Los discursos centrados en la delgadez han resurgido con fuerza entre muchas otras cosas gracias al auge de los medicamentos para perder peso. ¿Cómo impacta este regreso a los cánones de los 2000 a quienes habitan un cuerpo gordo?
Ya van tres veces que me sorprendo buscando en internet cómo comprar Ozempic o alguno de sus derivados en Colombia. Escribo “me sorprendo” porque, hasta hace poco, sentía que mi relación con mi cuerpo estaba en su mejor etapa. Yo, que jamás he conocido la delgadez, me he acostumbrado a los comentarios de las personas sobre mi “cara bellísima”, que, según ellas, se vería mucho mejor con unos kilos de menos.
Recuerdo la primera vez que un doctor —de esos que parecen odiar su profesión y a sus pacientes— me dijo que si no comenzaba a ejercitarme y a comer saludablemente, iba a morir pronto y miserablemente. Tenía 14 años y todos los días practicaba karate, además de llevar controles mensuales con mi nutricionista.

Ahora, a pesar de que todos los días me esfuerce por comprender que un cuerpo saludable no significa un cuerpo delgado, sí me sorprende que mi mente me juegue estas malas pasadas con pensamientos que me confirman que existir en un cuerpo gordo sí es una lucha. No precisamente contra una muerte cercana —como algunos médicos peso-centristas lo hacen ver—, sino contra una sociedad que no acepta a los cuerpos gordos, a pesar de que siempre hayan existido.
Dicho esto, no me culpo del todo por estos pensamientos intrusivos. Vivimos en un mundo en el que los medicamentos que aceleran la pérdida de peso se están agotando. Su auge ha sido tal que algunos gobiernos, como el colombiano, regularon su distribución autorizándolos no como fármaco para adelgazar, sino únicamente para tratar la diabetes tipo 2. Aun así, durante el último año se han emitido varias alertas sanitarias por su comercialización no autorizada.

Pero esto va mucho más allá. Estamos ante un cambio cultural en el que los discursos de delgadez —que jamás se han ido del todo, pero sí habían bajado su volumen— están retomando fuerza en figuras públicas y redes sociales. “Nos encontramos de nuevo en la era light, en donde todos quieren ser muy delgados y por eso hacen dietas de moda que llevan a los pacientes a tener un desacondicionamiento nutricional severo”, comentó Andrea Mosquera, nutricionista adscrita a Colsanitas, especialista en trastornos de la conducta alimentaria y obesidad.
Por todas partes están los ejemplos de cómo el cuerpo extremadamente delgado de los 2000 regresó a la moda. Meghan Trainor, la cantante que se dio a conocer a nivel internacional en gran parte por su canción All About That Bass —que muchos medios describieron como un himno al body positivity— cambió la letra en la que decía “no ser una talla dos”, luego de haber bajado de peso drásticamente.
La tenista Serena Williams, una de las figuras más importantes del deporte femenino, anunció recientemente su alianza con la compañía Ro y su medicamento para adelgazar: una inyección similar al Ozempic. Lo promocionó como quien vende el nuevo labial de tendencia, diciendo que este análogo del GLP-1 la había ayudado a perder el peso ganado durante su embarazo. “Esto es ciencia, no un atajo”, afirmó diciendo que había encontrado la medicina que su cuerpo necesitaba.

No basta con cuidar tu alimentación, hacer deporte, cumplir con tus citas médicas. Lo que funciona ahora, y lo que el mundo espera de las mujeres, una vez más, es que sean delgadas. Porque el discurso sigue siendo que no hay manera de ser sana si no lo eres y aquí todas las personas “se preocupan” por la salud de los demás.
Incluso en las tendencias de vestuario está presente, ¿o es que creen que ese resurgimiento de los low rise jeans, los que en su momento generaron comentarios de que Britney Spears estaba gorda, es coincidencia? En redes sociales, el discurso de la delgadez está más vivo que nunca: sin haber buscado nada en particular, todos los días me aparecen aplicaciones para contar calorías y videos de personas delgadas “engordadas” con inteligencia artificial, en formatos de antes y después. Sin darme cuenta, mi mente volvió a la época de los blogs encubiertos que enseñaban cómo ser anoréxica o bulímica.
A donde sea que mire, está el mensaje: no basta con ser una atleta ganadora de Wimbledon, como Serena, si no eres delgada. No basta con cuidar tu alimentación, hacer deporte, cumplir con tus citas médicas. Lo que funciona ahora, y lo que el mundo espera de las mujeres, una vez más, es que sean delgadas. Porque el discurso sigue siendo que no hay manera de ser sana si no lo eres y aquí todas las personas “se preocupan” por la salud de los demás, ¿no es cierto? El problema con la acogida de estos medicamentos, según Mosquera, es que sí hay pacientes que los necesitan porque no pueden bajar de peso tras intentarlo todo, pero son decisiones que deben ser guiadas por un médico endocrinólogo después de una serie de exámenes y no tras ver un video de su influencer de confianza.
En camino a la delgadez
No recuerdo un día de mi vida en el que no haya pensado en ser delgada. Probablemente lo hubo, en una infancia temprana en la que el cuerpo es únicamente el vehículo para existir y jugar. Pero desde entonces ha pasado mucho tiempo y no puedo recordarlo. En mi mente solo existen los pensamientos fugaces que se atraviesan cada día y me llevan a preguntarme cómo sería mi vida si fuera una mujer delgada.
La respuesta no ha llegado, pero no por falta de intentos, sino más bien por una mezcla entre genética y simple cansancio. A los siete años, tomé malteadas de aquellas que aseguraban reemplazar una comida y hacerte bajar varios kilos. No funcionó. Durante mi infancia realicé deportes que incluso me llevaron a ligas profesionales. Era una niña atlética con un cuerpo que no cambiaba.
En la adolescencia, desesperada y enfrentándome a los primeros signos de bullying, probé todo tipo de tratamientos: doce almendras y un trozo de queso en las mañanas, gotas homeopáticas en el agua para calmar la ansiedad, siete días de detox solo con uvas y agua, jugos verdes, acupuntura, dietas, ejercicio constante… Mi cuerpo, grueso y bajo, parecía inmutable. Quizás por eso, cuando mi endocrinóloga me recomendó un medicamento que, según mi búsqueda obsesiva en redes, prometía perder más de 10 kilos en un mes, acepté. El tratamiento comenzó hace doce meses, y hace nueve decidí no continuar.
Este medicamento funciona mediante una inyección diaria, que aumenta su dosis cada cierto tiempo según recomendación médica. Permite bajar de peso porque ayuda a regular el apetito, generando una sensación de saciedad más rápida y duradera. Y sí, esto es cierto, como también lo es que te levantas por las noches con náuseas incontrolables, que no te apetecen ni las doce almendras que antes esperabas, que la inflamación estomacal es tan fuerte que los pantalones no cierran y sentarse se dificulta, y que es muy probable que, incluso siguiendo recomendaciones nutricionales, el día a día se convierta en horas miserables. Y entonces me pregunté, ¿vale la pena esto por una posibilidad de delgadez?
Cuando dejé el medicamento me sentí humillada y sola. No podía creer que, de todos los ejemplos triunfales de las redes sociales, yo fuera una vez más la excepción y, sin embargo, parece que soy la regla. Según un artículo del portal Medical News Today, las investigaciones sobre medicamentos que usan GLP-1 para bajar de peso reportan que el 30 % de las personas abandona el tratamiento tras las primeras cuatro semanas y que más de la mitad lo deja a los tres meses, debido a su alto costo y a los efectos secundarios, entre otras razones, como sentirse mejor sin él, a pesar de ser gordo.

Y así llega la enseñanza de esta vida de 27 años en los que aproximadamente 22 de ellos se han enfocado en bajar de peso: no es una tarea fácil. No es, como muchos creen y comentan sin conocimiento, únicamente hacer ejercicio y regular la alimentación. Así lo afirma también la doctora Mosquera: “hay pacientes que hacen demasiados tratamientos juiciosos y no pueden bajar de peso adecuadamente”. Mi cuerpo gordo es un cuerpo que levanta pesas, patina y hace karate; almuerza balanceado, come fruta y toma agua. Y es un cuerpo, en fin, como cualquier otro. El tema de “glorificar” la obesidad me ofende porque únicamente pido existir en mi cuerpo sin que esta se vuelva todo lo que otras personas pueden ver de mí, sin ser juzgada en citas médicas por ello, sin vivir con el temor de no ser aceptada en un trabajo. Pido tener referentes de cómo se vería la ropa que voy a comprar en cuerpos como el mío, sin tener que imaginarlo, y que ojalá haya tallas de dónde elegir.
Vivir en este cuerpo es también recordarme todos los días que soy mucho más que lo que peso, por más cliché que suene. Es dejar de sentir lástima por quien podría ser yo en una versión delgada, y agradecerme por la persona que he construido hasta el momento.
Resistir, entonces, es también una postura frente a la vida, incluso política. Todos los días me enfrento a estándares sociales que no cumplo. Lo veo en las redes sociales, en la industria de la moda, en los comentarios de TikTok sobre la “inclusividad forzada”, en el desfile de Victoria’s Secret, en el deporte, en la medicina, en fin. Lo que la sociedad espera de mi cuerpo como mujer me atraviesa y me enfrenta, día a día, a resistir. Respirar profundo. Repetirme que estar sana va más allá del Índice de Masa Corporal y que, en este cuerpo gordo, tengo derecho a ocupar espacio. Ya llegará la próxima tendencia.





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