Mirar la muerte a la cara

Por: / Ilustración: Jorge Tukan / Abril 2020

La relectura de un libro publicado en inglés hace 70 años evoca singulares correspondencias con los días que vivimos actualmente.

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diferencia de la cantidad de registros históricos y testimoniales que existen sobre lo sucedido en la Primera Guerra Mundial, las referencias al brote de gripe española de 1918 han sido casi inexistentes, tanto en la historia y la literatura como en la cultura popular. Sobre todo antes de la actual pandemia.

Pálido caballo, pálido jinete, de Katherine Anne Porter, es una novela corta que constituye el único registro del brote de hace cien años en la literatura norteamericana, y uno de los escasos testimonios disponibles sobre lo vivido entonces narrado por un sobreviviente, pues está basada en la experiencia personal de la misma Porter.

Muchos investigadores se han preguntado a qué se debe esta inclinación al olvido de ese evento mundial, cuando la gripe española mató en unos meses a más personas que la primera gran guerra en varios años. El virus apareció unos meses antes de que se firmara el armisticio, en noviembre de 1918.

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Y aunque se ha dicho que los países involucrados en la guerra censuraron las noticias relacionadas con la enfermedad por razones estratégicas, a excepción de España que era territorio neutro —razón por la cual la gripe terminó llamándose española—, también se ha hablado del trauma que significó la pandemia y la necesidad de olvidar. A diferencia de los horrores de la guerra, que podían ser entendidos y justificados por medio de ideales justos y altruistas, resultaba muy difícil otorgarle un sentido al sufrimiento y la muerte que había traído la pandemia, por lo que nunca fue un evento digno de conmemorar.

A la misma Porter le costó un tiempo hablar de su experiencia. Tuvieron que pasar más de diez años para que se animara a escribirla. Al igual que la protagonista de su novela, la escritora texana —ganadora del Pullitzer en 1966, y nominada al Premio Nobel— se contagió de la gripe a los 24 años cuando trabajaba como periodista en Denver, y se recuperó contra todo pronóstico, al parecer, con la ayuda de una inyección experimental de estricnina. Durante la enfermedad la autora tuvo una experiencia cercana con la muerte, a la que llamó en entrevistas posteriores una “visión beatífica”.

La gripe fue una experiencia que le partió la vida en dos a Katherine Ann Porter. Estuvo tan grave que en el diario donde trabajaba tenían listo su obituario, y su familia ya había hecho arreglos para su funeral. Pero no era su hora, y su destino era sobrevivir. El virus, que podía matar en cuestión de días o incluso horas, y cobró cerca de 50 millones de vidas, le blanqueó todo el pelo, y durante un tiempo se vio obligada a usar un bastón. Pero también la hizo encontrarse con la muerte cara a cara, una experiencia que cambió para siempre su relación con la vida.

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"Una novela corta que constituye el único registro del brote de hace cien años en la literatura norteamericana, y uno de los escasos testimonios disponibles sobre lo vivido entonces narrado por un sobreviviente, pues está basada en la experiencia personal de la misma Porter".

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Después de tener miedo y vértigo frente a la eternidad de la muerte, la protagonista de la novela tiene una hermosa visión del paraíso como una playa de agua transparente, arena fina y prados relucientes, donde se encuentra con todas las personas que ha conocido en su vida. Siente una paz infinita, sin arrepentimientos ni asuntos pendientes, por lo que quiere quedarse. Sin embargo, sabe que debe regresar a la vida, y para ello debe volver al dolor de la enfermedad y a las limitaciones físicas de su cuerpo, que de ahora en adelante entenderá como transitorias y pasajeras.

El joven soldado que acompaña a la protagonista durante esos días, en cambio, al igual que el joven soldado que Porter conoció en la vida real, no sobrevive y muere enfermo en el extranjero. Pero cuando la protagonista se entera, aunque lo extraña, no sufre su pérdida, porque después de su experiencia en el Más Allá le parece que eso ya no tiene mucho sentido.

Se estima que por cada soldado que murió en el campo de batalla otro murió por el virus. La población más proclive a morir en la pandemia era la conformada por los jóvenes de 20 a 40 años, o incluso de los 25 a los 29. Con el tiempo, se descubrió que esto se debía a una respuesta exagerada del sistema inmunológico, que para combatir el virus producía inflamación en los pulmones y llevaba al paciente a un estado de shock en el cuerpo conocido como una tormenta de citoquinas, una reacción que también se ha observado en pacientes con coronavirus, y que causó la mitad de las muertes registradas por la gripe española en los soldados. Un hecho que resultaba entonces muy confuso.

Pero ante la vulnerabilidad de nuestros cuerpos que evidencia una pandemia, la historia de Porter podría proponernos que la incertidumbre de la muerte también tiene el potencial de reconciliarnos con la incertidumbre de la vida. Porque el ver a la muerte de cerca también nos puede hacer regresar al presente como nunca antes, con capacidad de asombro y humildad, como en esa playa perfecta donde lo que había y los que estaban era todo lo que hacía falta.

 

*Carolina Mila es periodista. Trabaja para una organización no gubernamental.

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