Larga vida al chontadurito

Por: / Mayo 2020

El del chontaduro es un sabor que divide: a muchos les fascina mientras a otros les repele. Sus propiedades nutricionales están más que confirmadas, y su sabor es único. Así que al menos hay que darle una oportunidad.

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ensé que ya estábamos de acuerdo en esto: el chontaduro es la mejor fruta del universo, o por lo menos del universo conocido. Pero ante la reticencia de algunas personas a disfrutar de sus mieles, me veo en la obligación, una vez más, de defender lo que a estas alturas debería ser un pilar fundamental de nuestra dieta sobrecargada de carbohidratos: papa, yuca, arroz, el pataconcito…

Esta lucha la comencé hace ocho años, cuando me vine a vivir a Bogotá y me enteré de que a los rolos, como a muchas personas de otras ciudades distintas a Cali —pero en especial a los rolos—, no les gustaba el chontaduro. ¿Cómo puede ser?, me pregunté en ese momento. Y desde entonces no me he cansado de pelear. El chontaduro me da fuerza; sus nutrientes, la razón. Y aquí estoy para enumerar algunas propiedades de la fruta, a ver si con eso logro convertir a los últimos infieles, a quienes ya les han enseñado a adorar otros alimentos “extraños”, mucho menos ricos que el chontaduro, con el postulado contemporáneo de la alimentación saludable.

ChontaduroCUERPOTEXTO

Primero, sí, el chontaduro es una fruta. Dado su aspecto alienígena, es normal que la mayoría de la gente lo confunda con un vegetal o con un tubérculo. Pero el chontaduro pende en racimo de una palma que es parecida a la del coco, aunque más salvaje, prehistórica. Mientras que el primer árbol podría adornar una valla publicitaria de unas estereotípicas y apacibles vacaciones en el Caribe, el segundo quedaría bien en el afiche de Jurassic World, bien sea como simple utilería o, por qué no, como protagonista, pues la palma de chonta puede alcanzar una altura de veinte metros. Su cuerpo alargado, lleno de espinas que procuran mantener alejados a los depredadores de sus preciosos frutos, parece un injerto de puercoespín con saurópodo.

Y debe ser porque la palma de chonta es en realidad un lagarto aparentemente dormido que el chontaduro ofrece tanta proteína —bastante más en comparación al aguacate, esa otra fruta que se hace pasar por vegetal; mucho más que casi cualquier fruta—. Por lo que es un buen complemento para quienes hayan decidido renunciar a la proteína animal o para deportistas. Por cada cien gramos de chontaduro hay treinta y tres de proteína. Pero lo mejor de todo es que ese es apenas uno de los varios beneficios nutricionales que ofrece la fruta. El chontaduro dará a quienes coman de su cuerpo arenoso vitaminas A, C y D; fibra, una fuente de energía que ayuda al sistema digestivo; ácidos grasos poliinsaturados —omega 3 y omega 6—, los cuales son indispensables para el desarrollo hormonal, el crecimiento y para mantener controlado el colesterol; minerales como calcio, hierro, fósforo, zinc, cobre; y una buena pizca de betacaroteno, que resulta indispensable para combatir el envejecimiento y enfermedades degenerativas como el cáncer o el Alzhéimer.

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"El chontaduro, que ha recibido un nombre distinto por cada lugar en el que se da —pejibaye, cachipay, manaco, chonta—, es la piedra filosofal que tantos han estado buscando".

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Básicamente, el chontaduro vale por una comida nutritiva completa. Entra, como el kale o el açaí, en la categoría de súper alimento. Da vitalidad, energía para enfrentar el día a día, como un buen café. Sus ventajas como estimulante sexual no están comprobadas del todo, pero hay quienes dicen que el chontaduro da arrojo de más, al punto de que, para bien o para mal, abona la fertilidad. “Chontaduro maduro, hijo seguro”, dicen en el Pacífico colombiano.

El gusto es indiscutible, terco. Y si bien resulta indispensable a la hora de elegir qué comer, no por ello hay que llevarse a la boca únicamente lo que nos complace con su sabor. No en vano, cumpliendo con los paradigmas contemporáneos, hoy en día la gente procura alimentarse bien, “sano”, a pesar de que su lengua sufra y se retuerza con sabores que no son de su agrado. Y quizás ahí, en el intersticio de lo saludable, el chontaduro encuentre un lugar para convertirse en un buen hábito de los que requieren una pizca de trabajo extra. Como hacer zumba, por decir algo.

El contaduro tiene un precio democrático; se exhibe en bateas que se han ido haciendo más comunes en las calles de la capital, como si fuera una fruta cualquiera. Pero no, el chontaduro no es una más. El chontaduro, que ha recibido un nombre distinto por cada lugar en el que se da —pejibaye, cachipay, manaco, chonta—, es la piedra filosofal que tantos han estado buscando.

 

**Harold Muñoz es escritor. Ha ganado varios concursos nacionales de cuento y novela breve. Nadie grita tu nombre es el título de su primera novela (Emecé). 

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