En medio de relatos sobre padres ausentes o emocionalmente distantes, esta columna gráfica propone una mirada distinta: la de hombres que cuidan, acompañan y expresan su amor sin miedo, y que hacen de la paternidad un espacio de afecto, presencia y ternura cotidiana.

Mi papá me dice “mi vida” o “menso”. A veces también me llama por un apodo vergonzoso que me parece lindo porque él lo inventó.

Siempre fue un papá amoroso. Antes de que mi hermana naciera, íbamos por mi mamá en el carro y cantábamos canciones infantiles que me mataban de la risa. No encendía el radio.

Cuando nació mi hermana lo vi doblar sus gestos de cariño para que alcanzaran para los dos. Le puso apodos vergonzosos y comenzó a escucharla y abrazarla como si fuera un pedacito de papel.

Pienso en eso ahora que he encontrado mil historias sobre padres fríos, cuando no ausentes. Parece ser la regla: o eres cariñoso o estás presente o simplemente no estás.

Pero he notado que no. Mi familia está llena de padres que acompañan, validan y consienten a sus hijos sin temor a demostrar el amor que les tienen.

Pienso en mis tíos Carlos, Memo, Alejo, Jimmy, tan racionales, buscapleitos y callados; en mi padrino Miguel, gigante e imponente; en mi primo Andrés, grande y rudo. Ser así no les ha restado la dulzura o la comprensión.

Tal vez tuvieron madres amorosas que les enseñaron a expresar lo que sentían, si es que sus propios padres no fueron así. Por eso, cuando imagino la paternidad de mis primos o la mía siento un poquito de tranquilidad.

Tal vez algún día ellos o yo les digamos “amor”, “vida” o “cielo” a nuestros hijos. Como mi papá, que me dice “Chao, menso. Te amo”, me da un pico en la mejilla y luego un abrazo.





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