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Cambiar de profesión: el reto de saltar al vacío

Ilustración
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 Dar un golpe de timón y dedicarse a una pasión puede verse como un acto de valentía. En realidad, si el cuerpo y la mente piden un cambio, no tenemos más remedio que hacerle caso. 

Por más de 25 años fui una periodista que cocinaba, hasta que di un vuelco y decidí ser una cocinera que escribe. No fue exactamente un acto de valentía. Más que eso fue un deseo, un sueño que no quería postergar. Sabía que si no saltaba al vacío nunca aparecería la red. El cuerpo y la mente me pedían ese cambio. ¿La salida a una crisis? Puede ser.  

Un día leí una columna que contaba cómo el corresponsal de guerra Gabriel Dvoskin terminaba atrincherado en el Valle de Uco, en Argentina, para dedicarse a la producción de vinos. Sentí que de pronto el golpe de timón en mi propia vida no era tan extremo como pensaba. 

Ninguno de mis amigos se sorprendió. Ninguno pensó que se trataba de una decisión impulsiva, no me preguntaron si lo había pensado bien o si estaba segura. Nadie dijo que era una locura o que necesitaba un psicólogo. 

Al contrario, solo recibí palabras de apoyo. Todos me estimularon y me desearon lo mejor, convencidos de que no me podría ir mal. Era como si con mi decisión enderezara el camino que siempre debí seguir. Durante años hubo suficientes señales de que cocinar era un talento que muchos me reconocían. 

Hay muchas razones por las que se cambia de oficio: aburrimiento, falta de oportunidades, burnout, decepción, desmotivación, crisis personal. A veces también tiene que ver con la edad y con la sensación de que ya se ha cumplido un ciclo.

En mi caso era una mezcla de varias. No me cuento entre los que se vieron obligados a estudiar algo solo para complacer a la familia. Por desgracia, esos casos abundan. 

Al inicio, ese giro inesperado en la trama de mi vida me hizo pensar que ese camino no era posible para mí porque no tenía un título que respaldara mis conocimientos. Con el tiempo, sin embargo, noté que en la cocina profesional abundaban casos como el mío: personas que cambiaban de oficio, de profesión o que llegaban a la cocina siendo autodidactas.  

Hay muchas razones por las que se cambia de oficio: aburrimiento, falta de oportunidades, burnout, decepción, desmotivación, crisis personal. A veces también tiene que ver con la edad y con la sensación de que ya se ha cumplido un ciclo.

Julia Child llegó a la gastronomía a los 36 años después de trabajar como espía durante la Segunda Guerra mundial. Massimo Bottura estudió Derecho antes de convertirse en uno de los chefs más influyentes del mundo. Nigella Lawson fue periodista cultural antes de dedicarse a escribir sobre comida. Y Ferrán Adrià, el genio de la cocina molecular, estudió administración y es un autodidacta.

Y hay muchos casos más. En la cocina profesional colombiana, no puedo dejar de pensar en dos destacados chefs que también provienen de otros derroteros: Leonor Espinosa de las artes plásticas y Alejandro Gutiérrez de la biología.

Alejandro lleva 13 años al frente de la cocina de Salvo Patria. Cuando le pregunto por qué cambió la biología por la culinaria, me cuenta que su fascinación por la naturaleza y las ganas de ser biólogo fueron aniquiladas por la universidad: había más teoría que práctica y más academia que contacto con los animales. 

Abandonó la carrera en séptimo semestre. Sin saber aún a qué se dedicaría, su afición por la cocina fue ganando terreno hasta que se convirtió en una certeza. Aunque no llegó a estudiar formalmente, trabajó en verdaderas escuelas: Central, en Lima, y Donostia y Tábula, en Bogotá. 

Esa experiencia —y no un título— fue su carta de presentación. Hoy dice algo que se me quedó grabado: para él pesa más el amor por el oficio que el cartón universitario. “Cuando contrato cocineros, no me interesa saber dónde estudiaron. Quiero ver con qué ganas llegan a trabajar”.

Conocer de cerca esos ejemplos me dio agallas. Porque cambiar de profesión no solo implica aprender algo nuevo. También supone asumir una nueva identidad y convertir el talento en una fuente de ingresos estable. Y con frecuencia me parecía que la segunda dependía de la primera. 

Al compartir esa inquietud con la psicóloga Pilar García, directora de bienestar universitario de Unisanitas, me dijo que en nuestra generación era normal buscar esa validación. “Fuimos educados para creer que el camino correcto era estudiar una carrera y permanecer en ella. Mientras que las generaciones más jóvenes piensan que un oficio puede ser tan legítimo como cualquier título”.

Cuando le conté de mi cambio a Daniel Guerrero, el editor y fundador de la editorial Hammbre de Cultura, me dijo: “Hiciste el camino inverso al mío” (él pasó de cocinero a editor, y yo de editora a cocinera). En 2019, era un chef coleccionista y aficionado a los libros de cocina (con más de dos mil a sus espaldas) y quería pasar al siguiente nivel: hacerlos él mismo. 

En nuestra conversación le pregunté por las razones que lo llevaron a cambiar la publicidad por la cocina y luego esta por la edición de libros. La primera vez se decepcionó. La segunda, estaba cansado. En ambas recibió el apoyo de su familia y eso fue clave. “No tanta gente tiene la capacidad de dar un golpe de timón o un puñetazo en la mesa, gritar a los cuatro vientos que está agobiado de su oficio, que quiere cambiar, y hacerlo”. Y reflexiona: “Hace falta la pasión por lo que haces, amar lo que haces”. 

Tengo una forma muy clara de entender cuándo no siento ilusión por lo que hago. Y funciona así: si llega la tarde del domingo y me invaden una tristeza y ansiedad profundas de solo de pensar en lo que me espera en la semana, esa es la señal de que debo huir. 

La psicóloga Pilar García me dijo algo que me hizo pensar: muchas personas sienten la necesidad de cambiar de profesión cuando se encuentran en el lugar equivocado, rodeadas de las personas equivocadas o sin reconocimiento por su trabajo. Por eso sugiere preguntarse si lo que nos mueve es la mera rutina o si detrás se esconde la desmotivación. 

Cambiar de profesión no solo implica aprender algo nuevo. También supone asumir una nueva identidad y convertir el talento en una fuente de ingresos estable. Y con frecuencia me parecía que la segunda dependía de la primera.

Lo recomendable, dice, para una persona que esté pensando o sospechando que debe cambiar de profesión, de carrera, de oficio, es “hacer una transición progresiva y, de ser posible, con acompañamiento de un profesional”.

También cree que es sano saber qué cosas se disfrutan y para qué se tiene talento. Porque en el momento en el que falla el trabajo o te cansas, tienes otras opciones. Mientras que no cultivar otras habilidades puede dejarte sin piso y sin rumbo.

En el último año me dediqué a experimentar en diferentes áreas de la cocina: dicté cursos, hice comida por encargo, organicé cenas privadas. Puedo decir con certeza que descubrí una pasión y un propósito que me sorprendieron: enseñar a cocinar. 

Con los meses tengo más claro a lo que me quiero dedicar. Y aunque en un inicio pensé que dejaba atrás a mi yo periodista, ahora siento que hacerlo sería un desperdicio. Por eso, junté ambas pasiones y con mi amigo Noé Herrera creamos el podcast El paladar no miente. Allí entrevistamos a diferentes personalidades sobre comer y cocinar. Y también estoy preparando un libro sobre ingredientes colombianos.     

Al final, escribir y cocinar no son dos oficios tan diferentes. Ambos son un camino de autoconocimiento, una forma de expresión, un lenguaje. En ambos casos se trata de encontrar una voz, una sazón, un ritmo, un estilo, un hallazgo. Así como un plato habla de quien lo cocina, un texto revela a quien lo escribe. 

Dos oficios, dos vocaciones que viven en mí y, aunque en apariencia son líneas paralelas, en realidad se asemejan más a los caudales de dos ríos distintos que se encuentran cada tanto para volverse uno más vigoroso y avasallante que su vertiente original.

María Gabriela Méndez

Periodista. Editora de Bienestar Colsanitas.