La primera filarmónica indígena de Colombia

Por: / Fotografía: Javier Mejía / Mayo 2022

La música es una poderosa herramienta para crear comunidad y para comunicar. Y esto sucede tanto en las ciudades como en lo profundo del campo colombiano, en el resguardo Marcelino Tascón de Valparaíso, Antioquia.

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Preludio. 

Sancocho al parque: Bollente en basso continuo. 

El olor llegó como una leve brisa nada más comenzamos a entrar al pueblo. Valparaíso huele a sancocho, pensé. Ese aroma inconfundible de leña y caldo bullendo se iba intensificando mientras avanzaba rumbo al parque, se mezclaba en las esquinas como un remolino que llegaba de la carrera Córdoba, cruzaba luego a la calle Ayacucho, trepaba por Junín hasta llegar al parque principal del pueblo y de ahí subía en una nube que lo envolvía todo, con tal potencia que hacía salivar la pituitaria.   

La plaza principal de Valparaíso era un hervidero. En cada esquina humeaba la leña, y las ollas tiznadas exhalaban ese vaho tan característico del sancocho, tan nuestro. Y cada olla tenía su grupo: el encargado de soplar el fuego con una tapa, la que echaba los bastimentos a la olla, el enguayabado esperando el caldo reparador. Valparaíso era una fiesta. 

El municipio está ubicado en el suroeste antioqueño; limita con Fredonia y La Pintada al norte, al este con el departamento de Caldas, al sur con el municipio de Caramanta y al oeste con Támesis. Para llegar a Valparaíso, se toma la carretera que va de Medellín a La Pintada y en un punto señalizado se desvía para comenzar a subir por una carretera que se obstina en nunca ser recta mientras rodea los imponentes farallones de La Pintada, hasta llegar a los 1.375 metros sobre el nivel del mar. El trayecto completo es de casi tres horas. El municipio inicialmente se llamaba El Hatillo, pero uno de sus fundadores, José María Ochoa, lo rebautizó con el nombre actual en homenaje a la ciudad chilena. Fue declarado municipio en 1864. 

FILARMONICA EMBERA CUERPOTEXTO

De unos años para acá, al llegar el mes de octubre, Valparaíso celebra las Fiestas del Buey. Se rinde homenaje al animal que consideran “el símbolo tradicional del trabajo y la conquista”, tanto así que una escultura de un buey domina uno de los costados del parque principal. Cada año, la plaza principal de Valparaíso y sus calles aledañas se transforman en un enorme “sancocho al parque”, como parte de las festividades. 

Primer movimiento. 

Dachi Name (Madre Tierra): Allegro ma non troppo.

El resguardo indígena Marcelino Tascón comienza a unos dos kilómetros de Valparaíso, tomando la vía que va hacia Caramanta. Al ingresar al resguardo se encuentra la caseta comunal, un salón de reuniones y la escuela de música, donde todos los martes y viernes se ve a los niños de la Filarmónica Emberá Chamí y sus profesores afinando sus instrumentos o concentrados ensayando. 

En el resguardo viven 328 habitantes pertenecientes a 102 familias. El pueblo emberá pertenece al tronco cultural y lingüístico Chocó, que estaba conformado por las familias Wounaan y Embera, originarios de las tierras que hoy conforman el departamento del Chocó en el Pacífico colombiano. Según los relatos, el origen de los dos pueblos coincide en que fueron creados al mismo tiempo, pero en algún momento, los emberá tomaron hacia el río Baudó y la parte alta del río San Juan, separándose del pueblo wounaan. 

Los indígenas emberá actualmente habitan en su mayoría en la cordillera Central y los alrededores del océano Pacífico, y se conocen cuatro grupos: oibida (gente de selva), dobida (gente de río), pusabida (gente de mar) y los eyabida (gente de montaña). Estos últimos incluyen a los pueblos katío y chamí. 

Estos grupos dieron una pelea feroz contra la colonización española, y allí comenzó su historia de desplazamiento y desarraigo. Inicialmente, partieron rumbo al Alto Chamí (Risaralda) y con el paso de los años, comenzó el proceso de migración a diferentes zonas: Marsella (Risaralda), San José y Belalcázar (Caldas) y el suroeste antioqueño. Ya para comienzos del siglo XX, la pérdida de territorio y desplazamiento se fue acentuando cada vez más.

Los relatos de los líderes más viejos cuentan que todo se debió a un gurre o armadillo que un día atrapó una anciana emberá, pero resultó que éste era realmente un cacique. Cuenta la leyenda: “La anciana lo metió en una canasta y lo cuidó en la casa. Le daba de comer maíz, cagaba amarillo, pero era oro, y lo recogían por cantidades en el día. Así contaban antes, eso se escuchaba... Y así, por tener ese animal, dicen que los españoles mataron a todos para robar el cacique, perseguían a emberá y al fin lo desterraron a las montañas”.

La comunidad de Valparaíso es originaria de San Antonio del Chamí (Risaralda) e inicialmente deambularon por diferentes municipios del suroeste antioqueño, Caldas y el Valle del Cauca, convirtiéndose en una población nómada.  

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En su columna “Réquiem por el jaibaná Salvador”, el periodista Juan José Hoyos recuerda la historia: “Yo era periodista y me contaron que entre los cafetales y las montañas de Valparaíso había sucedido algo muy raro con una tribu de indios emberá. Ellos habían sido aniquilados casi por completo durante la violencia de los años cincuenta. El puñado que sobrevivió, lo logró porque se internaron en los bosques y vivieron durante años en lo alto de los árboles, después de borrar a su alrededor todo signo de vida. Para no morir, aprendieron a vivir convertidos en hombres invisibles que no dejaban huella alguna que delatara la presencia de vida humana. Cuando bajaron de los árboles y regresaron a las parcelas que antes eran suyas, mucho tiempo después, encontraron que el mundo era distinto. Todo había cambiado de dueños. En la región no había quedado vivo ni un solo indio, excepto ellos. Entonces se dedicaron a vagabundear por las orillas del río Conde, y a vivir de la caza, de la pesca y del abigeato”.  

Pero todo esto cambió de una manera extraordinaria. Vicente Vargas, uno de los hacendados más ricos de la región, decidió entregarles —o más bien devolverles— un área de 13 cuadras a esta comunidad en la década del ochenta del siglo pasado. Se mantuvo en la decisión a pesar de los ruegos, quejas y malestar de la familia y vecinos. Ese pedazo de tierra inicial les cambiaría la vida para siempre y daría inició al Resguardo Marcelino Tascón, nombre que hace honor al sabio jaibaná que fue el gran líder de esta comunidad. 

Hoy el resguardo cuenta con 154 hectáreas, de las cuales 40 son reserva natural, pues allí conservan su “farmacia” y nacimientos de agua. El actual gobernador del resguardo, Omar de Jesús Tascón Tascón, lo describe con orgullo: “Este resguardo es cultura, es lengua chamí, es la gastronomía del pueblo chamí. Este resguardo es el territorio, es Dachi Name, nuestra Madre Tierra, hoy nuestro pensamiento es cuidarla, tenerla, porque donde hay territorio hay vida, hay toda una cultura, hay medicina propia, hay médicos tradicionales, hay parteras, hay sobanderos, hay gente que trabaja con la medicina natural… eso es el resguardo, el resguardo es la vida de nuestros hijos, el futuro de nuestros hijos”. 

Segundo movimiento.

La filarmónica: Prova musicali in sostenuto vivacissimo

La idea de crear una orquesta filarmónica nació en 2019, cuando la Corporación  Cultural Pasión y Corazón, en cabeza de su director Alejandro Vásquez, se empecinó en continuar con el trabajo que venía haciendo la Fundación Música para la Paz, y materializarlo en una orquesta. El nombre de la Corporación Pasión y Corazón resume su manera de trabajar. Nació de dos bellas frases, la primera es de Beethoven: “Tocar una nota equivocada es insignificante. Tocar sin pasión es imperdonable”, y la segunda es de Mozart: “¡Amor! ¡He ahí el alma del genio!”. 

Hoy en día, la filarmónica emberá chamí cuenta con cerca de 30 niños entre los 8 y los 17 años. Ensayan todas las semanas y presentan conciertos regularmente por todo el departamento de Antioquia. Además, ya se ha conformado un semillero con los más pequeños del resguardo, que comienzan a conocer los instrumentos de cuerda y viento, la forma de sostenerlos, su sonido, sus características y sus diferencias; ellos, muy pronto, serán la segunda generación de músicos de la filarmónica. 

Alejandro Vásquez combina su pasión por enseñarles a estos niños con su trabajo como director de la Filarmónica Metropolitana del Valle de Aburrá. Su generosidad le viene de su formación: “Yo soy hijo de la Red de Escuelas de Música de Medellín, yo soy músico gracias a la Red, si a mi barrio no hubiera llegado un violín hace más de 20 años, yo nunca hubiese tenido la posibilidad de conocer y tocar un violín. Esta es la manera de agradecerle a la vida lo que me pasó a mí y yo poder ofrecerlo a otras personas. Por eso soñamos con democratizar la música sinfónica, y esto no significa llevar un concierto a un barrio popular o una iglesia cada año, sino que de verdad la gente del común conozca la música sinfónica y se apropie de ella”.    

Los días de ensayo, el equipo de profesores arranca muy temprano desde Medellín, y cuando van siendo las 10 a.m, comienzan a sonar los primeros instrumentos afinando. Las sesiones se extienden hasta las 5:00 p.m. En la caseta comunal se ubica el semillero, en un pequeño salón está la sede de la filarmónica, y allí se concentran las cuerdas: violines, cellos, bajo y guitarra. Y en el kiosko de la comunidad, por donde siempre se ven circular inquietos un par de pollos y un perro flaco, se juntan los vientos: trompeta, clarinete, trombón, saxofón y flauta; tras ellos, el combo de la percusión: tambores, congas y batería.  

Y esos niños que hace unos minutos eran un revoloteo de risas, gritos y guiños, se transforman en músicos serios, casi adustos, concentrados en los sonidos de su instrumento y las indicaciones del profesor. Aunque, al final de cada pieza o en una que otra interrupción, los delata la sonrisa que les ilumina el rostro, o el gesto pícaro al compañerito. 

Emmanuel es la voz y además toca la guitarra. Comenzó en la filarmónica cuando tenía 13 años y hoy tiene 17. Pronto va a terminar su bachillerato, y él sueña con ser músico profesional, con componer su propia música. “Yo llegué de Medellín siendo desplazado por un grupo de… —guarda silencio buscando la palabra, y continúa un par de segundos después— lastimosamente nos desplazaron de nuestro hogar y mi mamá por ser indígena llegó a la comunidad. Cuando llegué al resguardo fue cuando comencé a conocer la música, los instrumentos tradicionales, lo que es una quena, un tambor, las trompetas, y desde eso la música me acogió, ha estado ahí presente diciéndome, venga, usted es bueno pa’ esto, venga siga y ahí voy”. 

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El repertorio, casi en su totalidad, es música tradicional de la comunidad y el resto es música indígena andina tradicional. A los mayores les gustaría que solo usaran instrumentos autóctonos, pero comprenden que esto es un primer paso, “el pueblo indígena debe evolucionar, lo que están haciendo en la filarmónica es la pervivencia de nuestra música desde otro aire, desde otro sonido, desde otros instrumentos. Así los niños nuestros sienten que están mostrando su cultura, su lengua, su danza”, me dice el gobernador del resguardo, Omar de Jesús Tascón. 

Cae la tarde y el ensayo finaliza. Los farallones de La Pintada se cubren con una luz mandarina; más allá, entre la bruma se alcanza a divisar el río Cauca. Las chicas y chicos de la filarmónica empacan sus instrumentos y comienzan a alejarse de la caseta en pequeños grupos. Van hacia sus casas en las distintas veredas, entre risas y empujones. 

Alcanzo a Emmanuel, que se aleja rápido, y le pregunto:

—Emmanuel, ¿qué significa ser emberá?

Duda un momento, y luego se le ilumina el rostro en una gran sonrisa y me dice:

—¡Ser emberá es una chimba!

Tercer movimiento.

Vânîâ pâbârâ (Río verde). Concerto con somma passione

Hoy es día de concierto. La Filarmónica Emberá Chamí ha sido invitada a presentar un ensamble con FilarMed (Filarmónica de Medellín) y hacer el cierre del Hay Festival en Jericó (Antioquia). Tantos días de ensayo encuentran hoy sentido frente a la población de Jericó y los visitantes al evento cultural.

Un bus de Caramanta llega ruidoso al resguardo y todos buscan su puesto. Una pareja de padres los acompañan siempre que salen del resguardo, y se percibe que imponen autoridad solo con la mirada. El bus inicia el descenso que separa el resguardo de Valparaíso, y allá a lo lejos se ven los farallones, hoy en la mañana cubiertos de niebla. 

Aún es temprano y el municipio apenas despierta. Ya no huele a sancocho, qué lástima, pienso. Nos comenzamos a alejar del pueblo y el descenso nos llevará a La Pintada, luego tomaremos la troncal principal que bordea al río Cauca y de ahí, desviarnos más adelante para subir a Jericó. La calma inicial del bus se va perdiendo poco a poco y, como gallinas cluecas, los niños van anidando allí un momento, luego en este otro y así todo el camino. El conductor tiene un gusto musical variado y va saltando del vallenato a la ranchera sin remilgos, mientras en la parte de atrás, la bandola que forma el grupo de la percusión tiene sonido propio y escuchan reguetón a tope. La parte central del bus la ocupan los mareados. 

Luego de casi cinco horas de carretera, rodamos por las primeras calles de Jericó. El ingreso es muy lento, pues el pueblo está atestado de turistas que atrae el Hay Festival. Se siente el nerviosismo y la excitación de los muchachos. 

La tarima está ubicada en la mitad del parque principal. La iglesia está iluminada, hay cámaras de televisión cubriendo cada esquina, pues el concierto será transmitido en directo por Teleantioquia. Las 8:00 p.m. es la hora señalada. En ese momento, el parque ya está a tope, ya no hay sillas vacías y los retrasados buscan acomodarse donde mejor puedan. La lluvia que ha amenazado con estropear la noche ha desaparecido y ha dado paso a una bella noche negra y estrellada, coronada por un cachito de luna. 

En el camerino, los músicos de la Filarmónica Emberá Chamí se preparan. Portan los tradicionales y bellos collares de cuentas coloridas que los identifican como tribu, y se maquillan unos a otros con unos trazos que semejan montañas y ríos en sus rostros. En un costado, un pequeño cabecea adormilado sobre su trompeta; a su lado, una pequeña que toca el violín se queja del dolor en sus pies. 

De repente, el barullo del camerino es acallado por la voz del presentador que anuncia con voz circunspecta que en breve se dará comienzo al concierto. En los rostros de los niños se percibe la ansiedad. El momento se rompe cuando retumban las ocho campanadas de la iglesia.  

Emmanuel es el encargado de saludar al público y presentar la filarmónica. El concierto inicia y la recepción del público es magnífica, con cada canción ejecutada el público se anima cada vez más, los aplausos suben de volumen, se unen al coro y los niños sonríen con el calor que irradia el público.  

Emmanuel anuncia la última canción y las quejas del público se hacen notar con energía. 

—La siguiente canción se llama Vânîâ pâbârâ que en español quiere decir Río verde. Se la compusimos al agua, a la importancia que tiene el agua para nosotros y los espíritus que esta tiene… 

El concierto termina y el público los ovaciona de pie, mientras un coro que exige “otra, otra, otra” llena el parque de Jericó. Yo también quiero oír otro tema de la primera filarmónica indígena de Colombia.

 

*Periodista y director de cine y televisión colombiano.

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