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Alberto Linero

“La lentitud no es hacer menos, es estar más”, Alberto Linero

El escritor, conferencista y comunicador samario reflexiona sobre la necesidad de vivir más despacio en un mundo acelerado. Una conversación sobre cuerpo, emoción, fe y Caribe como formas de habitar mejor la vida.

“Mi corazón está en paz. Mi mente está lúcida. Mi cuerpo responde bien hoy”. Así describe Alberto Linero este momento de su vida: no como una meta alcanzada, sino como un estado que se cultiva. Para él, el bienestar no es solo estar bien: es bien ser, estar en paz con nuestras mutaciones.

Durante décadas, miles de personas lo han escuchado hablar de fe, sentido y esperanza en libros, columnas, programas de radio y conferencias. Para muchos, su voz está asociada a una frase que se volvió casi una consigna vital: “El man está vivo”. Habla así de Jesús porque no lo ve como un personaje distante o solemne, sino como alguien cercano que tiene algo que decir en medio de lo cotidiano, de las dudas, las decisiones y los días normales.

Mucho antes de ser una figura pública, Linero ya escribía. Publicó sus primeras crónicas a los 12 años en el periódico de su colegio, hizo su primer programa de radio a los 16, y desde entonces no ha dejado de participar en proyectos de comunicación.Hoy hace parte de la mesa de trabajo de Mañanas Blu, tiene un espacio de reflexión en Día a día de Caracol Televisión y es docente en la Universidad de la Costa. Ha publicado más de 50 libros y mantiene una presencia activa en sus redes y en la revista El Man Está Vivo. También lidera AlbertoLineroGo, una empresa de creación de contenido que inspira la transformación desde el bienestar y la espiritualidad, y junto a Alcy Matallana, su esposa, conduce Conversaciones Horizontales, un espacio de diálogo en YouTube sobre lo que une, reta y hace vulnerables a las parejas.

“Vivir mejor no es un logro privado, es una construcción compartida: cargarnos juntos la vida, con sus pesos y sus grietas a cuestas”.

Linero se expresa sin solemnidad ni recetas, como quien va pensando mientras habla. Se detiene antes de responder, busca palabras, las prueba. A veces se corrige a mitad de frase: “Déjame decirlo mejor”, dice, y vuelve a empezar. No le interesa sonar bien. “No somos un acto terminado, somos un proyecto”, dice. Y desde ahí propone algo que parece simple y es exigente: asumir la responsabilidad de cuidarse como una forma básica de respeto por la vida.

Su último libro, Romperme fue solo un comienzo, gira alrededor de una idea contundente: las grietas no se borran, se integran. No se trata de volver a ser quien se era, sino de aprender a vivir con quien emerge después de romperse. Para explicarlo recurre, entre otras imágenes, al kintsugi, el arte japonés de reparar cerámica rota con oro.

Desde el Caribe, el territorio que lo formó y lo sigue habitando, Linero piensa el bienestar como algo necesariamente comunitario. “No hay salud sin esperanza y no hay esperanza sin comunidad”, suele decir. Vivir mejor no es un logro privado, es una construcción compartida: cargarnos juntos la vida, con sus pesos y sus grietas a cuestas.

Hoy tiene 57 años y vive en Bogotá. Sigue trabajando tanto como siempre, aunque ahora dice que lo hace distinto: “Trabajo con más conciencia de mis límites”. Duerme mejor, camina por trayectos más largos, se cuida más. Y esa, dice, ha sido una de las transformaciones más grandes de su vida.

“Ser Caribe no es solo geografía; es una forma de estar en el mundo. Una manera de relacionarse con el tiempo, el cuerpo, los otros, el dolor y la alegría. En el Caribe, el dolor no se esconde”.

Nació en Santa Marta, vivió más de dos décadas en Barranquilla, trabajó durante años en Cartagena y recorrió barrios, casas, esquinas, canchas y salones comunales. Acompañó procesos, escuchó historias, predicó esperanza, pero sobre todo aprendió cómo se vive cuando no hay muchos márgenes para el error.

Hoy habla del bienestar no como una idea idealizada de calma permanente, sino como una práctica cotidiana de cuidado, vínculo y sentido. Esta conversación recorre sus grietas y reparaciones, la fe, el Caribe y la ciudad, la vida pública y la vida íntima, la crisis y la transformación.

Si analizas tu vida hoy, ¿desde qué lugar interior estás viviendo este momento?

Estoy viviendo un momento que me exige aprender nuevas habilidades y maneras de estar en el mundo. Me siento bien y no hablo de euforia ni de comodidad; hablo de una vida que tiene sentido: apasionada, con propósito claro, con autocuidado consciente y personas que me aman alrededor. No significa que todo esté resuelto. Significa que estoy en un buen lugar para seguir construyéndome. Y sobre todo, lo vivo con una sensación profunda de orgullo por lo que soy y he sido.

¿Cómo te cuidas en el día a día?

En tres dimensiones: el cuidado físico, emocional y espiritual. Cuidar el cuerpo que soy: alimentarme bien, descansar, moverme. Tomar conciencia de mis emociones y aprender a gestionarlas; escribir y caminar para expresarlas sanamente. Y alimentar el alma con contemplación, meditación, lentitud, oración, amaneceres y atardeceres: cosas que aparentemente no “sirven para nada”, pero sostienen todo.

Hablas de lentitud en un mundo acelerado. ¿Qué te ha enseñado vivir más despacio?

La velocidad no es neutra. Produce una vida reactiva, fragmentada, siempre en déficit de atención y presencia. Vivimos respondiendo a estímulos y no habitando procesos. La lentitud no es hacer menos, es estar más. Es darse cuenta de lo que uno está viviendo mientras sucede. No es salirse del mundo, es entrar mejor en él.

¿Y cómo entra la lentitud en la vida tecnológica?

La tecnología es poderosa, pero no es inocente. Está diseñada para capturar atención y fragmentarla. Yo la uso, pero con conciencia: no dormir con el celular al lado, no empezar el día mirando una pantalla, no responder todo inmediatamente. Recuperar el derecho a no estar disponible siempre. Porque hay cosas que no ocurren en línea: la mirada, el tono, el silencio compartido, el abrazo. Y si perdemos eso, perdemos algo esencialmente humano.

“Hoy enseño más de lo que predico, comparto preguntas más que respuestas, y entiendo que la comunidad se construye entre todos”.

Eres samario, viviste en Barranquilla, trabajaste en Cartagena… ¿Qué significa ser Caribe y cómo se vive la fe desde allí?

Ser Caribe no es solo geografía; es una forma de estar en el mundo. Una manera de relacionarse con el tiempo, el cuerpo, los otros, el dolor y la alegría. En el Caribe, el dolor no se esconde. Se llora en público, se entierra en comunidad, se canta después del velorio. Eso marca la manera de entender la fe y el bienestar: no como ausencia de dolor, sino como capacidad de atravesarlo acompañado. La fe es cotidiana, está en la conversación, el gesto, la comida compartida, la música, la risa después de la tristeza. El bienestar también es colectivo: nadie está bien solo. Aquí aprendí que el antídoto contra el dolor no es la negación, es la alegría consciente. En el Carnaval de Barranquilla nos burlamos de la muerte, la enfrentamos bailándola.

¿Qué te ha dado Barranquilla y qué te enseñó vivir allí tantos años?

Barranquilla es la ciudad en la que me realicé. Llegué joven y me fui siendo otro. Aprendí a trabajar con rigor, a sostener procesos largos, a entender que los cambios importantes no son inmediatos ni espectaculares. La ciudad pasó de ser resignada a creer que podía estar mejor. Eso creó una autoestima colectiva: apropiación del espacio, confianza en el futuro, cuidado mutuo. Todavía hay desigualdad y exclusión, pero cambió algo esencial: la sensación de no estar condenados. La primera enfermedad del ser humano es perder la esperanza.

¿Qué te enseñaron tus propias rupturas sobre cambiar y recomponerse?

Aprendí que romperse no es un error, es condición de lo vivo. Lo peligroso es negarlo. Cambiar no es traicionar; es responder honestamente a lo que uno va siendo. Y uno no se recompone solo: siempre hay otros que ayudan a juntar las piezas, aunque no sepan cómo.

Entre tantas cosas que haces, vuelves siempre a la docencia. ¿Por qué ese lugar es tan importante para ti?

Enseñar me ha dado la necesidad de explicar lo que entiendo, porque un buen docente transforma su conocimiento en algo sencillo y cercano. Y la enseñanza también llega de los jóvenes mismos: me recuerdan que lo único cierto es la incertidumbre, que cada generación ve el mundo de manera distinta y que mis certezas son cuestionadas constantemente. La docencia me ha enseñado a ser flexible, humilde y a valorar la curiosidad por encima de la certeza. Enseñar me hace más sencillo al explicar y más abierto a la vida, a sus cambios y a sus preguntas. Hoy enseño más de lo que predico, comparto preguntas más que respuestas, y entiendo que la comunidad se construye entre todos.

¿Qué preguntas te acompañan hoy?

Cómo ser más simple, vivir con menos ruido y menos exigencia. Aprender a escribir distinto, más narrativo y menos explicativo. Ser casa para otro y seguir poniendo esperanza en el mundo sin sentirme responsable de salvarlo.

Los libros de Alberto Linero

  1. Amar es ganarlo todo: Incluso si no te queda nada, 2021 - Editorial Planeta

Reflexiones íntimas sobre el amor de pareja, el amor propio y la fe como base para aprender a amar de manera consciente y madura.

  1. No mendigues amor, 2021  - Editorial Booket 

Un llamado a reconocer y sanar la dependencia afectiva, recuperar la dignidad personal y construir relaciones basadas en la reciprocidad.

  1. Espiritualidad para humanos: un camino sublime, 2022 - Editorial Planeta

Una invitación a vivir la espiritualidad como una experiencia cotidiana, gozosa y accesible para creyentes y no creyentes.

  1. Romperme fue solo un comienzo, 2025 - Editorial Planeta

Un libro sobre la fragilidad, el dolor y la capacidad humana de reconstruirse. Una guía para volver a empezar con intención y esperanza.

Catalina Porras Suárez

Periodista enfocada en la línea de bienestar y de salud mental. Disfruta conocer y escribir nuevas historias. La realización audiovisual, el cine y la función social del periodismo están dentro de sus intereses.