La serie que puso de moda el ajedrez

Por: / Diciembre 2020

 

Es la miniserie más vista en la década que tiene Netflix. Y su éxito va más allá de la pantalla: ha revivido la fiebre por el ajedrez.

SEPARADOR

H

ubo una época, veinte años antes de TikTok, en la que si uno quería parecer cool era obligatorio llevar un tablero imantado de ajedrez en la mochila. Eran tan pequeños que cabían en una mano. En los breves descansos de las clases de la universidad pastábamos envueltos de humo, inventando estrategias, repitiendo las aperturas de Alehkine y de Capablanca. Incluso había locos que jugaban solos y repasaban al dedillo los movimientos de dos campeones disputando el cetro mundial.

Uno veía esa autodestrucción, tan demoledora como la heroína, la peor de las drogas, y los envidiaba. ¿Cómo no? No hay nada más sexy que una pasión despellejándolo a uno vivo. Eran como matemáticos o científicos locos tratando de inventar una nueva apertura.

Con el derrumbe de la Unión Soviética, el triunfo absoluto del capitalismo y sus paraísos artificiales (tipo Facebook), perdimos la concentración, nos relajamos y el ajedrez, después de 1.500 años de haber sido creado en el Valle del Indo, vivió su etapa más oscura.

Y entonces una serie rescató el juego más antiguo de la humanidad. Las descargas de las apps que llevan los tableros virtuales se han disparado en el mundo y, tras solo un mes de haber sido estrenada en la plataforma, Gambito de dama es la miniserie más vista en la década que tiene de vida Netflix. Ha sido número uno en veintisiete países y escritores como Stephen King han dicho sobre ella: “He visto mucha televisión durante este maldito año. Sé que no estoy solo, y lo mejor de lo mejor es The Queen´s Gambit. Totalmente emocionante. Pensé que nada superaría a The Trial of the Chicago Seven, pero lo hizo”.

Gambito de dama

La vi la noche que la estrenaron. Creo que nadie sabía que Gambito de dama era una apertura. Por eso el nombre nos pareció tan improbable y tan malo. Tengo los suficientes años como para extrañar el ajedrez. Así que tuve los motivos suficientes para entender por qué la niña Elizabeth Harmon flipaba jugando —ayudada por el LSD que le daban en el orfanato para mejorar su concentración— con figuras y un tablero imaginario en el techo de su cuarto. El descubrimiento del juego, gracias a la adicción del conserje, fue lo que le ayudó a sofocar los demonios que la perseguían desde que nació.

En ese momento no sabía que era la adaptación de una muy exitosa novela del escritor norteamericano Walter Tevis y que Netflix le había apostado millones de dólares a la creación de imponentes escenarios que recreaban la arquitectura futurista y ambiciosa de los sesenta en los Estados Unidos. Además, ignoraba que uno de los consultores de Netflix fue la leyenda Garry Kasparov, el último gran campeón soviético.

Cuando veía al personaje de Elizabeth Harmon adolescente creí que ninguna actriz podía transmitir la impasibilidad desesperada de la joven actriz Isla Johnston. La parte en la que aprovecha la hipnosis que genera entre sus profesoras la proyección de Sansón y Dalila para entrar a la despensa y robarse todo un frasco de pastillas de LSD —para tragársela a manos llenas y después caer desmayada— es sencillamente magistral. Pero Gambito de dama, como casi todas las grandes series, se va perfeccionando a medida que va avanzando y su premisa se diversifica como un jardín borgiano.

La serie es mucho más que las vicisitudes de una niña prodigio y sus problemas mentales, inspirados en el gran Bobby Fisher, el esquizofrénico norteamericano que paralizó a su país en 1972 cuando se enfrentó, en la partida más famosa de todos los tiempos, en Reikiavik al soviético Boris Spaski, y ganó lo que sería la más célebre de las batallas de Estados Unidos versus URSS en plena Guerra Fría.

Gambito retoma uno de los temas que han convertido a la televisión en la vanguardia por encima del cine: la mujer y sus batallas. En un mundo de hombres, Beth se gana el respeto a punta de talento. El hecho de que no sucumba ante el amor y de que intoxicada por sus excesos —como una Janis Joplin con cerebro— logre ser una rutilante estrella del ajedrez sobreponiéndose a su peor enemiga, ella misma, habla muy bien de las jóvenes millennial.

En los noventa, la oscura década en la que crecí, era inconcebible que un programa de televisión fuera tan masivo si la protagonista no era una joven humilde rescatada por su Príncipe Azul. Gambito no necesita de la cursilería pueril de domesticar a su salvaje protagonista. Ella es puro rockandroll y le gusta. Y nos gusta. Los escritores de cada uno de los siete capítulos no sucumbieron a contarnos la historia de amor porque ésta ya ocurre. Es que todos estamos enamorados de ella: de Anya Taylor-Joy.

Gambito de dama netflix

La escogencia para encarnar a Beth es uno de los grandes aciertos del casting contemporáneo. Hija de una fotógrafa inglesa y de un exbanquero argentino, Taylor-Joy fue descubierta en 2015 por M. Night Shyalaman, quien la escogió para que participara en la enigmática y brillante Fragmentado.

Entre todas las chicas Netflix, nadie ha tenido un éxito tan estruendoso como esta inglesa de 26 años, quien además protagonizará la nueva película de Marvel, Los nuevos mutantes —un capítulo más de la ya inabarcable saga de X-Men—. Ella seduce no solo con sus formas sino a punta de inteligencia. Los hombres no le temen, solo la respetan, y hasta el cuadriculado y misógino boticario le permite robarse las revistas de ajedrez que consume desde que era niña.

La maestría de los nuevos escritores de televisión se refleja en la ambigüedad de los personajes. Por ejemplo, todos creíamos que Alma Wheatley, la madre adoptiva de Beth, sería una bruja malvada, la maldita que le impediría llegar a las cumbres del ajedrez, pero no. Ella es el disparador, la persona que le consigue un cupo en un torneo interestatal, la que la acompaña a Las Vegas —siempre con su martini en la mano— y la que llora de felicidad al ver que Elizabeth Harmon es la única persona en Norteamérica que podrá derrotar a Vasily Borgov, el soviético que domina a su antojo el ajedrez mundial.

Es raro que un suceso de masas como este pueda tener el unánime respaldo de la crítica. Es impresionante ver a veinteañeras hipster calcando su modo de vestir y la manera de encarar, como una posesa, el destino que alguna vez los hombres quisimos imponer. Entre las muchachas, Gambito es una declaración de principios de lo que es la nueva mujer, la que está deshaciendo ese castillo de naipes que fue el patriarcado. Intenté pensar en qué fallas puede tener, pero Gambito de dama nos ha hecho tanto bien que si tiene algún defecto se va borrando con la distancia.

Solo puedo recordar los ojos de ella y me vuelvo a morir un poco.

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