Para bailar y amar hay que confiar

Por: / Ilustración: Julia Tovar / Agosto 2022

La historia de cómo en clase de bachata empecé a sanar mi desconfianza en los hombres 

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Ahí estaba yo, en clase de bachata presencial después de dos años sin bailar con otras personas en el mismo espacio. Cada asistente estaba bailando individualmente, separado del siguiente por metro y medio de distancia. De repente, la profesora empezó a repartirnos gel antibacterial y dio la instrucción con un grito: “¡Armen parejas!” A todos nos tomó por sorpresa, reinaba algo de inquietud, pero hicimos caso y por primera vez en mucho tiempo, nos tocamos las manos y nos miramos cara a cara con personas completamente desconocidas. Nuestros tapabocas azules, empapados en sudor, aún nos protegía de la intimidad que reclamaba el baile.

Empezamos a bailar en parejas. Todo iba bien, o por lo menos eso creíamos. Estábamos haciendo una coreografía sencilla en la que una de las personas debía guiar a la otra. Los guías eran, en la mayoría de los casos, los hombres. Esto es común en los bailes de pareja y determina con qué pie arrancas el movimiento, si vas hacia la izquierda o la derecha, hacia adelante o hacia atrás. Luego pasamos a cambiar de pareja, así teníamos la oportunidad de ir practicando con diferentes personas. Pero todo se detuvo. Solo faltó el sonido de una aguja rayando un disco. La profesora paró la música y de forma muy clara dijo: 

“Mujeres ¡déjense guiar!”

Todas abrimos los ojos sin entender. 

Ella añadió: “Por socialización, las mujeres aprendemos a bailar primero y pocos hombres saben bailar. Ustedes no están permitiendo que ellos aprendan porque no sueltan el control, se la pasan diciéndoles qué paso hacer, o están queriendo tomar el rol de guiar y no puede haber dos guías. Entiendan: ambos roles son igualmente importantes, tanto guiar como saber ser guiada son clave para bailar bien. Dejen que los hombres hagan su trabajo, suéltense y permitan que las guíen”.

La mayoría soltamos la risa e intentamos, con mucho esfuerzo, ser guiadas durante el resto de la clase. 

Pero el discurso de la profe me quedó resonando profundamente. Como mujer estudiosa de asuntos de género, pareja y amor, no pude evitar sentir que esta era una lección para mi vida y para las mujeres como colectivo. Me pregunté, ¿por qué las mujeres no estábamos permitiendo que los hombres nos guiaran?

Estaba en esas cuando me acordé de una amiga de veintidos años que me contó hace poco: “Anni, estoy saliendo con un chico y he notado que yo estoy haciendo mucho trabajo de desarrollo personal, pero él no. Tengo la tentación de decirle que debería leer y tomar talleres, incluso quiero recomendarle unos autores para que se vaya formando, pero no sé, me siento controladora porque siempre resulto diciéndole a los hombres que salen conmigo qué deben hacer”. 

Así que sí, es posible que esta experiencia que viví en clase de bachata se pueda extrapolar a otros espacios y a otras mujeres. Reflexionando intenté contestar a mi pregunta. No pude evitar recordar la historia de la humanidad, una historia en la que las mujeres y todo lo considerado femenino ha sido puesto en un lugar de inferioridad. Este estatus menor ha dado como resultado la invisibilización de mujeres relevantes en la historia, baja participación en espacios y cargos públicos, sobrecarga de cuidado doméstico, baja remuneración salarial (incluso con igual o mayor formación y experiencia que los hombres), explotación sexual y, de manera frecuente, violencias de pareja y en el entorno familiar cercano. 

LA CONVERSACION Para bailar CUERPOTEXTO

“Como mujer estudiosa de asuntos de género, pareja y amor, no pude evitar sentir que esta era una lección para mi vida y para las mujeres como colectivo. Me pregunté, ¿por qué las mujeres no estábamos permitiendo que los hombres nos guiaran?”

Todas estas experiencias han llevado a una gran lucha feminista por el acceso a la igualdad de oportunidades y recursos. Producto de esta lucha, las mujeres hemos podido tener más voz y voto para decidir sobre nuestras vidas. Sin embargo, mientras bailaba con un hombre que con mucho esfuerzo intentaba guiarme, hice clic para reconocer que en esta lucha hemos sacrificado algo extremadamente valioso y con lo cual seguimos en deuda: darle valor a lo que se considera femenino. Las mujeres hemos decidido acoger lo masculino para tener un papel en esta sociedad: guiar, liderar, competir, mandar, calcular, etc. Y por supuesto que esto está muy bien, es necesario, especialmente en un mundo que destaca los valores masculinos como relevantes y necesarios para ser reconocidas. Pero entonces, ¿dónde ha quedado el importante papel del cuidado, de la cooperación, de la vulnerabilidad, de la sensibilidad y en este caso, de saber ser guiadas?

Está claro que estos elementos aún no han desaparecido, sin embargo, he podido notar cómo son dejados en un último lugar y en muchos casos, cómo son considerados motivo de vergüenza o señal de debilidad, sólo aparecen en ámbitos muy privados, en soledad o con personas consideradas de mucha confianza.

Descubrí mientras bailaba, que muchas tenemos una herida que viene de nuestra historia personal y colectiva, una herida que ha dejado como consecuencia que nos cueste confiar, que sintamos que debemos hacer todo, que pensemos que, si cedemos o soltamos el control, nos harán daño. Lo irónico del caso es que la única forma para aprender a confiar es confiando y de la misma manera, la única forma de aprender a soltar es soltando. Y confiar y soltar nos permite bailar.

Al salir de esa clase le envié un mensaje de voz a una de mis mejores amigas en el que le decía:

“Amiga, no te imaginas lo que acabo de descubrir en clase de bachata. Me cuesta soltar el control y dejarme guiar por los hombres cuando bailo y… (solté la risa) ¿no te parece similar a lo que hago en mis relaciones? Y lo peor, siento que nos pasa a todas.”

Mi amiga me contestó de forma inmediata, con un tono que indicaba que eso ya era obvio para ella:

“Anni, la gente no se da cuenta, pero para amar y bailar, hay que confiar. Es más fácil evitar salir lastimadas y defraudadas, cuando controlamos todo y les decimos a los demás lo que tienen que hacer." 

Esa era la confirmación que necesitaba. Estaba claro que en mí habitaba esta herida que me llevaba a querer controlarlo todo y a desconfiar. Una herida que además de esconder un sufrimiento muy mío y muy de las mujeres, alumbraba dos emociones más: el temor y el enojo. ¿Qué iba a hacer ahora? En ese momento se me ocurrieron dos avenidas: en mi primera opción podría seguir defendiéndome (anticipadamente) mediante el control. Esto me daría el bonus de evitar que me lastimaran. Mi segunda opción era confiar en los hombres que iban a tomar el rol de guías porque acá la meta era bailar bien. 

En la opción uno, que era la que ya estaba haciendo, había un gran problema: el control me daba ilusión de tener el poder sobre la situación, pero, en el fondo, estaba diciéndome a mí misma que era tan vulnerable que era incapaz de defenderme, así que ni siquiera me permitía experimentar la situación y luego, reaccionar. 

Así que por más ilógico que sonará, la opción más empoderante era la segunda: soltar el control, permitirme ser guiada. Apoyarme en el otro me estaba dando la oportunidad de experimentar, bailar y confiar en que si me lastimaban, yo tendría el poder de reaccionar, de defenderme y de salir de ahí. El baile se convirtió en una metáfora de mis relaciones con los hombres y descubrí que las lecciones más valiosas pueden aparecer de múltiples formas.

Durante la siguiente clase me solté y me dejé guiar. Bailé sintiendo mucha libertad, disfruté de quitarme el peso de sostener el control y querer guiar. Vi la cara de mi compañero, me miraba con la alegría de sentir que confiaba en él y con sus palabras, “qué bien te dejas guiar”, entendí lo que dijo la profe: “Todo rol es importante”. Supe que por lo menos yo, además de estar preparada para seguir bailando, me estaba devolviendo la oportunidad de ser vulnerable para permitirme amar.

 

*Anni Marcela Garzón Segura es psicóloga, magíster, doctora en estudios de género, un alma libre y amante de la danza. 

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