Pasar al contenido principal
caminar como ejercicio

Caminante... cuál camino

Caminar es el ejercicio que más ha practicado Eduardo en su vida. Para él, caminar es avanzar, desafiar al reloj.

Camino por la playa por ese larguísimo sendero de arena que va desde Pozos Colorados hasta Ciénaga. El vaivén suave de las olas del mar, que rompen cerca de mis pies, marca la cadencia de mi paso y me pone a pensar acerca de todo lo que he caminado y lo que aún me falta por caminar. Sólo sé (por lo que he leído) que caminar puede llevar a alargar los días, los años de vida que nos quedan por delante. 

Acabo de cumplir 67 años y no sé qué significa eso. ¿Aún me quedan par de décadas y un poco más para irme, ni idea, a dónde? ¿O a ninguna parte? ¿O menos de diez años? 

Si miro hacia atrás veo que mi vida ha sido, ante todo, caminar. Es la actividad física que he privilegiado y, en muchas ocasiones, es mi principal medio de transporte. 

Desde que era muy niño mis papás me ponían a caminar recorridos largos. Como cuando estaba en quinto de primaria y, al llegar del colegio, me iba a pie al Conservatorio de la Universidad Nacional, en la carrera 30 con calle 45, desde la calle 39 con carrera 16. Hoy día, para mí, esa es una caminata menor, pero a los 10 años era una distancia respetable. 

Son tantos los beneficios de una caminata a ritmo moderado o intenso que la lista se hace tediosa. Pero ahí va, lo más reducida posible. 

Es un medio de transporte y un ejercicio que la mayoría de las personas pueden hacer al aire libre o en espacios cubiertos. Los riesgos de quien camina son casi nulos, y hacerlo no vale casi nada. O nada. A lo largo de toda la vida activa muchos músculos del cuerpo. Al caminar se queman calorías y es ideal como un comienzo suave para los sedentarios, incluidos los ancianos inactivos e inmóviles.

Caminar, muchas veces, ha sido para mí avanzar como las hormigas. Caminar sin conciencia de que se camina. Sin mirar casi hacia los lados. Solo importa avanzar rápido, contra el reloj.

En los niños mejora la salud ósea y el peso, la capacidad de aprendizaje, el nivel de atención y la memoria. Caminar reduce la posibilidad de deprimirse y de volverse demente. Reduce los riesgos de mortalidad por su impacto positivo en la salud cardiovascular. Aumenta la capacidad aeróbica, beneficia la presión arterial, reduce la hipertensión y los riesgos de una enfermedad cardíaca o un derrame cerebral. Mejora el metabolismo y reduce los lípidos en la sangre, mejora la sensibilidad a la insulina, la composición corporal y el estado de peso. Reduce la incidencia de ciertos cánceres. 

Además, caminar tiene un gran impacto en el bienestar mental porque desencadena un efecto de "sentirse bien", aumenta la autoestima, reduce los riesgos de depresión y la ansiedad y sus trastornos. Qué bueno es caminar, observar los detalles de cada cuadra que recorro. Qué bien me siento cuando camino.... 

Ahora camino por un sendero que bordea el río Don Diego, en la vertiente norte de la Sierra Nevada de Santa Marta. Intento no pisar las interminables caravanas de hormigas que vienen y van en fila india. Me detengo a observar en detalle una de aquellas filas y descubro algo que siempre me ha fascinado. La gente que camina rápido. Me gusta caminar rápido, me encanta sentirme hoy más rápido que la mayoría de la gente con la que comparto los andenes y las calles de las ciudades. 

Me atraen las hordas que van de afán por las salidas de desembarco en los grandes aeropuertos del mundo, por estaciones de metro de ciudades como Nueva York o Londres. O las que veo tan a menudo en la estación de Transmilenio de la Calle 127.

Para esas personas, como para las hormigas, caminar es avanzar. Y ahora que lo pienso, para mí muchas veces caminar ha sido eso. Avanzar como las hormigas. Caminar sin conciencia de que se camina. Sin mirar casi hacia los lados. Sólo importa avanzar rápido, contra el reloj, derrotar al reloj que marca las horas y los pasos que recorro cada día. 

Ahora miro el camino que he recorrido a lo largo de mi vida. Me pregunto: ¿es el camino de ese paseante sabio que observa y medita o más bien el de una hormiga neurótica que se ofusca con quienes caminan más despacio o está pendiente del contador de pasos del reloj?

Este artículo hace parte de la edición 203 de nuestra revista impresa. Encuéntrela completa aquí.

Eduardo Arias Villa

Periodista y escritor. Miembro del consejo editorial de Bienestar Colsanitas.