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resiliencia

¿Cómo adaptarnos al cambio? Herramientas para la gestión emocional

Con el cambio sucede algo complejo: nos exige reconstruir la certeza en medio del movimiento, pero resistirnos a perder el control es la mayor fuente de malestar. Desde la vivencia personal y la mirada clínica, abordamos por qué nos cuesta tanto adaptarnos y cómo la flexibilidad nos permite ponernos de pie cuando el entorno tambalea.

La muerte repentina de mi mamá cuando tenía nueve años fue el primer hecho que me mostró que la vida se presenta de maneras inexplicables y lo único que podemos hacer es aprender a surfear las olas del cambio. ¿Cómo adaptarnos cuando todo se transforma, para bien o para mal?

Hace muchos años conocí la frase del filósofo griego Heráclito de Éfeso: “nadie se baña dos veces en el mismo río”, y la guardé en mi memoria para siempre. Lo que nos quería decir Heráclito en aquella época era básicamente la famosa frase contemporánea “lo más constante es el cambio”. Y tenía razón.

Aunque desde una temprana edad la vida me empezó a mostrar lo inevitable de los cambios, esto no impidió que desde pequeña desarrollara una personalidad un poco rígida, por alguna razón. Para mí, las cosas tenían que ser de cierta manera, a cierta hora, y por supuesto, muy bien hechas. Paradójicamente, esa personalidad vino acompañada de una segunda parte, un poco opuesta y más exploradora, que se emociona con lo diferente; que tiene la mente muy abierta y llena de distintos colores y múltiples puntos de vista. En pocas palabras, siempre he querido moverme, cambiar y explorar la vida, a pesar de ser muy estructurada. 

Así, cohabitarme ha sido un reto bastante grande y trabajo todos los días para integrar estos dos polos de una manera sana. Ahora, vivo una vida que es todo menos tradicional 

y que me ha enseñado a no resistirme al cambio y a ser más flexible – aunque me cueste todavía-. “Sé como el bambú”, me dijo mi papá en el periodo en el que tuvimos que enfrentarnos al duelo más grande de nuestra vida, mientras transitábamos otros retos cotidianos. Lograr esta adaptabilidad – como la de esta planta resistente y elástica -, se traduce al final en menor sufrimiento y mucho más disfrute de la vida.

Pero, ¿por qué nos cuesta tanto el cambio, inclusive cuando llega algo positivo que hemos buscado nosotros mismos? La Dra. Edna de la Hoz, médica especialista en medicina del dolor y cuidados paliativos, adscrita a Colsanitas, afirma que es un tema que viene arraigado a la cultura, pues como sociedad nos han enseñado que deberíamos tener el control de todo. “Lo que veo es una sensación de miedo a la muerte y la muerte es lo primero que nos puede suceder”, afirma la doctora De la Hoz. 

Otro factor clave en nuestra resistencia al cambio como sociedad, de acuerdo con la Dra. De la Hoz, es la época hiperconectada en la que vivimos: la inmediatez y las redes sociales en específico, pues nos hacen compararnos con los demás o esperar cosas que “deberían” pasarnos. Así, cuando la vida tal vez no se presenta como queremos, podemos sentirnos frustrados y con dificultad para continuar. 


Cualquier cambio, sea esperado o inesperado puede causar ansiedad y lleva un proceso de adaptación: desde un ascenso en el trabajo, perder a un ser querido o vivir un desastre natural. No obstante, hay algunos factores en donde estas dificultades en la adaptación a la nueva realidad pueden afectar nuestra salud mental y física.

Autocompasión, diálogo y redes de apoyo

En mi experiencia, con tantos cambios de trabajo, de casa, viajes y movimiento, veo que esto se puede convertir en algo delicado cuando afecta lo más importante: el sueño, la alimentación balanceada, el cumplimiento de tareas o compromisos, y el manejo de las emociones en el día. La doctora De la Hoz coincide en que el punto de inflexión es cuando esto perturba nuestra rutina diaria. Si nuestras actividades habituales se ven afectadas, esto se considera un síntoma de alerta. Asimismo, aclara, puede empezar a manifestarse con dolores en el cuerpo, molestias que se vuelven crónicas o alergias imprevistas.


¿Qué hacer en este caso? Lo que he aprendido es que lo que más genera sufrimiento es la resistencia. No aceptar lo que está ocurriendo viene, además, acompañado de la autocrítica en algunas ocasiones. Por ejemplo: “Yo no me debería sentir de esta manera, debo aprender esto ya y hacerlo perfecto”.  Así, es importante practicar la paciencia y compasión con nosotros mismos. Un ejercicio es preguntarnos: ¿qué le diríamos a un amigo o familiar que es nuevo en su trabajo, o que acaba de pasar por una pérdida? Con esa misma comprensión deberíamos tratarnos a nosotros mismos. Por esto, aceptar que está bien sentirnos mal en el proceso, es lo primero para poder navegarlo.

Involucrar a nuestra red de apoyo también es clave, explica la Dra. De la Hoz, pues las personas más cercanas a nosotros son las primeras que deben saber cómo nos sentimos y solo así podrán escucharnos y apoyarnos. Pedir ayuda se vuelve hoy en día un acto de valentía estrictamente necesario.

Por otro lado, la doctora Edna señala un punto relevante que es la importancia de abrir el diálogo como sociedad. Nos hace falta hablar más de los procesos de cambio y lo que esto implica y significa de manera colectiva. Por ejemplo, hace un tiempo existen programas dentro de las empresas para aquellas personas que van a jubilarse pronto, en donde son apoyados en esa transición. Esto es una muestra de cómo hemos entendido que esta es una necesidad que hay que atender. Sin embargo, aún nos falta como sociedad poder hablar de muchas otras situaciones de cambio, así como normalizar ir a terapia, añade la Dra. De la Hoz.

Aceptar que está bien sentirnos mal en el proceso es el primer paso para poder navegar la incertidumbre.

Asimismo, es importante generar espacios de silencio, explica la Dra. Edna, en donde podamos darle un lugar a lo que sentimos y bajar un poco el volumen del mundo, de las redes sociales y el ruido mental. Para esto, es primordial buscar actividades que nos generen calma y conexión con nosotros mismos, como practicar algún deporte, una caminata en la naturaleza, escribir o meditar. A todos no nos va a servir lo mismo, así que hay que darle espacio a esta búsqueda de aquello que nos puede ayudar.

Hay una situación particular que vale la pena mencionar, y es aquello que ocurre en procesos largos y transiciones. Estos son periodos de tiempo en donde los cambios suceden de manera muy lenta: el tiempo entre un trabajo viejo y uno nuevo, una recuperación de un tema de salud, la espera mientras sale una residencia en otro país, entre otros. A esto le llamo los momentos bisagra -porque estás entre una vida vieja y una nueva -. Lo que recomiendo para transitarlos de manera mucho más fluida es crear una rutina alterna mientras se termina de gestar lo que viene: hacer listas de tareas pequeñas y logrables, mover el cuerpo, cuidar la alimentación, conectar con aquello que nos genere disfrute, e inclusive iniciar un hobby nuevo para el que antes no teníamos tiempo.

Al final, lo ideal sería poder desarrollar la habilidad de ser flexibles desde que somos pequeños, y es algo que se debería incluir en la educación formal. Hace un tiempo, una gran amiga me dijo: “tengo miedo de mudarme de ciudad y tener que cambiar a mi hijo de colegio”. Le respondí: “parece un castigo, pero es el mejor regalo que le podrías dar”. Ser flexible es una habilidad clave para habitar este mundo tan cambiante y muchas veces absurdo, con mucho menos sufrimiento y más capacidad de asombro. 

María Juliana Pacheco Blel

Escritora y comunicadora, apasionada por los temas de desarrollo personal. Autora del libro Un Lugar en el Mundo.