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rasgos de personalidad

Personalidad, ¿realmente podemos cambiar quiénes somos?

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¿Somos como somos desde que nacemos? ¿Nuestra personalidad existe en alguna parte del cerebro? Intentaremos resolver estas y otras preguntas a continuación.

“Alcanzar la personalidad es, nada menos, que el mejor despliegue posible de un ser individual”, escribió el psicólogo suizo Carl Jung en su ensayo Sobre el desarrollo de la personalidad. Ciertamente, decirlo es más fácil que hacerlo. En la práctica, parece que pasamos nuestra vida tratando de ser quienes queremos ser, solo para darnos cuenta de que estamos limitados por los acontecimientos que nos moldearon desde que nacimos, e incluso antes, cuando se combinaba el material genético de nuestros padres. 

Desde distintas disciplinas —de la psicología a la filosofía, pasando por la neurociencia— es posible afirmar que buena parte de esto que llamamos “ser uno mismo” se mueve en algún lugar entre la biología y la biografía. En ese sentido, ¿qué tanto habría de destino y qué tanto de elección en la formación de nuestra esencia? Para entenderlo, consultamos a la psicóloga clínica Viviana Zapateiro y a la neuropsicóloga Ángela María Sierra, adscritas a Colsanitas.

¿Cuál es el origen de la personalidad?

Como definición, la personalidad es el conjunto de patrones relativamente estables de pensamientos, emociones y comportamientos que hacen que cada persona sea única. 

De acuerdo con Zapateiro, hay dos conceptos asociados a la construcción de la personalidad. “Uno es el temperamento, que es un componente biológico y heredado, y el otro es el carácter, que depende de nuestro contexto”.

En cuanto al origen del temperamento, podemos hablar de los genes como un factor decisivo. Según un metaanálisis que reunió datos de casi 2000 estudios con gemelos publicado en la revista Nature Genetics (2015), se encontró que, en promedio, cerca del 49 % de las diferencias entre rasgos en el temperamento humano pueden explicarse por factores genéticos.

La personalidad es el conjunto de patrones relativamente estables de pensamientos, emociones y comportamientos que hacen que cada persona sea única.

Sin embargo, análisis posteriores relacionados con estudios de asociación del genoma completo (GWAS), que comparan millones de pequeñas variaciones en el ADN, redujeron esa estimación hasta un rango de entre 9 % y 18 %. Lo que sugiere que aún es temprano para darle un número a la influencia genética sobre la personalidad.

Estos resultados le devuelven a la crianza, la cultura, los vínculos y las experiencias —positivas o traumáticas— un papel fundamental. Tanto la neuropsicóloga como la psicóloga consultadas coinciden en que el ambiente tiene un papel decisivo en cómo esa predisposición biológica termina expresándose. “No las podemos separar”, explica Sierra, y añade, “porque los genes pueden activarse o silenciarse dependiendo del ambiente, un fenómeno conocido como epigenética”.

De esta manera, un adolescente con tendencia al estrés que crece en un entorno seguro y afectivo puede desarrollar un carácter tranquilo, aunque su carga genética indique lo contrario.

¿La personalidad cambia con el tiempo?

Sí, aunque no de forma radical. 

Si bien nuestro temperamento permanece relativamente constante, el carácter puede modificarse a medida que el cerebro madura, sobre todo durante la infancia y la adolescencia, que es cuando empezamos a construir nuestra identidad. “En estas etapas tempranas todavía no se habla de una personalidad consolidada. Por eso las pruebas que buscan evaluarla se aplican después de los 18 años”, afirma Sierra.

Luego, en la adultez, estos cambios se ralentizan, pero no se detienen del todo. Según una revisión publicada en Psychological Bulletin que reunió 92 estudios longitudinales, se encontró que la personalidad se transforma a lo largo de la vida. Entre los 20 y los 40 años las personas tienden a volverse más responsables, emocionalmente más estables y con mayor capacidad de liderazgo.

Además, rasgos como la receptividad ante lo novedoso y la sociabilidad suelen aumentar en la juventud y disminuir gradualmente en la vejez.

Un adolescente con tendencia al estrés que crece en un entorno seguro y afectivo puede desarrollar un carácter tranquilo, aunque su carga genética indique lo contrario.

¿La personalidad está en alguna parte del cerebro?

No existe ningún lugar específico del cerebro en el que se almacene la personalidad. Más bien, parece ser el resultado de la interacción entre distintas redes neuronales que regulan nuestras emociones, decisiones y memoria.

Como explica la neuropsicóloga, una de las regiones más importantes en este proceso es el lóbulo frontal (especialmente la corteza prefrontal), que se encarga de funciones como el autocontrol, la planificación y la toma de decisiones. Por eso, cuando esta zona sufre lesiones, pueden aparecer cambios notorios en la personalidad. 

Estructuras como la amígdala, relacionada con el procesamiento emocional, y el hipocampo, vinculado a la memoria, también participan en la forma en que construimos nuestra identidad y respondemos al mundo.

¿Es posible medir o clasificar cómo somos?

Cientos de años antes de que existieran los test de “¿Qué personaje de tu serie favorita eres según tu personalidad?”, los pensadores de la antigua Grecia habían clasificado a los individuos con base en los humores o fluidos vitales. En el 400 a. C., se creía que los seres humanos estaban compuestos por cuatro sustancias: flema, sangre, bilis negra y bilis amarilla, y cualquier carencia o exceso de alguna podía causar enfermedades. No obstante, una prevalencia moderada de cualquiera de ellas daba como resultado un temperamento distinto.

Así, por ejemplo, mientras que las personas flemáticas eran reservadas y tranquilas, las personas sanguíneas podían ser el alma de la fiesta. 

Hoy en día, una de las clasificaciones más aceptadas en psicología es la teoría de los “Cinco Grandes” (Big Five), un modelo que organiza la personalidad en cinco dimensiones principales: apertura a la experiencia, responsabilidad, extraversión, amabilidad y neuroticismo.

Este modelo, desarrollado a partir de décadas de investigación, no busca encasillar a las personas en categorías rígidas, sino medir en qué grado cada individuo presenta determinadas tendencias.

¿La terapia psicológica puede influir en nuestra personalidad?

Ahora que sabemos que las experiencias nos dan forma, hay que preguntarse si podemos participar en esta transformación conscientemente. Respecto a esto, Zapateiro afirma que la terapia ayuda a entender mejor quiénes somos y cómo podemos relacionarnos de una mejor manera con lo que nos rodea. 

Para la psicóloga, esto no significa que transmutemos en alguien más, sino que podamos reconocer patrones que nos generan malestar y desarrollar nuevas formas de sentir y de pensar, además de conseguir herramientas para resignificar el pasado.

Por supuesto, siempre habrá quien diga que “las personas no cambian”, siendo desde la neuropsicología una afirmación imprecisa. “Los seres humanos tenemos algo llamado neuroplasticidad, que es la capacidad del cerebro de reorganizarse y construir nuevas conexiones neuronales”, finaliza la doctora Sierra.

Y si el cerebro es capaz de cambiar de rumbo, el resto también puede ir con él.

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Esteban Piñeros Martínez

*Periodista, colaborador frecuente de Bienestar Colsanitas.