El valor de un nombre

Por: / Ilustración: Julia Tovar / Julio 2022

Entre tantas versiones machacadas de mi nombre, por momentos era complicado verle el lado fabuloso. Hoy en día todo tiene sentido.

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En algún momento durante los años ochenta pretendí llamarme distinto. A ratos me daba por imaginarme que me llamaba Andrea, en otro momento soñaba con que me dijeran Nicole. Ninguno de esos momentos cruzó las fronteras de mi imaginario, todo se quedó en un diálogo interno, pero sucedió. 

¿No le pasa a todo el mundo que alguna vez se ha querido llamar distinto? ¿Si toda la gente que está leyendo esto se mira al espejo, realmente se identifica con su nombre? ¿Esa cara en el espejo más bien no tiene personalidad de Frida, de Azucena, de Nadia, de Serena? 

Me acuerdo perfectamente de la decepción que sentía cada vez que estábamos en alguna tienda de souvenirs del aeropuerto. Vendían llaveros, calcomanías o plaquitas de carro diminutas personalizadas con nombres. Estaba Natalia, estaba María, nunca faltaba Laura, aparecía Lina, siempre figuraba Carolina y así. Pero por mucho que me volviera a ilusionar, nunca hubo llavero, calcomanía o plaquita diminuta de Astrid. 

Cuando iba a la casa de amigas después del colegio y había algún juego de rol, alguna ocasión para re-bautizar la muñeca de alguien, nunca alguien dijo: “¡Ya sé, pongámosle Astrid!”.

Y en mi adolescencia recuerdo perfectamente darme por vencida y optar por pedir taxis y pizzas por teléfono pretendiendo ser Adriana, Camila o Sandra. 

Para no relatar cuatro décadas de momentos así, adelantemos a un clásico en el año 2011.

Es miércoles, 12 de octubre, 3:20 de la tarde. Hay un cielo parcialmente nublado, ese sol sabanero alardeando resolana, y se sienten 18 grados centígrados en Bogotá.

Estamos viendo bajar la ventana de la conductora de un Chevrolet Optra negro con calcomanías de bandas de rock alemanas en el baúl. La conductora está llegando a una cita. Ahora la ventana está abajo porque hay un amable portero que se asoma con un esfero y una planilla llena de garabatos y renglones. 

Amable portero: “Buenas, bienvenida, ¿su nombre, por favor?”.

Conductora del Optra negro: “Buenos días, ¿cómo le va? Me llamo Astrid Harders”.

Amable portero: “Gracias. Espere un momento”.

El amable portero retorna a una caseta de seguridad y levanta la bocina de un citófono. 

Amable portero: “Erre, tengo acá a la señorita Actriz Cárdenas. Fuera”.

El amable portero espera unos minutos. Luego oprime un botón y hace que la barra de seguridad se levante. Acto seguido se asoma por la ventana de la caseta.

Amable portero: “Siga nomás, sube y dobla a la izquierda para el parqueadero”.

Conductora del Optra negro: “Muy amable, muchas gracias”.

Ese día Actriz Cárdenas salió de esa cita con una nueva propuesta de trabajo. Estaba feliz y le sonrió al amable portero al pasar por su caseta de seguridad. A Actriz Cárdenas se le quedó ese nombre con el que la bautizó el amable portero en un rinconcito del corazón. El amable portero había subido de inmediato al TOP 1 de versiones alternas/machacadas del nombre Astrid Harders.

Hay que aclarar que al escribir esto me da angustia sonar a una persona privilegiada que tiene un nombre extranjero y se afligió porque se lo pronunciaron mal. Pero no es por ahí que va la cosa. Independiente de la nacionalidad del nombre que uno tiene, el hecho de ser un nombre que no encaja en su entorno es lo que importa. Por ejemplo: nunca en mi vida (hasta hace poco) me ha gustado el momento de decir cómo me llamo. Siempre me daba cierta ansiedad tener que decir mi nombre frente a un interlocutor o un grupo de gente que, según yo, tenía 99% de posibilidad de pronunciarlo mal. Y eso afecta, eso lo pone a uno a pensar que está en el lugar equivocado.

En Colombia la cosa se puso aún más de para arriba gracias a una conocida actriz venezolana de telenovelas llamada Astrid Carolina Herrera. Por primera vez en mi vida, y gracias a esta columna, me puse a investigar más sobre mi famosa homónima. ACH (así la abreviaremos) fue Miss Mundo en 1984, actuó en La pasión de Teresa y La loba herida, entre muchas otras novelas. Hoy en día la siguen 1.9 millones de personas en Instagram y tiene una tienda que vende carteras, sombreros y otros accesorios. Todo bien con ella, pero la verdad es que es su culpa que en Colombia en los años ochenta todo el mundo dijera mal mi nombre. En vez de decir Astrid, con acento en la A, todos decían Astríd, con acento en I. ¿Por qué entonces no le dicen a una Ingrid, Ingríd? Por ACH.

La conversacion El valor de un nombre CUERPOTEXTO

“Siempre me daba cierta ansiedad tener que decir mi nombre frente a un interlocutor o un grupo de gente que, según yo, tenía 99% de posibilidad de pronunciarlo mal. Y eso afecta, eso lo pone a uno a pensar que está en el lugar equivocado”.

Y no vamos a quedarnos en echarle la culpa a ACH, o a Bogotá, a Colombia o al idioma español. En 2014 me fui a vivir a Nueva York tras aceptar una oferta laboral. Mi jefe, una persona con una mente brillante y veloz y un bagaje cultural nutrido, me decía “Eshríd“. Mi esposo aun me dice así cuando me quiere enervar. 

¿Por qué es que me pusieron este nombre que ha sido tan poco práctico en medio mundo? Mi papá y toda nuestra familia por ese lado es alemana y Astrid, siendo un nombre escandinavo, es muy común en Alemania. (Acabo de googlear, por primera vez en mi vida, y dependiendo de si se siguen los resultados en Islandia, en Suecia o en Dinamarca “Astrid” significa todo desde “La que los dioses aman y cuidan”, “Belleza divina” o “Diosa hermosa”. Claramente debí haber hecho esto hace años...). 

Como nací en Colombia, la familia de mi mamá es de ascendencia santandereana, mis papás hicieron un exhaustivo trabajo para encontrar un nombre en español que NO terminara en A y les sonara armónico junto a mi apellido Harders. Así llegaron a Astrid. 

Pausa activa: ¿Alguna vez has googleado el significado de tu nombre? Usualmente la gente no se sabe el significado de su nombre, a menos de que sea un nombre que contiene o, en efecto, es el significado (Victoria, Soledad, Esperanza, Joy, Faith, etc.), o a menos de que sea un nombre que no ha oído y que, acto seguido, le da curiosidad a la gente. Ejemplos incluyen: Arrate, Grunhilde, Paityn, Khaleesi, etc. Fin de la pausa activa. 

Mi vida siguió y en 2018 nació mi hija. La verdad es que yo quería que fuera una niña y yo sabía cómo le iba a poner. Afortunadamente mi esposo estuvo de acuerdo. La estrategia para elegir su nombre estaba basada en mi experiencia: el nombre de mi hija se tenía que poder pronunciar fácilmente en varios idiomas. La misión era obviar versiones machacadas de su nombre. Hoy en día Olivia tiene cuatro años y mi estrategia funcionó. Hasta la fecha no hemos oído versiones machacadas de su nombre. 

No es un nombre exótico, de hecho me acuerdo de leer con horror que en el año de su nacimiento hubo una explosión de Olivias en Estados Unidos. Horror porque confieso que yo la siento única, excepcional e increíble (¿algo que le pasa a casi todas las mamás?) y me daba desasosiego pensar que fuera parte de un salón de clase con otras 17 Olivias… así eso se preste para una buena serie de Netflix. En fin, algún día Olivia de pronto se querrá llamar distinto, a pesar de todas mis buenas intenciones. 

Por mi lado, a estas alturas, mi nombre y yo nos hemos amañado, nos reímos de tantas versiones y engendros de versiones que nos ha tocado oír. Hoy somos amigas y sabemos que nuestro vínculo es inigualable, personal e intransferible. Mi nombre es el testamento de los ingredientes únicos que me componen. De hecho, ese sentimiento de no encajar ahora lo entiendo y sé que es algo positivo, es ser diferente. Y tal vez es acá donde es preciso agradecerle a mis papás… porque si me hubieran puesto Andrea o Nicole** jamás me habría puesto a pensar tanto en el valor de un nombre. 

**Todo bien con las Andreas y las Nicoles. Las traigo nada más como ejemplo.

 

*Astrid Harders es periodista y editora. Vive en Miami, habla tres idiomas y odia las uvas pasas.

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