesionales de la salud, terapeutas, trabajadores sociales, educadores, voluntarios, cuidadores familiares y defensores de derechos humanos, entre otros. No se encuentra registrada de manera específica en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM, por sus siglas en inglés), 5a. edición.
Comienza con malestar emocional y estrés. Se caracteriza por un agotamiento emocional progresivo que se va acumulando. Evoluciona en silencio. Si no se le da un manejo adecuado, puede estallar en un desgaste profundo parecido al trastorno por estrés postraumático, que ocurre cuando una persona ha vivido o presenciado un evento aterrador, impactante o peligroso, como guerras, desastres naturales, accidentes graves, agresiones sexuales, violencia doméstica o amenazas de muerte. Esto le produce ansiedad, pesadillas, angustia.

Es importante establecer una diferenciación entre fatiga por empatía y fatiga por compasión. Constanza González Giraldo, psicóloga clínica y directora del programa comunitario de la Fundación Keralty y coordinadora nacional de Ciudades Compasivas, aporta lo siguiente a la discusión: "quienes trabajamos en compasión hacemos énfasis en que la práctica de la compasión no fatiga. La diferencia clave es que la empatía es el proceso de sentir con el otro, de absorber y resonar con su dolor emocionalmente. Es la capacidad de 'entrar' en la experiencia ajena. Mientras que la compasión es sentir por el otro, más el impulso de actuar para aliviar su sufrimiento. Incluye distancia regulada y motivación prosocial. Llamarle 'fatiga por compasión' crea una confusión nociva: sugiere que cuidar agota, cuando lo que agota es fusionarse emocionalmente con el sufrimiento ajeno".
Para esta experta, el término “fatiga por compasión” es problemático. Si un profesional cree que su agotamiento proviene de ejercer "demasiada compasión", podría concluir que debe distanciarse emocionalmente de sus pacientes. Pero la solución real es lo contrario: desplazarse de la empatía hacia la compasión, manteniendo el calor humano sin la fusión dolorosa.
El término correcto sería "fatiga por empatía" (o empathic distress fatigue), porque describe con precisión el mecanismo que produce el agotamiento y no penaliza conceptualmente la compasión, que es justamente la respuesta saludable, sostiene González Giraldo.
Tania Singer y Matthieu Ricard, investigadores de neurociencia, consideran que, por un lado, la empatía excesiva genera agotamiento, angustia vicaria y burnout. Por el otro, la compasión, cultivada con distancia regulada, es más sostenible y protege al cuidador.
Burnout y estrés traumático secundario
El burnout es un cuadro de agotamiento físico, emocional y mental causado por el estrés laboral crónico. Se relaciona más con la expresión "cuánto exige el sistema". También es conocido como el síndrome del trabajador quemado o desgaste profesional, por exceso de tareas, falta de reconocimiento y ambientes injustos. Además de agotamiento emocional (sentir que ya no quedan fuerzas, que todo cuesta el doble), comprende despersonalización (el afectado trata a las personas de forma más fría o distante, casi como un mecanismo de protección) y baja realización personal (a pesar del esfuerzo, nada de lo que se hace alcanza o tiene sentido) en el trabajo, que son respuestas al estrés prolongado y a las demandas emocionales constantes en el entorno laboral.
También se vincula con algo más íntimo: la carencia de herramientas para gestionar el agotamiento y la dificultad para poner límites de manera asertiva a los demás y a uno mismo. Decir "no puedo más por hoy", aprender a delegar o simplemente permitirse descansar sin sentir culpa. Estas son habilidades que casi nunca se enseñan. Su ausencia ocasiona que el desgaste se acumule mucho más rápido.
Por su lado, la fatiga por empatía no surge tanto del contexto laboral, ni de la falta de límites, sino del vínculo mismo: de lo que le pasa a un cuidador por dentro al estar tan cerca, una y otra vez, del dolor de otra persona o de una comunidad. Se asocia con la frase "cuánto duele acompañar", si no se desarrollan destrezas para hacerlo bien y no acabar perdiéndose en el sufrimiento del otro. Burnout y fatiga por empatía pueden ir de la mano y potenciarse mutuamente, pero también requieren caminos distintos para sanarse.
"No es un “contagio” del trauma que no se ha vivido en carne propia, sino que la sensibilidad humana está hecha para conectar con los otros.
La fatiga por empatía es considerada un estrés traumático secundario, un trauma de "segunda mano", porque cuando alguien acompaña muchas veces y por mucho tiempo el dolor de otras personas, sus historias de violencia, pérdida o injusticia, su cuerpo y su mente empiezan a sentir algo parecido a lo que padecen quienes sufrieron esas experiencias directamente. No es un "contagio" del trauma que no se ha vivido en carne propia, sino que la sensibilidad humana está hecha para conectar con los otros, se afecta con lo que otros cargan, le dejan una huella. Es humanidad compartida.

Testimonios y síntomas
Viviana Gómez, investigadora sobre la exigencia de los derechos territoriales de los pueblos indígenas en Colombia, ha trabajado durante años con personas y comunidades indígenas azotadas por el conflicto interno del país. Estas, por padecer hostigamientos armados de grupos criminales, desplazamientos, persecuciones, asesinatos de familiares, amigos o vecinos, abandono estatal, pobreza y otras dolorosas tropelías y arbitrariedades, se han convertido en víctimas sociales, una condición marcada por dolor y estigmas. Con ese universo de personas ha estado en contacto permanente durante mucho tiempo, por vocación y orientación profesional y académica.
"He cargado, dice esta defensora de derechos humanos, con todos los tipos de hechos victimizantes contra los pueblos indígenas. Conozco sus historias de vida. En Colombia hay un conflicto armado que arroja víctimas todo el tiempo. Es fácil darse cuenta de sus implicaciones. Detrás de sus números hay seres humanos con hijos, con padres, con familia, con esposos, esposas. Conocer esto me ha despertado sensaciones, sentimientos, una carga mental, definitivamente. Las comunidades indígenas tampoco tienen prácticas para cuidar la salud mental de todos. En ellas el cuidado colectivo es un principio, un mandato organizativo, pero no hay programas de protección. Tienen herramientas limitadas, básicas. Yo nunca he buscado ayuda psicológica para manejar esta carga. En la organización para la que trabajo tampoco se habla del tema. Es algo que se da por sentado, que supuestamente hay que superar de alguna manera".
Para Constanza González, muchas veces el trabajo que realizan los defensores de derechos humanos ocasiona disonancia ética o lesión moral, que termina por contribuir a los síntomas de la fatiga por empatía o por compasión. "Por ejemplo: saber que alguien está en riesgo y no poder protegerlo por falta de apoyo. Esa distancia entre lo que se cree que debería hacerse y lo que realmente se puede hacer, duele de una manera distinta: no es solo cansancio, es una herida que toca lo que uno es y en lo que cree", precisa.
La fatiga por empatía o por compasión se manifiesta de manera física, emocional y cognitiva. En lo emocional, causa tristeza persistente, ansiedad, irritabilidad, sensación de impotencia. En lo cognitivo, dificultad para concentrarse, pensamientos intrusivos sobre el sufrimiento ajeno. En lo físico: fatiga crónica, insomnio, dolores de cabeza, trastornos gastrointestinales, y en lo conductual, aislamiento social, aumento en el consumo de sustancias, evitación de situaciones que recuerden el sufrimiento. En casos graves, puede coexistir con depresión y pensamientos suicidas. Puede comprometer la calidad del cuidado ofrecido.

"No es un “contagio” del trauma que no se ha vivido en carne propia, sino que la sensibilidad humana está hecha para conectar con los otros.
Ofelia Gutiérrez, una psicóloga de 33 años especializada en trauma, amaba su trabajo. Después de pasar seis años escuchando historias de abuso, pérdida y violencia, notó cambios preocupantes en sí misma: empezó a sentirse más ansiosa en su vida personal, su visión del mundo se había oscurecido ("la gente es peligrosa"), y le costaba dormir. A veces sentía una extraña "insensibilidad" en sus sesiones psicológicas con pacientes, como si su empatía se hubiera agotado, o se volvía excesivamente irascible con su pareja. "Es como si las historias de mis pacientes se me hubieran pegado, y ya no sé quién soy fuera de la consulta", decía. No era solo agotamiento: su sentido de la seguridad y la justicia se había alterado.
La salida del laberinto
Una persona agobiada por la fatiga por empatía o por compasión queda incapacitada para cuidar mientras está atravesando ese momento. Es muy difícil que pueda ofrecer un acompañamiento de calidad, útil a los demás, aunque en apariencia siga "funcionando" por fuera. Pasa por un estado transitorio. Para superarlo, el primer paso es identificar lo que le sucede, ojalá a tiempo: "un cansancio que no se va con el descanso habitual, historias que siguen dando vueltas en la cabeza fuera del trabajo, o una desconexión cada vez mayor con lo que antes daba sentido al cuidado".
El segundo paso para atravesarla es permitirse recibir ayuda, hacer pausas y buscar acompañamiento psicoterapéutico. Se recomienda buscar y seguir una psicoterapia.

"No hay tratamiento farmacológico para la fatiga por empatía, puntualiza Carlos Quintero, psiquiatra adscrito a Colsanitas, porque, en realidad, los psiquiatras nos enfocamos en la parte neurobiológica. No deberíamos formular antidepresivos ni ansiolíticos ni antipsicóticos, a menos de que haya criterios de un trastorno afectivo mayor. Hay muchos pacientes y médicos colegas (psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales, entre otros) que llegan a consulta para que les formulemos medicamentos por fatiga del cuidador. Como médico psiquiatra, esta situación tenemos que saberla manejar. No es para formularles medicamentos, sino más bien para que reciban apoyo, psicoterapia. Eso es muy importante".
La psicoterapia consiste en abrirle un espacio a todo lo que se ha cargado y no ha podido soltar: las historias acumuladas, las emociones guardadas, el peso de lo vivido junto a otros. "También, recalca Constanza González, implica aprender a regular el cuerpo y las emociones cuando se activan, y revisar, desde la propia historia personal y familiar, de dónde viene esa manera de cuidar que muchas veces nos lleva a olvidarnos de nosotros mismos".
"No hay tratamiento farmacológico para la fatiga por empatía. No es para formularles medicamentos, sino más bien para que reciban apoyo, psicoterapia."
En las sesiones, con la orientación del psicoterapeuta, el afectado trabaja la relación con él mismo, en la que conoce sus límites, sus propias heridas, los dolores que cargaba desde antes de empezar a cuidar a otros. "Muchas veces acompañamos desde lugares heridos sin darnos cuenta, y eso hace que nos perdamos en la historia del otro como si fuera la nuestra. Aprender a acompañar desde el centro de la propia vida, sabiendo quién soy, qué me sostiene, qué necesito, permite estar presente sin desaparecer en el proceso", enfatiza González Giraldo.
Recomendaciones finales
Estas habilidades que se descubren, se nombran y se empiezan a practicar se deben sostener en la cotidianidad: en la manera cómo se organiza cada jornada, cómo se responde a una llamada difícil, cómo se cierra un día de trabajo. Si no, lo alcanzado en la terapia se queda en buenas intenciones que no llegan a transformar la vida real.
Entre las recomendaciones concretas que sugieren u ofrecen los terapeutas a las personas en camino de superación de la fatiga por empatía o por compasión se encuentran las siguientes: hacer una pausa breve entre un acompañamiento y otro (aunque sean solo unos minutos), para "soltar" lo que se acaba de escuchar antes de seguir con lo siguiente, en lugar de cargarlo todo el día; tener un espacio fijo, semanal o quincenal, para hablar de lo que se está viviendo en el rol de cuidador, ya sea con un terapeuta, un grupo de pares o personas de confianza, antes de que el malestar se acumule; volver, de forma regular, a actividades que conecten con la propia historia, caminar, respirar, meditar, crear, orar, lo que sea que la conecte con su propia vida, con lo que da sentido a la vida más allá del cuidado. Hacer un recordatorio de que la propia vida también necesita ser habitada.
Una vez se supera el cansancio profundo, se convierte en una experiencia que enseña mucho sobre uno mismo, sobre los propios límites, sobre cómo cuidar de forma más sostenible y sobre la importancia de que también fluya hacia quien cuida.

"Aprender a acompañar desde el centro de la propia vida permite estar presente sin desaparecer en el proceso."
Antes del final, el psiquiatra Carlos Quintero clama: "es importante que se regule y que se visibilice la fatiga por compasión en nosotros, los trabajadores de salud mental, con las herramientas que ofrecen las diferentes empresas, IPS y EPS. Pero también entre nosotros mismos. Cuando lleguemos a un extremo, aprender a decir 'mire, no me puedo involucrar tanto con los pacientes'. O ponernos límites, no llevarnos todo a la casa, después de haber recibido tantas situaciones, traumas o catarsis de los pacientes".




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