El cerebro, las artes y la felicidad. Una conversación con Leonardo Palacios

Por: / Fotografía: Fernando Olaya / Agosto 2022

Profesor de varias generaciones de médicos especialistas colombianos, autor de más de 120 artículos científicos y de media docena de libros, este neurólogo incansable es un convencido de que las artes, las emociones compasivas y las relaciones sociales protegen el cerebro del deterioro.

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En el consultorio del neurólogo Leonardo Palacios todo tiene una historia que él se apresura a detallar. En vitrinas y estantes hay antigüedades como pesacartas, viejos frascos de boticario, réplicas de esculturas y fotografías. Un pergamino con el juramento de Hipócrates y dos grabados de disección anatómica con imágenes del cerebro reciben la luz de la tarde colgados en una pared cerca de la ventana. Uno es un original a color del norteamericano W. H. Lizards de mediados del siglo XIX, y el otro, una reproducción de dos láminas del Humani corporis fabrica, el titánico tratado de anatomía ilustrada que escribió e ilustró el gran Andrés Vesalio en el siglo XVI. En la pared a espaldas del escritorio cuelgan dos decenas de títulos y reconocimientos académicos.

Con sesenta y tres años, Palacios está casado con Ximena Violi y tienen tres hijos: María José, Leonardo y Felipe. Es neurólogo adscrito a Colsanitas, profesor de Neurología y de la cátedra de Felicidad de la Universidad del Rosario. Ha recibido el premio a la docencia de excelencia Juan Agustín Uricoechea y Navarro dos veces, en 2014 y 2017, por su labor docente. Además de médico cirujano del Rosario, cursó especializaciones en neurología y en docencia universitaria en la misma universidad, y otra en neurología infantil en la Universidad de París V René Descartes. Ha sido profesor en la Javeriana, el Bosque, la Sabana y la Konrad Lorenz, entre otras universidades, pero sobre todo en su alma máter, donde comenzó a enseñar en 1990. Incluso fue decano de Medicina durante cerca de doce años.

Pero Palacios no solo es un maestro y un clínico con décadas de experiencia, cientos de pacientes y miles de graduados tras de sí. Sus intereses también incluyen la investigación científica y la divulgación, así como una genuina fascinación por las artes. Es cofundador del grupo de investigación NeURos y del centro de investigación en Neurociencia NeURovitae. Lidera la línea que creó dentro del grupo en Neurociencia y Humanidades, y ha escrito más de 120 artículos académicos en temas que van desde la epilepsia hasta perfiles históricos y clínicos de grandes pensadores y artistas. También ha sido autor y coautor de ocho libros. Se precia en particular de uno que publicó en 2020: Abriendo la caja negra. Una historia de la neurociencia.

Mientras camina por la Facultad de Medicina de la universidad donde trabaja, Palacios explica el valor y la historia de cada cosa que lo rodea con el cuidado de un maestro de vocación. Se detiene en los enormes magnolios que dan sombra al jardín. Uno de ellos lo sembró él mismo hace diez años como acto de gratitud hacia la institución. Estudiantes y profesores  lo saludan con alegría y él responde de igual manera; se entiende que se haya ganado el apodo de Doctor Sonrisa.

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Hablando con usted, uno siente que es un hombre de muchas vocaciones. ¿Cómo encontró las dos primeras, la medicina y la neurología?

El interés surgió en mis estudios en el Liceo Francés de Bogotá. Allá siempre han sido fuertes en varias áreas y una de ellas es la biología, que yo tomé como opción de grado en los últimos años. Pero sobre todo tuve un inspirador, mi hermano Eduardo Palacios . Él fue jefe del servicio de neurología en el Hospital Militar y fundó el del San José, donde yo ingresé a estudiar cuando comencé mis estudios de medicina. Fue mi mentor, mi profesor y además colega. Trabajé a su lado veintiún años. Murió en julio de 2020, durante la pandemia. Un evento tremendamente doloroso, como perder a un segundo padre.

Además de enseñar en universidades y ejercer como médico tratante, usted es padre, esposo, investiga, escribe, divulga, da conferencias. ¿Cómo saca tiempo para tantas actividades?

Tengo mucha energía, y no está entre mis planes retirarme. Ahora solo trabajo once horas al día, antes trabajaba entre catorce y dieciséis horas, sin contar el tiempo que invertía estudiando o escribiendo, algo que también me apasiona. Por la mañana estoy en la universidad y por la tarde en mi consultorio. Al comienzo de la pandemia sufrí un Covid grave, del que salí adelante sin secuelas, y desde entonces decidí moderar la dedicación al trabajo para compartir más con mi familia, aprovechar cada oportunidad que se presenta y tener más tiempo para mí. Trato de cultivar ese espacio personal interior, del zen, la atención plena y la meditación. 

¿Qué investigaciones actuales parecen las más promisorias de cara a los desafíos que traen las enfermedades neurodegenerativas y el envejecimiento?

Por ejemplo, el año pasado en los Estados Unidos, para la demencia tipo Alzheimer se aprobó el Aducanumab, un nuevo medicamento. Se ha visto que elimina la placa de proteína amiloide que se deposita en el cerebro, aunque aún no ha demostrado los efectos que se esperaban, pero ya es una esperanza. Y están en desarrollo por lo menos dieciséis más, eso sin hablar de fármacos para el Parkinson y otras enfermedades neurodegenerativas. También se están estudiando técnicas controversiales pero que pueden ser la medicina del futuro, como la metodología CRISPR, que permite cortar y modificar secuencias de ADN, o el uso de la genética para identificar tratamientos personalizados para cada paciente: la farmacogenómica. Ya existen tests de este tipo en algunos países para determinar los medicamentos y las dosis en el manejo de la epilepsia.

Pero hay más. Por ejemplo, los implantes de electrodos: la estimulación cerebral profunda. En Colsanitas ya tenemos neurocirujanos funcionales que los ponen para el manejo del Parkinson. Y se está también avanzando en la recuperación del movimiento por lesiones o enfermedades. Por un lado, se están haciendo implantes de células madre que funcionan muy bien —y que se pueden obtener de nuestro propio cuerpo, como del bulbo olfatorio por ejemplo, para cultivarlas y usarlas—. Y por otro, se están probando dispositivos implantados en la médula espinal de pacientes parapléjicos, para que vuelvan a pararse o a caminar utilizándolos con un control.

Cuando usted diagnostica una enfermedad neurodegenerativa o lesión de ese tipo, ¿qué recomendación especial le da al paciente y su familia?

Les digo que lo más importante es no ignorarlos o dejarlos viendo televisión todo el día. Hay que integrarlos, permitirles ser útiles a la vida en común. Puede ser con cosas tan sencillas como poner la mesa o invitarlos a hablar en las reuniones. Aunque suene obvio y cursi, para mí la clave es amarlos, darles cariño y compartir, detalles que mejoran la calidad de vida, pero que además tienen un impacto positivo en el cerebro. La interacción social, el aprendizaje y el afecto contribuyen a prevenir el deterioro de la mente y a mantener un mejor estado anímico, que también es importante para que la enfermedad o su manejo no se hagan más difíciles.

Usted es un apasionado de las artes. En conferencias, artículos y entrevistas ha insistido en los múltiples beneficios para el cerebro que tiene su práctica. ¿Cuáles son las que más ayudan a preservarlo? 

Una, la que más, es la música. Hay libros enteros y toneladas de artículos que demuestran que incluso solamente disfrutarla ya es benéfico, pero que interpretarla como aficionado o profesional, por supuesto, es maravilloso para nuestro cerebro. Genera nuevas conexiones, desarrolla su capacidad de adaptación a nuevos contextos, potencia la memoria, entre muchos otros beneficios… Y es más, forma recuerdos que no se olvidan casi nunca: se ha demostrado que a pacientes apáticos en etapas avanzadas de enfermedad neurodegenerativa la música logra despertarlos, conmoverlos, traerlos al presente. 

La otra es el baile, especialmente en pareja. Está muy estudiado. Como el ping-pong, que también es muy bueno para estos fines, demanda una enorme actividad neuronal para ejecutar todo ese movimiento relacionado a la interpretación del ritmo, la coordinación y claro, la creatividad para proponer o seguir pasos. Pero está demostrado que todas las artes, absolutamente todas, son benéficas para el cerebro.

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Y ese interés, ¿de dónde vino?

De mi casa. Mis padres tenían muchísimos discos y una biblioteca enorme. Muchos de esos libros eran de arte. Además, mi madre cantaba. También había un piano. Yo tomé clases en él con una pianista que se llamaba Helena Corrales de Marroquín y que casi murió en mis brazos años más tarde en el Hospital San José. Llegué a tocar bastante bien y de todo, música clásica y colombiana. Y también me vino una enorme afición por la pintura. Sin tomar clases, me volví un pintor razonablemente bueno, figurativo, de paisajes, bodegones, figura humana. Y como no pude dedicarme al arte, lo integré a mi profesión años más tarde.

¿Siente que su sensibilidad hacia el arte  le da algo especial a la práctica médica? 

A mí las artes, la historia, la filosofía y la literatura me han aportado todo. Mi vida no habría sido la misma sin ellas. Yo amo esa frase de Friedrich Nietzsche que dice que la vida sin música sería un error. Y ese interés era algo muy propio del viejo médico humanista, que indagaba por otros temas, hacía de todo, y en su práctica clínica se interesaba también por la historia de la enfermedad y la de cada paciente dentro de su contexto, porque no es lo mismo padecer equis enfermedad en determinados entornos, por ejemplo. Y por otra parte, las humanidades son unas herramientas pedagógicas extraordinarias. Yo por lo menos las uso constantemente en clase, y en especial el cine me parece excelente para explicar la enfermedad mental, por ejemplo. 

Y como educador saltó de la neurología a la felicidad… 

El interés nació de haber querido estudiar el amor desde un punto de vista científico. Y ahí la primera pregunta es si los sentimientos se pueden estudiar científicamente. Pues yo soy de los que cree que sí, y me metí con toda a investigar, escribir artículos y dar conferencias sobre el amor. Pero después quise ir más lejos y pensé que detrás del amor hay cosas aún más grandes, como la felicidad.

¿Y qué aprende uno en una clase suya sobre la felicidad?

Sobre la felicidad hay todo un debate, como con la ética: si estos temas se pueden enseñar o no. Porque hay quienes piensan que eso no tiene sentido y que el que vino a ser feliz o ético lo será y el que no, pues no. Pero no comparto ese punto de vista. Soy de la opinión de que se pueden estudiar las emociones positivas y sobre todo los contextos y las prácticas que participan para que podamos ser felices. También soy de los que piensa que la felicidad es un propósito mismo de la existencia del ser humano desde el inicio de nuestra vida: nosotros no vinimos a sufrir. Vinimos a pasarla bien y a compartirlo con los otros, ojalá contribuyendo a mejorar la experiencia de los demás. 

En la clase vemos todo lo que yo mismo estudié para crear el programa: filosofía antigua oriental y occidental (desde Lao Tse hasta Aristóteles), distintas reflexiones psicológicas, y por supuesto, estudios de neurología y neurociencia. También hay un trabajo en las prácticas y saberes que la fomentan: desde cosas tan simples como saludar mirando a los ojos y atentamente hasta cosas tan profundas como el mindfulness y la meditación. Y todo de la mano de un componente práctico en los actos de bondad y gratitud desinteresados. Por ejemplo, hemos salido el 20 de marzo, día mundial de la felicidad, a dar abrazos y regalar chocolates con los estudiantes. 

Es decir que hace todo un énfasis en las ciencias y habilidades que tan despectivamente llamamos blandas…

Así es. No creo que hoy alguien pueda pasar de largo por ellas. Las habilidades de autocuidado, cultivo del espíritu y expresión son cada vez más necesarias no sólo para ejercer mejor muchísimas profesiones, sino para la vida misma. El que sabe de humanidades no opera mejor un paciente con apendicitis que el que no sabe de eso: ambos pueden hacerlo igual de bien. Pero yo creo que ese conocimiento puede hacer una gran diferencia en todo lo que rodea un procedimiento o una consulta, por ejemplo. En mi especialización en educación, una de las profesoras una vez nos dijo: “sin las humanidades y sin una formación integral, formaremos bárbaros científicamente competentes”. Y yo creo que tiene razón, porque las artes y las humanidades modulan y pueden crear una sensibilidad mayor y mejor para saber entregarse a los otros.

¿Y cómo aplica usted todo esto en su vida diaria?

Viviendo agradecido y dando de vuelta. Por ejemplo, desde hace años dono una parte de mi salario a un programa de la universidad que apoya en sus estudios a un montón de estudiantes de la institución que yo nunca voy a conocer. No es mucho lo que dono, pero entre varios hacemos algo significativo. Con mi esposa también ofrecemos conferencias, muchas de ellas gratuitas, sobre felicidad y sueños, para el que las necesite. 

A usted le encanta la máxima: “El médico es medicina”. ¿Cómo la entiende en su práctica diaria? 

Hay pacientes que me dicen: “Doctor, con venir acá, salgo distinto”. Eso para mí es una satisfacción enorme. Porque me esfuerzo en dar lo mejor de mí, tener mi espacio y aspecto impecables, escucharlos con atención, sonreír, darles ánimo para seguir soportando su enfermedad. Hay estudios científicos que han mostrado que todo eso produce un efecto inmediato y muy benéfico en los pacientes. Y como con mis estudiantes, para mí es muy importante que vean que disfruto lo que hago, que me importa y que soy feliz.

 

 

*Historiador y escritor. Colaborador permanente de Bienestar Colsanitas y de Bacánika. 

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