Mucho más que gotas acuosas que hidratan el ojo o brotan involuntariamente, en las lágrimas encontramos mucho de lo que nos hace genuinamente humanos.
Lo primero que hacemos al nacer es llorar. Lo hacemos profusamente anunciándonos con algo anterior a la dicha o al dolor. En ese instante primigenio, las lágrimas suelen estar ausentes. Las glándulas que las producen aún son inmaduras y no secretan lo suficiente para crear una de esas gotas que tanto brotarán después. En ese momento, la voz se encarga de todo. Dice: hemos llegado —como se ha dicho por siglos usando el verso del rey David en los Salmos— a este valle de lágrimas.
Después de un par de semanas, hemos madurado lo suficiente: desde entonces las producimos todos los días, a todas horas, a cuentagotas con el parpadeo que humecta, nos ayudan a ver mejor y mantienen los ojos sanos. Como aspersores de un parabrisas, las emitimos también en cantidades mayores para limpiarnos la vista de intrusos como las pestañas caídas, el polvo o el polen. Pero sobre todo, cuando algunas sensaciones aparecen en el pecho y no encuentran otra salida e inundan paso a paso la escalera de la garganta, hasta llegar a los ojos. Sentimos entonces que ahí vienen. Porque en la casa que somos, los ojos, más que las ventanas del alma, son sus cisternas.

Las lágrimas surgen en las conocidas glándulas lacrimales en su no tan conocida ubicación: la parte superior externa del ojo, tras el párpado, bajo el hueso frontal y las cejas. Están compuestas de una capa exterior aceitosa que evita la evaporación rápida y mejora la visibilidad, un cuerpo mayoritariamente acuoso y un centro mucoso que promueve su adherencia. Cada una contiene agua, lípidos, enzimas, electrolitos y otras sustancias que cuidan el ojo a medida que circulan por él, principalmente con el parpadeo. Y se acumulan en los ángulos, en la carúncula lagrimal, donde se encuentra la puncta, el pequeño hoyo que vemos cerca de las pestañas del párpado inferior donde se desagua su exceso a lo largo del día. También es ahí donde se acumulan y suelen caer cuando lloramos.
El alivio que acompaña el llanto tiene un correlato físico: las lágrimas reactivas o las basales —las que producimos a lo largo del día— no son exactamente iguales a las lágrimas emotivas. Según explica la investigadora Dorothy P. Holinger en su artículo “¿Qué sabemos de las lágrimas?”, publicado en la página de Yale University Press, cuando lloramos nuestras lágrimas vienen con algunos neurotransmisores, y entre ellos, leucina encefalina, un opioide natural que nos ayuda a sentirnos mejor.

Quizás por eso los seres atormentados sin cuerpo como la llorona no encuentran alivio en su llanto eterno, que es un dolor sin lágrimas hecho de quejas y ecos. Quizás por eso los que podemos derramar lágrimas deberíamos sentirnos afortunados, quizás empatizar con quienes no pueden hacerlo; incluso animar a que lo hagan tranquilos quienes sienten vergüenza de llorar. Quizás es que parece muy fácil, y no lo es tanto.
“En la universidad, los estudiantes han calculado que es imposible que todos los seres humanos de la Tierra lloren lo bastante para llenar en un día el más breve de los ríos del mundo. Sin embargo, si cada uno se comprometiera a derramar cincuenta y cinco lágrimas, podríamos llenar una piscina olímpica”, escribe la poeta norteamericana Heather Christle en su ensayo, tan extraordinario como sutil, El libro de las lágrimas. Sus más de 200 páginas están hechas de fragmentos sobre su experiencia lidiando con periodos de tristeza profunda asociados a un probable diagnóstico de ciclotimia, pero en particular sobre su experiencia como madre y pareja, mientras entreteje un universo de reflexiones y hallazgos sobre las lágrimas en la historia.

Vemos pasar en estas páginas el llanto no caído de los que fueron a la Luna por falta de gravedad, los rituales funerarios de los elefantes, los insectos lacrífagos que se alimentan de las lágrimas de otros animales, los lacrimatorios donde se recogía el llanto de los seres amados, los espacios seguros que han ido apareciendo en diversas instituciones para llorar, así como reflexiones sobre el complicado poder de las lágrimas de las mujeres blancas, o los prejuicios que aún tiñen de vergüenza las lágrimas de los hombres. Sin embargo, lo más bello es cuando la vemos a ella, a su esposo Chris y a su hija, vivir. “Ayer mi hija lloró porque se le rompió el limón que quería comerse. Y porque le preocupaba que no hubiese bastante nieve”, por ejemplo.
La belleza del testimonio de Christle y su familia nos recuerda nuestros propios motivos. Y no solo de tristeza. A veces es el exceso de la risa, el orgullo o la alegría, el sobrecogimiento o la nostalgia, el temor o la sensación de que nunca imaginamos merecer tanto, entre todo lo que no sabemos explicar mientras la vida nos pasa frente a los ojos al reconocer que sí pudimos atravesar periodos complejos, al ver a quienes amamos comenzar una vida solos o hacerse promesas eternas, al despedimos para irnos lejos y cuando volvemos a vernos, al ver nacer a otro de los nuestros y cuando le damos el adiós definitivo a uno de ellos.
Las lágrimas son la puntuación que cierra los capítulos. Y entre esos finales también son muchas, muchísimas las que dejamos y dejaremos caer por tristeza. Unas ligeras, otras terribles. Inagotables. Un fragmento iluminador del libro de Christle:

Creo que las lágrimas más potentes son las que provocan un acontecimiento insignificante en medio de una gran tragedia. [...] En pleno divorcio problemático, alguien atropella una ardilla. El día después de un funeral, la lavadora no funciona. Algunas personas dirán que no lloran por la lavadora; lloran por su tristeza, pero como dice [el poeta] Zach [Schomburg]:
lo bueno de
llorar es que
no tienes que
elegir un tema.
En el llanto conviven un deseo de soledad y un deseo de contención. Queremos derramar nuestras emociones en paz, lejos de la vista de los demás, pero nos reconforta que otro entienda y acompañe, que esté ahí mientras tanto. Ser sostenidos como una copa para vaciarnos sin caer al vacío. Y en ese sentido, todos lo sabemos, las lágrimas son un mensaje. Les atribuímos significados que pueden ser entendidos por los otros, comunicar moviendo a los demás a sentir lo mismo. O a haciéndolos dudar.
Los seres humanos hemos hecho de las lágrimas de los otros un indicador: hemos dicho que al que llora mucho es un llorón o las tildamos de cocodrilo cuando desconfiamos. Y aún si culturalmente heredamos estos juicios, proyectamos en ellas formas de la verdad. En su libro sobre el fenómeno de la cancelación, El cierre, Paloma Cobo dedica un capítulo a los videos con los que figuras públicas o influencers han pedido perdón y son perdonados o definitivamente cancelados en lo que su audiencia atina a interpretar como la veracidad de sus lamentos. Y en ellos, al parecer, las lágrimas suelen ser decisivas para obtener el perdón.
Los actores saben que llorar no es fácil y menos frente a una cámara. Muchos vuelven a sus propios recuerdos para ofrecerles esas lágrimas a los personajes que interpretan. Algo en ese gesto —llorar encarnando una historia, llorar con lágrimas propias una historia ajena— dice mucho. El llanto y la reacción que nos produce verlo es parte de lo que nos hace lo que somos, nos confirma que aún nos atraviesa el mundo, que no estamos dañados por dentro. Y tal vez eso es lo que queremos cuando al caer la noche ponemos una película —una tragedia o una comedia— y buscamos esas lágrimas, incluso trabajadas, para leer en ellas la posibilidad del consuelo.




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