El azar de los viajes y los libros

Por: / Ilustración: Cosecha Visual / Julio 2020

La poesía obra de maneras extrañas. Como el azar. Como el silencio. Si estamos en el estado adecuado, cualquier cosa puede pasar.

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igamos que voy a viajar a París, por la primera vez. De afán, antes de salir para el aeropuerto, me acerco a mi biblioteca y tomo uno de los libros al azar para que me acompañe durante el mes que va a durar el viaje. No el es único libro que llevo para leer, pero sí es el único que llevo para que me haga compañía, para abrirlo en algún momento y sentir que me habla una voz amiga.

La elección del libro la hice justo en el momento previo a salir para así propiciar el azar. Es un rito, una manía, una manera de tentar el destino. Si hubiera escogido el libro días antes del viaje habría hecho una elección razonada: ¿Cuál me llevo? ¿Con cuál de ellos me sentiría bien durante tanto tiempo? ¿Cuál me deparará más gozo y placer cuando lo abra al azar y lo lea? Y lo que quiero es justamente lo contrario: lanzar las monedas al aire para consultar el I Ching.

Hay dos condiciones que están instaladas en mi mente en el momento de elegir un libro para un viaje. La primera, que ya lo haya leído; la segunda, que ya haya pasado la prueba de haberlo abierto en cualquier parte, y que al leerlo actuara como un bálsamo o una especie de oráculo, o fuera un incitante, o me recordara otros libros, o me alegrara la vida, o despertara mi deseo de seguir leyendo lo que estoy leyendo.

En mi biblioteca no abundan los libros, pero muchos de los que hay cumplen con estas dos condiciones. Así, cuando me acerco a la biblioteca veo los varios libros esperando que alguno me haga alguna señal, y casi sin saberlo mi mano ya se dirige hacia un tomo gris, de pequeño formato, y lo toma y lo abre y leo, para corroborar, alguna línea: “Demasiado tiempo hace ya que la imagen por la imagen estropea la poesía”. Y entonces cierro el libro, y lo guardo en el pequeño morral que voy a llevar como equipaje de mano, para tenerlo cerca, y poder leerlo mientras tomo un café en el aeropuerto, o ya en el avión, después de comer, cuando todos duermen, o en algún parquecito de París.

Llego a la ciudad un sábado al atardecer. Camino por una callecita y de manera curiosa me siento en mi casa. Viene a mi memoria un verso de un poeta colombiano, Rogelio Echavarría: “Todas las calles que conozco son un largo monólogo mío”. Ese largo monólogo mío se convierte, por una suerte que no alcanzo a comprender, en un diálogo con las calles que ahora recorro, y que hablan de seres y de sucesos que pertenecen a diversos pasados que ya he conocido en los libros: viajar a París es viajar a mi pasado de lector, o por lo menos a uno de mis pasados.

El lunes enfilo mis pasos hacia el jardín de Luxemburgo. Contemplo por un largo rato un par de veleros que navegan dos niños, y llegan con ellos unos versos de Álvaro Mutis: “Tratando de llevarte a cierta plaza, un silencioso y viejo parque en donde navegan gozosos los veleros del verano…”. Más tarde cruzo el Sena y me adentro en el barrio del otro lado del río. Casi al instante veo de manera oblicua que me acerco a una librería, y pienso, animado por uno de esos juegos que juego conmigo mismo, en cuál será el primer libro que verán mis ojos en París, expuesto en la vitrina de una librería que todavía no conozco.

El azar de los viajes y los libros

Me acerco con paso lento a la vitrina, saboreando el momento, y veo un librito pequeño, de color amarillo pálido, que lleva por título el mismo título del libro que traje desde Bogotá, aunque éste está en francés: Le secret professionnel, de Jean Cocteau. También difiere del que yo llevo en el morral en el tamaño, pues el mío es mucho más grande; en el color; en el prólogo, pues éste no trae y mi ejemplar tiene uno escrito por Jorge Luis Borges, y pertenece a la colección Biblioteca Personal. En últimas, el ejemplar que traje y este también se diferencian un tris en el título, pues el mío añade “Y otros textos”, y el de la vitrina sólo dice Le secret professionnel. Yo me siento profundamente anonadado. Estoy temblando.

Entro en la librería y pregunto por señas y en una mezcla de pésimo francés y algo parecido al castellano que cuánto cuesta el librito de la vitrina. La comprensiva y elegante mujer que me atiende me dice el precio, y al ver mi cara, excusándose por lo costoso, me señala en la primera página que se trata de la primera edición. En un acto de locura inaudita, sin saber lo que hago, compro el libro, y en ese acto irracional me gasto casi la totalidad de lo que tenía destinado para cualquier cosa que olvidé mientras caminaba orondo por París, orgulloso de llevar el libro de Cocteau en el morral, tanto en su versión original como en la versión en español, prologada por Borges.

En ese prólogo el poeta argentino dice del poeta francés: “Este libro es acaso el menos conocido y el más grato de los muchos que le debemos. Consta, más allá de los dogmáticos manifiestos, de una serie de sabias y sutiles observaciones sobre la misteriosa poesía. A diferencia de tantos críticos, Cocteau la conoció personalmente y la ejerció con felicidad. Leer este libro es conversar con su cordial fantasma”.

Varias veces durante mi viaje conversé con el cordial fantasma de este autor, que firmaba sus cartas como “El Parisino”. Me gustaba hacerlo después de largas y extenuantes caminatas por París, en un refugio que descubrí, y en el que me perdía para descansar y leer lejos del habitual ruido de la calle. Quedaba cerca de Les Invalides, donde yacen los restos de Napoleón. El lugar era propicio para la contemplación, pues en sus jardines se podía tomar café y admirar al aire libre Las puertas del infierno, la escultura de Rodin que contiene, en pequeño, la figura de El pensador, que originalmente era la figura de El poeta (Dante, para ser más precisos) contemplando el horror del mundo.

La primera vez que visité el museo Rodin, pues así se llamaba el lugar, después de ver las obras del escultor y las de Camille Claudel, su ayudante y amante, me resguardé de la llovizna de abril en los jardines del museo y me acordé del libro de Cocteau. Lo saqué, lo abrí y leí al azar: “Por unos instantes vemos un perro, un coche de caballos, una casa por primera vez. Todo cuanto exhiben de especial, de loco, de ridículo, de hermoso nos abruma. Inmediatamente después, el hábito frota con su goma de borrar esa poderosa imagen. Acariciamos el perro, detenemos el coche, vivimos en la casa. No los vemos más. Este es el papel de la poesía. La poesía desvela, con toda la fuerza del término. Muestra al desnudo, bajo una luz que sacude la somnolencia, las cosas sorprendentes que nos rodean y que nuestros sentidos captan maquinalmente”.

***

Pasan los años. Un tarde soleada salgo a caminar por Bogotá, sin rumbo fijo, con ganas de perderme en el atardecer. Llego al parque Santander, en la Séptima unos metros al norte de la Avenida Jiménez, donde hay una feria de libros usados. Merodeo aquí y allá, curioseando los libros, y de pronto encuentro uno de Cocteau que no conozco, Retratos para un recuerdo. Lo compro. Camino de regreso a casa. Por la noche, leyendo una anécdota tras otra de El Parisino, me entero de que alguna vez, en su juventud, vivió en esos jardines que tanto amé durante mi viaje a París, que originalmente pertenecían al hotel Biron.

Allí en ese “Jardín, parque, huerto, vergel, qué se yo” instaló su refugio, al lado de la casona principal, donde vivía Rodin. Y el encanto que sentía yacía en el silencio. “¿Cómo era posible que París funcionara, circulara, trabajara y se moviera alrededor de aquel silencio? Porque aunque solo existiera por contraste, no por eso se imponía menos aquel silencio, anulando el oído en beneficio de la vista, emanando de las hierbas y de los árboles, apagando el estruendo de una ciudad por la fuerza de una costumbre que hace del silencio un privilegio de los parques abandonados. Era, por así decirlo, un espectáculo del silencio”.

Cocteau cuenta, además, que se enteró “de que el liquidador hablaba de parcelar el parque y de prolongar la calle de Bourgogne hasta el hotel Rohan”, y su jardín sería destruido. Entonces armó un escándalo y amotinó a la prensa. “En una palabra, salvé los jardines del hotel Biron y me enorgullezco de ello” “Porque la suerte ha querido que este lugar de poesía fuera salvado por un poeta”.

Asombrado con esta historia, cierro el libro. La conección ha vuelto a restituirse. La chispa se enciende. Y de nuevo estoy en los jardines del museo, leyendo a Jean Cocteau: “La poesía predispone, pues, a lo sobrenatural. La atmósfera hipersensible que nos rodea agudiza nuestros sentidos secretos, y nuestras antenas se zambullen en profundidades que nuestros sentidos oficiales ignoran. Esos olores que llegan de las zonas prohibidas dan celos a los sentidos oficiales. Se rebelan. Se agotan. Intentan realizar un trabajo superior a sus fuerzas. Un maravilloso desorden se apodera del individuo. ¡Atención! Todo puede convertirse en un milagro para quien se halle en tal estado”.

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Así obra la magia de los libros que nos acompañan en los viajes.

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