Leer en voz alta no es solo formar lectores. Es crear un lenguaje común, un refugio, un vínculo. En esta columna gráfica, su autora reflexiona sobre la lectura como un acto de amor heredado, un ritual de crianza y una forma de acompañar sin imponer.

La literatura siempre se ha parecido a mi familia. Sobre todo desde que soy mamá.

Mi papá me leía cuentos por la noche. Ahí entendí que una historia también puede ser un lugar seguro.

Cuando tuve a Lorenzo, leerle antes de dormir no fue una decisión consciente: fue memoria.

Leer en voz alta crea otra comunicación. Una en la que caben los miedos, las preguntas y el silencio compartido.

A veces, como padres, cometemos un error: convertir la lectura en castigo o moneda de cambio.

Así, sin notarlo, les enseñamos que leer es lo aburrido, lo que hay que hacer para llegar a lo que sí gusta.

Yo aprendí a no imponer. A dejar elegir.
A respetar gustos y caminos distintos al mío.

Los libros nos abrieron conversaciones que quizá no habrían ocurrido de otra manera.

Hoy confío en la espera. En qué leer juntos no era una meta, sino una forma de acompañarnos. Y en que todo lo sembrado en voz alta encuentre su tiempo para florecer.




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