Los pacientes oncológicos de la Clínica Colombia, en Bogotá, escribieron sus vivencias más íntimas relacionadas con la enfermedad.
Una muestra de cómo las palabras pueden convertirse en acompañamiento, libertad y sanación.
La idea del concurso Narrativas del Corazón surgió de una búsqueda de los especialistas de la Clínica Universitaria Colombia en Bogotá: querían que los pacientes oncológicos se acompañaran desde un lugar más cercano. Querían que abrieran su corazón. Imaginaron que al compartir sus relatos, los pacientes podrían apoyar a otras personas que padecen la enfermedad y encontrar en el proceso algo de sanación.
El doctor Juan Felipe Combariza, jefe del servicio de hematología y trasplante de médula ósea de la clínica, explica que el ejercicio permitió a los pacientes contar “cómo vivió su diagnóstico de cáncer, su tratamiento”. La psicóloga Lucía González, de Colsanitas, añade que gracias a la escritura, los participantes lograron expresar emociones profundamente guardadas y resignificar su relación con la clínica, sus procedimientos y el acompañamiento recibido.
“Espero que mi recorrido pueda ofrecer un rayo de esperanza a quienes hoy comienzan su camino”. -Diana.
En el Día Mundial contra el Cáncer de Mama (19 de octubre) se realizó la premiación del concurso de narrativas. Se reconocieron tres relatos entre los 19 testimonios recogidos, todos escritos desde la valentía y la necesidad de transformar la experiencia oncológica en palabras. Durante la jornada, los asistentes también participaron en la creación de grullas de papel, una actividad inspirada en la leyenda japonesa de Sadako Sasaki, la niña que tras sobrevivir a Hiroshima enfermó de leucemia y creó 650 grullas en origami antes de fallecer. La clínica entregó más de 2577 grullas como un gesto de esperanza a todas aquellas personas que aún están luchando su batalla contra la enfermedad.
Reunimos tres fragmentos de estas historias para celebrar el poder de la palabra en la sanación de estas personas.

Más allá del dolor estaba Dios
Juliet Natalia Gómez Papagayo
A los ocho años me descubrieron una enfermedad poco común, una condición que puede causar la aparición de tumores en diferentes partes de mi cuerpo. Yo no dimensionaba la enfermedad que tenía e imagino que para mi mamá ese momento no debió ser fácil. Tuvieron que operarme de una hernia inguinal y una umbilical. Durante la cirugía, el doctor quiso hacerme una biopsia en un ganglio que estaba en el centro de mi tiroides. Resultó ser maligno y tuvieron que hacerme otra intervención. Esto traía muchos riesgos, entre ellos perder la voz, pero elegimos creer que la voluntad de Dios era perfecta, que no estábamos solas.
Unos minutos antes de entrar al quirófano, Dios me permitió experimentar esa paz que no se puede explicar. Vino sobre nosotras como un regalo, como una promesa viva de que pasara lo que pasara, él estaba allí. Recuerdo que cuando desperté lo primero que vi fue a mi mamá, sosteniendo mi mano, su mirada fija en mí. Quise hablar, lo intenté, moví mis labios con esfuerzo y, como un susurro lleno de vida, mi voz salió.
Tiempo después, reaparecieron los nódulos. Esta vez activos, produciendo células cancerosas. En los momentos de silencio interior, cuando las preguntas no tienen respuesta, Dios me habla con ternura. No necesito entenderlo todo para confiar. He tenido varias recaídas y procedimientos difíciles, como vaciamientos ganglionares, pero hoy, con 20 años, sigo aquí viva, con el corazón lleno de gratitud.
Esta lucha aún no termina. Sé que vendrán más batallas. Dios va conmigo. Cuando me detengo a mirar a mi alrededor, reconozco que hay personas enfrentando luchas aún más difíciles que la mía. Muchas veces me encerré en el dolor, el miedo y la tristeza. Y es que hay momentos en los que sientes que ya no puedes más, que tus fuerzas se acaban, o recibes un diagnóstico que no esperabas y que sacude todo tu mundo. En esos momentos, mi consejo es este: Que tu lugar seguro sea la presencia de Dios. Que allí encuentres descanso, consuelo y fortaleza. Que experimentes su amor profundo y real, porque él nos ama a todos y está esperando que lo busquemos con un corazón sincero. Vive un día a la vez y aprende a disfrutar el ahora. Muchas veces nos preocupamos tanto por el futuro que olvidamos vivir el presente. Ama, ríe y crea recuerdos únicos que llenen tu vida de sentido.

La tarea
Maribel del Socorro Bermudez Rojo
Nunca imaginé que una simple punzada en el lado izquierdo de mi pecho sería el inicio
de una de las etapas más desafiantes de mi vida. Al principio, lo atribuí a un esfuerzo mal hecho y lo dejé pasar. Sin embargo, con el tiempo, esa molestia se hizo más intensa y frecuente, así que decidí consultar al médico. Fue entonces cuando recibí el diagnóstico inesperado: cáncer de mama. No pude evitar llorar. Entre lágrimas, me pregunté: ¿tengo cáncer?, ¿Dios, me voy a morir?
Me sequé las lágrimas, me puse el cinturón de seguridad y conduje hasta mi oficina. Realizaba las diligencias sin saber qué seguía, sin entender el proceso que iba a vivir. Nunca quise buscar información en Google; no soy médico. Cuatro meses después, tuve la primera cita con el oncólogo, acompañada de mi hija. El médico me explicó el proceso y el número de quimioterapias que debía hacer. No sabía, o no quería saber, qué era una quimioterapia. Me sentía en una nebulosa, como viviendo una realidad dentro de una fantasía. Me preguntaba cómo lograrlo. Siempre había enfrentado las adversidades de la vida: la pérdida de seres queridos, rupturas amorosas, un divorcio. Siempre caía y me levantaba, seguía adelante. Pero esta vez no tenía respuestas ni control. Me costaba reconocerme indefensa.
Durante las quimioterapias y radioterapias, experimenté falta de apetito, náuseas, pérdida de peso, insomnio, depresión, diarrea y quemaduras. Aun así, no quería quedarme en la cama, porque sabía que eso me haría sentir más enferma. Fueron momentos difíciles, llenos de sensaciones, síntomas y sentimientos, pero cada día terminaba agradeciendo estar viva, pudiendo sonreír y llorar.
“El cáncer no se cura solo con cirugía, radioterapia, o quimioterapia. Necesitan apoyo de otros pacientes y de la familia para creer que pueden mejorarse. Por eso, el abrirse a los demás también es una vía para que se alivien”, expresó el doctor Juan Combariza.
La oportunidad de estar en la Fundación Amese (organización sin ánimo de lucro que brinda apoyo a mujeres diagnosticadas con cáncer y a sus familias) cambió mi vida como paciente. Conocí a personas especiales, viví experiencias que de niña soñé y de adulta jamás imaginé: fui modelo, protagonista de entrevistas y pude dar y recibir mensajes de aliento a otros sobrevivientes. Esos momentos estuvieron llenos de risas, abrazos y emociones profundas.
Alguna vez busqué el sentido del cáncer en mi vida, pero desde el principio comprendí que lo importante era que seguía viva. Mi tarea era clara: tomar los medicamentos, seguir las recomendaciones médicas, alimentarme bien, escuchar mi cuerpo, abrazarme y fortalecer mi lema de vida: “El camino es en una sola dirección: hacia adelante”.

Una luz de esperanza
Diana Joaquina Sanza Carvajal
El 24 de mayo de 2022 fui diagnosticada con leucemia linfoblástica aguda de precursores B. Esta noticia cambió mi vida, pero desde el primer instante supe que no estaba sola. Dije: “Todo en sus manos, Dios y Virgen Santísima”. Así inició mi camino de aceptación, acompañado del amor incondicional de mi familia, mi pilar fundamental. Decidí enfrentar mi proceso con preguntas diferentes. En vez de "¿por qué a mí?", me pregunté "¿para qué?". Las quimioterapias, las biopsias, cada procedimiento fue una oportunidad para conocerme mejor y crecer interiormente. Aprendí a valorar cada sonrisa, cada abrazo, cada día compartido con mis seres queridos.
En septiembre de aquel año, me hablaron por primera vez de un trasplante de médula ósea. Mi hermana me daría nuevamente la vida. En febrero de 2023, recibí mi trasplante. Ese fue mi “día cero”. Una nueva oportunidad, una nueva vida que cuidaría con amor y esperanza. Hubo días difíciles, de miedos y cansancio, pero también días de gratitud. Mis médicos, mi familia y mi fe me sostuvieron. En mayo de 2023, regresé a mi tierra, Garzón, Huila. Volví a abrazar a mi madre y a retomar mi vida, ahora con nuevos ojos y una misión: vivir con propósito.
“El cáncer no se cura solo con cirugía, radioterapia, o quimioterapia. Necesitan apoyo de otros pacientes y de la familia para creer que pueden mejorarse. Por eso, el abrirse a los demás también es una vía para que se alivien”, expresó el doctor Juan Combariza.
Sé que el pasado debe quedarse atrás, pero también sé que nunca se olvida por completo. Me ha enseñado a soltar, a sanar poco a poco. Y estoy segura de algo: esto fue para un para qué, no un por qué. Desde mi aceptación, cada día me lleno de fuerza y valentía. Llegué a un punto en el que no solo creo que soy fuerte: lo veo, lo siento, lo vivo. Soy resiliente, soy capaz, y tengo muchas cualidades más que he ido descubriendo con el tiempo.
La leucemia me enseñó que esa palabra no es sinónimo de muerte. Mientras exista una oportunidad, siempre habrá esperanza. Aún recuerdo esa frase que me repetía desde el primer momento: “Todo llega, todo pasa”. Esas palabras me llenaban de ilusión, me levantaban.




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