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Cómo será Bogotá

En el futuro siempre está lloviendo

Ilustración
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¿Cómo será Bogotá en 50, 70 o 100 años? ¿El clima seguirá siendo un aguacero infinito antecedido por un sol afilado? ¿Las baldosas escupirán a despistados sin piedad? ¿Habrá metro? El autor propone un ejercicio de imaginación en el que la ciudad es la protagonista.

Han pasado 37 años desde que George Perec definió una ciudadcomo «algo tentacular y perpetuamente inacabado, una mezcla de orden y anarquía, un gigantesco microcosmos donde se amontona todo lo que los humanos han ido produciendo a lo largo de los siglos». Han pasado 103 años desde que Enrique Uribe Ramírez dibujó el plano “Bogotá futuro”, en el que imaginó una ciudad con varias líneas de ferrocarril que interconectaban una topografía caprichosa en la que había más pastizales que barrios. Han pasado casi 500 años desde que se fundó la capital del país y parece que en el futuro siempre está lloviendo.

En 2021, Bogotá fue elegida como la segunda ciudad con más futuro de Latinoamérica según el fDi Intelligence del Financial Times y hace un par de meses, Andrés Santamaría, director del Instituto Distrital de Turismo, aseguró que se estaba transformando en un destino turístico y no solo de tránsito. Las invitaciones a imaginar el futuro llegan desde todas las direcciones y ejerciendo la adivinación que nos corresponde por derecho, hay quienes predicen un enorme distrito económico y comercial; otros ven una metrópoli de rascacielos que se elevan por encima de los cerros orientales; y los más optimistas pronostican una Bogotá repleta de árboles y bloques densos de un verde brillante.

Los augurios son tan variados como los habitantes de una ciudad en la que todos somos foráneos, pues poco importa si algunos hemos vivido acá toda la vida y cargamos con el aroma de sus calles en la piel. Adivinamos paisajes desolados, crisis de agua, barrios cada vez más pobres y otros cada vez más ricos que se cierran al tacto como una Mimosa pudica. Soñamos con que las polisombras azules se levantan y se revela una ciudad distinta, nueva, sin rayones, grietas o torceduras. Hay quienes añoran un complejo turístico enorme, con desayunos tipo buffet en cada esquina, rutas de grafitis mal pintados y los mismos tres restaurantes que se proclaman como dueños del mejor chocolate santafereño desde hace siglos: ¡la receta original!

Habitamos la ciudad con el miedo constante de que se largue a llover, por eso buscamos refugio entre las sombras que proyectan árboles y edificios por igual.

Pero lo cierto es que los ejercicios de predicción acuden principalmente al juego y quienes se imaginan la ciudad no son más que niños explorando con trazos irregulares sobre la pared, procurando descifrar las señales de un futuro incierto. Un niño dibuja y aparece una ciudad interconectada por sistemas de transporte variados y eficientes; otro repite el ejercicio y se adivina un circuito verde que se ramifica entre bloques naranja como las líneas de una mano; una niña deja pinceladas aquí y allá y Bogotá se presenta ante su mirada curiosa con la vibración del cristal de los bares en los que la juventud se consume sin saber que es finita. 

Seguramente el mundo se acabará como lo ha hecho tantas veces, la ciudad se seguirá hundiendo y el aire será menos aire hasta que sea otra cosa que no es aire. Aun así, el mundo será bello y no dejará de serlo por más de que ya no sea el mismo. Y aunque en 50 años posiblemente seré un espejismo y la inexistencia se presentará como el siguiente paso, habitaré la ciudad que permanece, la de las calles angostas y arquitectura colonial, la de los parques amplios, las líneas de metro subterráneo, las calles ruidosas, los cielos grises y tendré la oportunidad de comprobar mis habilidades como vidente.

Los fantasmas

Los lugares permanecen como recordatorio de que hubo otros antes que nosotros. Mientras los jóvenes habitan el mundo que les pertenece, los fantasmas paseamos por la memoria de las ciudades y disfrutamos de los cambios desde la atemporalidad que brinda la muerte. Habitamos la ciudad con el miedo constante de que se largue a llover, por eso buscamos refugio entre las sombras que proyectan árboles y edificios por igual. 

La ciudad se parece a la que imaginé a los 30 años. El gran corredor verde de Bogotá que conectó el Parque Metropolitano Simón Bolívar con el Jardín Botánico José Celestino Mutis, y se extendió hasta el Parque de los Novios, es uno de mis lugares favoritos. Es sencillo perderse entre el rumor de los árboles y alejarse del ritmo precipitado que se desborda en las calles. Aquí no hay silencio, pues los troncos siempre susurran y el trinar de víreos, águilas, tangaras, copetones y zorzales se pasea por el aire con sutileza.

El Jardín Botánico se amplió hasta la Calle 26 y el Simón Bolívar hizo lo propio hasta la Calle 66, incluyendo el Centro de Alto Rendimiento, el Campo de Práctica Golf Público Salitre y el antiguo Parque Salitre Mágico, que se transformó en un parque de diversiones ecológico enfocado en la difusión de conocimiento científico, como en su momento lo hizo Medellín con el Parque Explora. 

El corredor de 424 hectáreas es uno de los mayores atractivos turísticos de la ciudad. Es sencillo ver a biólogos y apasionados por la naturaleza pasar horas absortos en el todo. ¿Qué contemplan? Cualquier cosa: un ave, una planta, un insecto, una flor, un sonido. Las iniciativas legales que establecieron la protección de la biodiversidad capitalina como prioridad fueron vitales para que hubiese futuro en el cielo. Al final, el recorrido de 4,25 kilómetros cuadrados es el resultado de la insistencia de unos pocos para el disfrute de muchos.

Aunque Bogotá sigue siendo una obra inacabada, el caos elude el estancamiento a toda costa. Lo hace al ritmo de la fiesta, que se toma cualquier rincón olvidado por gobiernos de un lado y del otro. Los elefantes blancos se transformaron en puntos de encuentro que reafirmaron la idea de que Bogotá es la Berlín sudamericana. Y es que tenemos la mejor fiesta del mundo. Lo sabemos todos, vivos y muertos. Acá nadie baila solo, los acompañamos los que ya no somos, pero que siempre regresamos con la esperanza de que quede una canción más. 

Es por eso que jóvenes de cada rincón del mundo vienen a bailar, sudar y cerrar los ojos para que las luces dibujen auroras sobre sus párpados. Bailan con fantasmas sin que nuestra presencia les incomode. Hace unos años, con la decisión de habilitar el Centro Nacional De Memoria Histórica para muestras artísticas –además de las residencias que se realizan semestralmente–, cientos de expresiones musicales, plásticas, visuales y escritas habitan sin falta las paredes de una estructura que se erigió hace más tiempo del que es prudente recordar y que le pertenece a la generación de turno.

Bogotá avanza hacia la única garantía que existe y que tanto vivos como muertos esperamos: el siguiente aguacero.

No sé hace cuánto tiempo, pero en algún instante, Bogotá se convirtió en la meca de la experimentación gastronómica del país. Primero, cocineros de diferentes regiones fueron impulsados por laboratorios locales para experimentar con libertad y recursos. El resultado fue la creación de más de cien plazas a lo largo y ancho de la ciudad en las que se encuentra comida italo-boyacense, colombo-etíope, mexico-amazónica, llanero-escocesa. Además, se establecieron precios únicos para que todos pudieran acceder a cualquiera de las sedes. 

En un día cualquiera es sencillo cruzarse con grupos de japoneses en la sección de clásicos de la comida caribeña frente una mojarra frita a una temperatura que imita la superficie del sol; tunecinos que refrescan sus gargantas áridas con un vaso de guandolo derretido durante años en las montañas antioqueñas; o congoleños que derraman saliva frente a alguno de los quinientos postres que tienen a la panela como ingrediente principal y que no repiten sabor, textura o concepto. 

Pero sin duda alguna, mis lugares preferidos en la ciudad siguen siendo las librerías y bibliotecas. Si bien en su momento las humanidades fueron vistas por encima del hombro, nadie dio el brazo a torcer. No fue fácil. Ser testigo del nacimiento y muerte de cientos… no, de miles, de librerías y bibliotecas fue doloroso. Sobre todo, cuando sus puertas se cerraban dejando a localidades enteras sin acceso al papel.

Afortunadamente, con manifestaciones y esfuerzos colectivos, docentes, escritores, correctores, bibliotecarios y demás miembros de la industria editorial, sumados a lectores enfurecidos, lograron que el gobierno firmara la ley que obliga a las alcaldías locales a financiar por lo menos una sede de cada librería por localidad y tener una biblioteca pública que garantice el acceso 24 horas a sus salas de lectura. 

No hay lugar en la ciudad con más fantasmas que una biblioteca. Son veinte o treinta espacios enfocados en la promoción lectora que, sumados a los programas de libros gratis para niños y jóvenes, estímulos económicos, entre otras iniciativas públicas, llevaron a Bogotá a estar a la par de Edimburgo, Cracovia, Granada y Tokio en cuanto a calidad literaria. El paraíso de los fantasmas que regresan a las novelas de su época a recordar el mundo que ya no es, pero que alguna vez fue y por eso siempre será.

La piel de las ciudades tiene memoria. Los recuerdos de Bogotá yacen bajo capas de hormigón que respiran cada tanto gracias a las raíces incontrolables de los árboles, que crecieron sin pedir permiso y dieron paso a puentes naturales. Y aunque sigue siendo una ciudad violenta incluso para los fantasmas, pues es imposible prevenir la malicia humana, además de la injusticia e inequidad propias de una ciudad del todavía mal llamado tercer mundo, Bogotá avanza hacia la única garantía que existe y que tanto vivos como muertos esperamos: el siguiente aguacero. 

Nicolás Rocha Cortés

Periodista. Redactor de Editorial Bienestar.