El regreso de los clubes de lectura

Por: / Ilustración: Elizabeth Builes / Septiembre 2020

Para motivarse a leer un poco más, encontrar autores nuevos y conocer amigos con intereses comunes… regresamos a leer en grupo.

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El ocio perdido

Cuando comenzó la cuarentena, traíamos entre manos una novela de Dai Sijie. Lo mejor que podíamos hacer era esperar. Seguro todo pasaría pronto, los pocos casos se lograrían controlar y nos podríamos ver. Así que escribí por el grupo de Whatsapp del club de lectura diciendo que, por lo pronto, aplazáramos la sesión. Para matar algo de tiempo en esos primeros días de encierro, me animé a releer la novela desde el inicio. Balzac y la pequeña costurera china es un hermoso relato sobre los horrores de la Revolución Cultural China, narrado desde la perspectiva de dos muchachos que se enamoran de una joven campesina en las remotas montañas a las que fueron enviados para ser “reeducados”. Aunque viven en el campo, la sensación de encierro de los personajes es permanente: saben que nunca saldrán de ahí. Pero algo cambia la perspectiva de ese confinamiento agreste y solitario. Sin esperarlo, los protagonistas encuentran una caja de libros prohibidos, en su mayoría novelas. Y la vida les cambia en medio de la condena.

La historia de mi club de lectura no es ajena a otras. Cada vez se pueden ver más fotos en las redes de los clubes de lectura que se han sobrepuesto virtualmente a la cuarentena. Y parecen ser muchos en todas partes. En el Reino Unido, un artículo de The Guardian tenía por título en inglés “‘El momento perfecto para empezar’: de cómo los clubes de lectura están adaptándose y floreciendo con el Covid-19”. No estoy seguro de que en Colombia se pueda hablar de un auge o florecimiento, pero sí creo que hay algo valioso e interesante en su pervivencia. En la insistencia de sus miembros en seguir.

“Para mí ha sido una experiencia maravillosa, tener un espacio donde podemos reunirnos para compartir risas, experiencias, puntos de vista, opiniones y discusiones que inician siempre con el tema del libro que hayamos escogido y que  terminan con un buen trago, una cena deliciosa y especialmente con excelente compañía”, me dice Deyanira Carrillo, médica y una de las integrantes del club de lectura que dirijo. “Todas somos mamás a quienes nos gusta leer, y quisimos buscar un espacio en el que pudiéramos desconectarnos de nuestras actividades cotidianas”.

Clubes de lectura virtuales

Catalina Buitrago es chef, y también hace parte del club de lectura que coordino. Para ella, “un club de lectura con amigas que quiero es un respiro en mi rutina: algo distinto a mis hijos, al trabajo, al esposo, a la casa. Es un espacio que me dedico a mí. Por eso leo con entusiasmo”. Catalina fue la persona que me contactó para coordinar este club de lectura hace poco menos de un año. Le pido que me cuente cómo armaron el club: “Hace unos 10 meses estábamos Almudena, Ana y yo en un asado en la casa de Deyanira. Almudena nos contó que ella pertenecía a un club de lectura en México y que, poco a poco, habían llegado a leer 100 libros. Todas quedamos impresionadas, claro, y con ganas. También nos dijo que valía la pena buscar a alguien para dirigir las sesiones y que nos hiciera recomendaciones con los libros. Yo le pedí a una amiga que es editora que me recomendara a alguien. Por ella llegamos a ti. Pusimos la fecha al primer encuentro, y aquí estamos.”

Esa primera vez me citaron en un restaurante griego en Usaquén. En los días previos, releí completa la novela Criacuervo, del colombiano Orlando Echeverri Benedetti, que era el libro propuesto para ese primer encuentro. Lo primero que vi me sorprendió con agrado: bajo lámparas de luz tenue, encontré a Catalina y a Deyanira sentadas en un sillón entre rococó y mediterráneo, al lado de una mesa baja en la que había un par de entradas y cervezas. Era un club de lectura tal cual lo presentaban las películas de Hollywood y las caricaturas del New Yorker.

Comenzamos a hablar mientras llegaban las demás, que se fueron sumando a la conversación: nunca antes nos habíamos visto, pero el libro y la cerveza fueron más que suficientes para lograr el acercamiento. Mes a mes hemos disfrutado de un panorama amplio de novelas breves, que va desde Duelo, del guatemalteco Eduardo Halfon, hasta El inicio de la primavera, de la inglesa Penélope Fitzgerald.

El gusto

Una tarde, perdiendo el tiempo en Instagram, vi que una amiga participaba en un club de lectura, y me llamó la atención por un motivo: ella es editora. La contacté.

“Nunca había estado en un bookclub antes, pero me llamaba la atención, porque aunque trabajo en la cadena del libro, había dejado de leer.  Y empecé el año con el propósito de cambiar eso.

”Un día descubrí por Instagram que un café llamado Diosa tenía un club de lectura y que iban a empezar el año con Momo, de Michael Ende. Como lo tenía en mi biblioteca, me animé”, me cuenta Viviana Castiblanco, estudiante de la maestría en Filosofía en la Universidad Nacional de Colombia y editora en Penguin Random House. “Hay muy buenos lectores. Muchos trabajan en la cadena del libro, aunque hay todo tipo de perfiles. Nos tomamos con calma los libros: cada semana llegamos a conversar con dos capítulos leídos y cuando terminamos la lectura, hacemos una sesión para escoger entre todos el siguiente. El club se llama Cata de Libros porque Gustavo Rodríguez, el dueño del lugar, participa del club y prepara una cena pensada a partir del libro. Termina siendo otra forma de probar el texto. Y eso sí, él tiene una gran sensibilidad literaria, una creatividad impresionante. Ahora vamos a leer La mucama de Omicunlé de Rita Indiana.

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"La pandemia nos ha consolidado. Para nosotros, la reunión de cada miércoles es nuestra terapia de grupo. Se ha formado una pequeña familia".

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”La lectura en grupo siempre ha sido muy importante para mí. En mi trabajo la lectura es muy distinta, mucho más pegada a la minucia, es técnica: estás pensando en ayudar a un autor a decir mejor algo, buscando potencial. Así se escapan muchas cosas. Y aunque la lectura solitaria es muy bella, el hecho de que tengas a alguien delante que tenga algo que decirte sobre eso que leíste, enriquece un montón la experiencia. Es más, ahora cuando leo para el club soy mucho más activa; rayo y subrayo los libros con más libertad, porque me la paso pensando en lo que puedo compartir” me dice Viviana.

Le pregunto por la cuarentena. “La pandemia nos ha consolidado. Para nosotros, la reunión de cada miércoles es nuestra terapia de grupo. Se ha formado una pequeña familia. De hecho, conectarse y ya hace que podamos participar más. A veces, yo no llegaba porque no alcanzaba o tenía otras cosas que hacer. Pero ahora que no salgo, me encanta y no me lo pierdo, siempre saco el tiempo; incluso hemos llegado a conocernos y contarnos cosas muy profundas con personas que nunca he visto en mi vida. Y para que te fijes: en la empresa de mi pareja lo primero que hizo el jefe con la pandemia fue montarse un club de lectura. Son personas que no están dentro de la cadena del libro y están felices.”

El miedo a los clásicos

Curiosamente esa también terminó siendo mi historia. Durante la cuarentena, yo mismo comencé a participar en un club de lectura de comedia en la Javeriana, aunque de un modo intermitente. Al cabo de unas tres o cuatro sesiones, anunciaron que entre junio y julio se haría un club sobre Al faro de Virginia Woolf.

Siempre me había intimidado la obra de Virginia Woolf. La misma idea de la escritora de vanguardia y estilo experimental, que era de difícil lectura y gozaba de todo un culto crítico, artístico y académico, había despertado mi interés por sus novelas tanto como me había alejado de ellas. Pero me pareció que esa era por fin la oportunidad. Si entendía y disfrutaba la novela, perfecto; si no la entendía, a lo mejor me podrían ayudar; y si no la entendía y no la disfrutaba, por lo menos me habría comprometido a terminarla y tendría con quien charlar por qué sí, por qué no, y todo lo demás. Y no sólo fue un placer. Los rostros en la pantalla cada vez me resultaron más familiares, y me sorprendí disfrutando entre risas y debates de todo tipo con personas que no he visto físicamente ni una sola vez en mi vida.

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"La virtualidad ha traído cosas que no están mal".

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La cosa parecía obedecer a motivos más que literarios. “Yo creo que hemos encontrado más que un grupo de lectores. Ahora somos amigos y entre los participantes nos mandamos cosas nuevas para leer por el grupo de Whatsapp, incluso textos que algunos han escrito; pero también hemos terminado sacando tiempo para divertirnos y hablar. Lo pasamos muy bien”, me dice Andrea Ramírez, promotora de lectura de las Bibliotecas de la Pontificia Universidad Javeriana. Profesional en Estudios Literarios de esa misma universidad y estudiante de maestría en Estudios Culturales en la Universidad Nacional, Andrea se encarga, entre otras cosas, de organizar, dirigir y coordinar los clubes. “Nuestros clubes están abiertos a la comunidad javeriana entera: egresados, estudiantes, docentes y administrativos. Antes eran quincenales, pero con la virtualidad, y con el ánimo de consolidar el grupo y mantenernos conectados, aumentamos un poco la frecuencia de los encuentros. En la modalidad anterior sobre todo leíamos novelas y algunos cuentos. Ahora estamos proponiendo muchos más textos de géneros breves: sobre todo cuentos, mucha poesía, algo de teatro y un par de novelas.

”La virtualidad ha traído cosas que no están mal. Por ejemplo, las sesiones presenciales eran por regla general a las 6 de la tarde en la universidad. A veces quedarse a esa hora no era fácil para muchos. La virtualidad simplifica esto, aunque el aumento de público y la persistencia también pueden tener que ver con qué tanto te expones como participante. Ahora hay muchos que participan pero sin poner sus cámaras, e incluso los hay que solo se conectan para escuchar. Asistir como visitante, solo para escuchar, no es sencillo de forma presencial.”

Le pregunté a Andrea qué considera fundamental para que una sesión salga bien. “Hay que tener muy frescos los puntos más relevantes de la lectura; no solo hablando de los pasajes y escenas que la crítica literaria tomaría por más importantes porque iluminan el sentido de una obra… También es escuchar temas que propone el texto y el potencial que puede haber al relacionarlo con el contexto nuestro y con los intereses de los participantes. Hay que tener una buena presentación del autor y del contexto, aunque yo intento que esa sea una inquietud de los participantes. Lo que más me gusta, y me parece interesante, es buscar otros contenidos que puedan extender la lectura. Antes de la virtualidad ya lo hacía con películas, ejercicios, imágenes, otros textos o videos. Ahora cuando hacemos el club con videoconferencia, es mucho más fácil ampliar la experiencia de lectura con otros contenidos, y los mismos integrantes terminan compartiendo pantalla y sus hallazgos. Si uno no llega con cosas que incomoden, sacudan, despierten algo, con preguntas, con ideas nuevas, y se queda hablando desde un saber muy seguro y sedimentado, se resta interés y se apaga la conversación. Eso se siente. Para mí eso es lo más importante: activar la conversación.”

Para verte mejor, como diría el lobo

De hecho, un testimonio parecido me ofreció Ángela Suárez, también profesional en Estudios Literarios e historiadora de la Javeriana, y promotora de lectura en la Biblioteca de la Universidad de la Sabana, donde coordina un plan de promoción de lectura que tiene diez años de trayectoria. “La pandemia fue un tanto desconcertante. En la biblioteca hacemos una programación para el año completo y compramos por lo menos diez ejemplares de cada libro, que van para la colección especial de promoción de lectura. Tratamos de que los ejemplares que se necesitan en el club estén disponibles para préstamo en la biblioteca. Con el Covid-19 estamos adaptándonos, porque los asistentes no pueden venir por los libros. Entonces estamos leyendo clásicos que se pueden encontrar en internet, libro electrónico, y pensando también en enviar los libros a domicilio.”

Ángela continúa: “Nuestros tres clubes de lectura los hacemos casi exclusivamente con novelas. Hay uno de estudiantes y uno de profesores, que son mensuales, y uno de empleados administrativos que es el bimestral. El club de profes está muy consolidado, son un grupo de amigos que ya lleva tiempo viéndose. Con los otros la participación es más dinámica y cambiante. Lo que más los trae es el voz a voz, eso sí. Y se lo he escuchado a otros promotores: ‘Camine vamos, que esto es chévere’. Eso se ha trasladado un poco a la virtualidad, sin duda, pero también, de repente, hemos llegado a gente que está sola, muchos que están o se sienten solos llegan al club, se están conectando, porque la literatura es muy buena llenando la soledad, y el club termina, felizmente, volviéndose una excusa para un encuentro con otras personas.”

clubes de lectura

Le pregunto cómo cree que un club de lectura puede ofrecer una experiencia particular para alguien que nunca ha estado en uno. “Aparte de la lectura, hablar de un libro común entre personas que no se cruzan y no se encuentran, que a lo mejor trabajan juntas, o no, pero están en esferas distintas o atravesadas por problemas y jerarquías, les permite conectar en algo por primera vez. Y luego esas personas se reconocen en la universidad, en la calle o en cualquier otra parte. Creo que por eso los clubes de lectura gustan tanto: te permiten conectar de manera muy profunda con gente que no conoces pero sin tener que mostrarte de primerazo. Cuando hablas de un libro, de un personaje, estás hablando de ti, de cosas que crees o piensas, no solo de lo que has leído. Y eso poco a poco, mientras pasa el tiempo, te hace conocer mejor a los demás. Las relaciones que pueden nacer ahí pueden ser muy profundas, muy reales.”

Y algo así fue lo que sucedió en el club de Al faro de Virginia Woolf. El libro terminó siendo un detonante para entender que la gran escritora no era tan intimidante, que se podía admirar por esas cosas sabidas, pero también por la humanidad y complejidad de sus personajes, y por su capacidad para volver grandiosa una historia muy sencilla. Pero eso no fue todo. Mientras leía para la última sesión del club viví algo como lo que me había comentado Viviana, pero que Andrea detalló con gran precisión en su entrevista: “leer en un club se convierte en una aventura, no solo de ir al descubrimiento de un libro, de un relato y de un autor, sino de ir acompañado por las voces y las formas de sentir de las otras personas con las que has compartido en las sesiones. El club por eso es mucho más que la sesión: los intereses de otros comienzan a habitarte, los oyes línea a línea y tú también comienzas a fijarte en puntos de encuentro, cosas que te hacen pensar en el otro.”

Lo que antes ignorabas en las librerías

“Con la pandemia mi club ha perdido algo, sí... Todas son muy amigas y sé que extrañan compartir juntas con un vino o una cerveza”, me cuenta Juan José Ferro, escritor de las novelas El efecto Bilbao y Saber y ganar, quien coordina un club de lectura que tiene una apuesta que me interesa. “Yo siempre hago el esfuerzo de sugerirles libros que normalmente no leerían solas. Mejor dicho, que si se pararan delante de la mesa de novedades de una librería, no los llevarían intuitivamente.”

Juan José aprovechó la virtualidad para volver más frecuente algo que ya hacía antes de vez en cuando: invitar al club a los autores que leen, una propuesta de la que cualquier persona puede disfrutar en algunas sesiones de los clubes abiertos en muchas librerías. Le pregunto qué cree que aporta la presencia del autor. “Permite entender la trastienda, el trabajo de taller del escritor. Lo chévere es ver cómo fueron pensadas las historias, y cuál es el discurso que hay detrás. Pero también es muy útil cuando un autor tiene una obra mucho más amplia: él mismo le da pistas a uno para saber por dónde seguir, si uno quiere hacerlo, o para saciar inquietudes, para el que se queda con solo el libro del club.”

Algo parecido me dijo Catalina Buitrago cuando hablábamos de nuestro club para este reportaje: “A mí me encanta porque descubro autores a los que nunca habría llegado sola en una librería”. En la lista actual de los más vendidos en librerías están Río muerto de Ricardo Silva Romero, El tiempo de las amazonas de Marvel Moreno, Tu cruz en el cielo desierto de Carolina Sanín, De animales a dioses de Yuval Noah Harari y otros que varían según la librería. Se trata de apuestas fijas para el mercado editorial, pero también de los textos de lectura segura para la mayoría. Y en esa medida los clubes también son un espacio para refrescar, ampliar la mirada hacia lo contemporáneo y lo clásico que oxigena el panorama de los lectores, pero que también justifica la diversidad en los catálogos editoriales.

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"En la vida me imaginé que podría sentirme sobrecogido por videoconferencia. Pero tal vez es que al hábito de leer siempre le faltan los amigos".

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Catalina me contó que a ella el club, por ejemplo, le hizo cambiar de opinión sobre uno de los libros que leímos: “Aunque no lo creas, el libro que más me llegó fue El inicio de la primavera de Penélope Fitzgerald. Odié leerlo, me sentí perdida en medio de las descripciones lentas y el recuento de esa vida como estática en el invierno ruso. Pero después, gracias a la charla, cada uno de los personajes comenzó a tomar forma y a decirme cosas muy profundas. Fue muy bello… El otro fue Seda de Alessandro Baricco, que me sacó de lo que estaba viviendo en mitad de la cuarentena. Leerlo fue salir de mi casa.”

Y para volver al inicio de este relato, fue la relectura de la novela de Dai Sijie y la discusión por zoom lo que me tocó muchas fibras a mí. Vernos encerrados, leyendo sobre ese exilio montañés en que los libros son la única ventana a un lugar distinto y a la posibilidad del descubrimiento —de otro personaje, libro, autor o persona—, a mí me conmovió. En la vida me imaginé que podría sentirme sobrecogido por videoconferencia. Pero tal vez es que al hábito de leer siempre le faltan los amigos, porque no es sólo cuestión de objetos, o del deber que tantas veces atrofia el gusto en los colegios y universidades. Leer es maravilloso porque se escoge y se comparte para ver con otros ojos. Ya me decía Deyanira: “El que no lee está condenado a vivir solo una vida, y yo sí quiero vivir muchas a través de mis libros”.

 

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Posdata: Si quedó antojado y quiere ver otras opciones, muchas librerías tienen una buena oferta de clubes. Le dejamos aquí una selección con el nombre de los clubes y las librerías para que averigüe y se decida. Tenga en cuenta que para que le envíen el link de la sesión y en algunos casos para acceder a descuentos en los libros, tiene que inscribirse llamando a la librería o contactándolos por sus redes sociales.

En la agenda de la librería Casa Tomada hay cuatro clubes activos con variedad de opciones. Son los sábados y entre su oferta se destaca su Club de Gastronomía y Literatura (ahora en casa), que puede incluir un menú para disfrutar en la sesión, y dos clubes que tienen una larga trayectoria en la librería: el club de lectura En El Ático y el club de lectura El Fuego Secreto.

En la librería Wilborada 1047 hay cinco clubes de lectura activos en formato virtual abiertos al público. Las sesiones son quincenales a las 6:30 p.m. Tienen clubes de lectura sobre literatura norteamericana los viernes, sobre literatura nórdica los miércoles y uno de narrativa colombiana los jueves. Además también tienen un club sobre “Mujeres fuertes de la historia” los sábados, y un grupo de lectura de poesía.

En la librería Matorral hay tres clubes con enfoques bien especiales. Son quincenales y se organizan por la tarde. Tienen uno dedicado a la lectura de editoriales independientes llamado Maleza, otro a escritoras latinoamericanas contemporáneas llamado Maraña, y el Club Abisal de Literatura Extraña. 

La distribuidora colombiana La Diligencia libros apoya actualmente algunos clubes de frecuencia mensual. Las sesiones son los sábados por las tardes. Hay un club de lectura de escritoras latinoamericanas contemporáneas; está el club de lectura Letras Torcidas y el club de lectura Rumiantes Lectores, enfocado en clásicos. La inscripción a estos clubes permite acceder a un 10% de descuento en la compra de los libros a través de la página web.

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