Luego de la muerte de su perro, el escritor y periodista Santiago Wills se dio cuenta de que su relación iba mucho más allá de lo que pensaba. Quizás el amor por todos los seres vivos no nace de ponerse en los zapatos de las personas, sino de observar e imaginar la vida de un perro.
Desde hace un par de años, mido mi vida en perros. Me encuentro en el periodo de Quijote, un perezoso borzoi blanco con trompa de oso hormiguero, orejas de conejo y silueta de guanaco. El día que muera —un día que ojalá no llegué nunca—, vendrá otro. Me quedan, calculo, unos cuatro o cinco perros más. Es un consuelo que agradezco a diario cada vez que Quijote se acuesta a mi lado.
Decidí vivir ese continuo perruno unos seis meses después de enterrar a Lobo, en cierto sentido, mi primer y mi último perro. Era uno de los animales más hermosos del mundo. Parecía un lobo. Tenía ojos color miel, un pelaje entre gris, tabaco y crema y una cola afelpada de punta negra, como si de pequeño la hubiese sumergido en un tintero.

Algo se quebró dentro de mí cuando Lobo murió. El duelo me paralizó. Durante casi seis meses no dormí más de un par de horas cada noche. Me sentía roto. Me costaba escribir, leer, estar solo. Y, al final, la única solución que encontré para salir adelante fue Quijote.
El razonamiento que me llevó a ese pequeño borzoi blanco fue el siguiente: sentía un terror casi patológico a no estar acompañado, ya que, en el silencio, escuchaba las garras acariciando la madera, el respirar medido y el estar constante de ese bellísimo ser que había estado a mi lado durante casi ocho años. Otro perro, por tanto, quizás podría ayudarme a llenar ese vacío. Lo que buscaba era compañía, pensé una noche, y me dolía y me sentía culpable de estar reemplazando a Lobo, pero, por alguna razón, necesitaba esa presencia en mi vida.
Tardé más de dos años en comprender que el tema era mucho más profundo. El duelo por la muerte de Lobo no fue una mera cuestión de ausencia de compañía o cambios en un hábito, sino la pérdida de una forma de relacionamiento —de una forma de amar— que se remonta a la infancia y que, en el mejor de los casos, puede contribuir a desarrollar la empatía por los seres no humanos.

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Los perros nos enseñan a imaginar otros mundos. Para la mayoría de las personas, los perros son uno de los únicos animales con quienes pueden compartir algo de tiempo. Son extremadamente comunes —se estima que uno de cada tres hogares en el mundo tiene un perro— y accesibles: quienes tienen uno pasan horas a su lado, observándolo y conviviendo con él de una u otra manera. Esto es importante porque, para cualquier mente mínimamente curiosa, esa observación conduce a una inevitable pregunta: ¿qué estará pensando Quijote? De ahí, a un pequeño salto, surge otra duda un poco más compleja: ¿cómo experimenta el mundo ese gigante blanco que ahora duerme desparramado en el suelo a apenas un par de pasos?
Ambas preguntas son esenciales para acercarse a los demás seres. La primera supone una teoría de la mente; esto es, la capacidad de atribuir creencias, emociones, intenciones y estados mentales a los demás. Conforme crecemos, salvo algunos casos, ocurre de manera natural con las personas: asumimos que piensan, sienten, razonan, imaginan, etc. Para quienes tienen un perro, parece una obviedad hacerle atribuciones similares. Pero no es tan común. Durante siglos, una corriente filosófica, cuyos orígenes suelen atribuirse a Descartes, consideró a los animales no humanos como autómatas carentes de pensamiento y emociones. Esa postura, por supuesto, facilita poder hacerles daño.
La segunda pregunta, por otro lado, supone lo que el biólogo Jakob von Uexküll llamó Umwelt —ambiente, en alemán—, una forma propia de cada especie de percibir y habitar el mundo. Implica, en otras palabras, imaginar que cada animal se enfrenta a la vida de una manera particular. Quijote, por ejemplo, tiene un sentido auditivo que supera con creces el mío, por lo que detecta sonidos que se me escapan. Lo mismo ocurre con su visión, su tacto, su olfato y su gusto. Tiene, además, intereses, propósitos y metas diferentes a los de las personas. Para hablar de un par de casos, nunca he compartido su fascinación por un pedazo de pollo o su paciencia para olfatear cada estría del tronco de un magnolio en el parque. Al igual que en el caso de la teoría de la mente de los animales, el Umwelt parece un hecho inobjetable una vez que se explicita. Pero miles de millones de personas a lo largo de la historia nunca se detuvieron a pensar en ello. Y otras miles de millones tratan a los perros como si fueran iguales a los humanos.
Los perros nos enseñan a imaginar otros mundos. Para la mayoría de las personas, los perros son uno de los únicos animales con quienes pueden compartir algo de tiempo.
Sospecho que quienes de niños crecimos con perros (o gatos; en este caso, no creo que haya mayor diferencia) hicimos un esfuerzo imaginativo por ponernos en las patas de otro ser antes que quienes no tienen una relación directa con algún animal. No es una garantía, pero quiero creer que, en muchos casos, esto conduce a una visión algo más humana de los otros seres.
Esa cercanía con los animales quizás explica la postura de algunos pueblos amerindios que ven una humanidad compartida en las demás especies. Así lo resume el antropólogo brasilero Eduardo Viveiros de Castro: “Para nosotros, la condición genérica es la animalidad: ‘todo el mundo’, solo que algunos (seres, especies) son más animales que otros: nosotros los humanos somos evidentemente los menos animales de todos… En las mitologías indígenas, muy por el contrario, todo el mundo es humano, solo que algunos de esos humanos son menos humanos que los otros”.
Los perros a menudo actúan como simulacros de esas especies silvestres. Nos permiten comprender qué significa ser otro y no solamente en un sentido humano. Y ofrecen, con suerte, la ventaja adicional de permitir el desarrollo de una forma de cariño y amor diferente al humano.
Toda persona que haya amado a un perro lo sabe: los queremos de una manera distinta. El cariño que hoy siento por Quijote es cualitativamente diferente al que siento por cualquier otro ser humano. No es ni más ni menos, ni mejor ni peor; es otra clase de relación que no está del todo mediada por el lenguaje que, tal vez por lo mismo, depende más del esfuerzo imaginativo. Es cierto que le hablo a menudo a Quijote —“Monstruo, ¿qué estás haciendo?” puede ser la frase más recurrente—, pero nunca recibo una respuesta en el mismo lenguaje. Es mucho más difícil que intentar comunicarse con una persona que no habla mi idioma, pues en ese caso hay unas bases comunes que facilitan la comprensión mutua. Cuando intento comprender al perro, busco ese espacio compartido de nuestros Umwelt. Y justo allí yace ese particular amor.

Hasta donde sé, no existe una palabra precisa para designar ese sentimiento. El gran biólogo estadounidense E. O. Wilson habló del concepto de biofilia para referirse a una tendencia humana a enfocarse en la vida, en general. De acuerdo con Wilson, todas las personas, de manera consciente o inconsciente, buscamos una conexión con el resto de los seres vivos. En esa búsqueda yacen los orígenes del amor perruno. No es exactamente lo mismo, pero a menudo lo uno alimenta a lo otro.
De niño (y de adulto), convivir con perros —Lucas, Noche, Pía, Whisky, Oso Polar, Bemol, Corcho, Pancho, Guache, Yofi, Baco, Bartok, Napa, Anya, Charco, Lobo, Quijote, la lista sigue— me ayudó a ver el planeta de manera diferente, a entender que existen otros mundos que se encuentran (y chocan) con el nuestro. Ese esfuerzo por entender a esos animales domésticos y cercanos me ha llevado a intentar comprender jaguares, hongos, magnolios, tortugas y toda suerte de criaturas.
Lo que perdí con la muerte de Lobo fue esa relación con los seres no humanos. Vivo en un apartamento en Bogotá, así que esa presencia constante y ese amor perruno era lo más cercano que tenía al genuino encuentro con el otro. En los ojos de Lobo estaban sus parientes silvestres de los Cárpatos, las rosetas de los felinos del Pantanal y las raíces centenarias de algunas ceibas. Eso mismo se encuentra en la abeja que baila entre las lores mínimas de la menta en la terraza, en el musgo que acolcha la tierra del cerezo y en la trompa de oso hormiguero del perro que hoy me observa consternado mientras escribo y escribo en lugar de llevarlo al parque.

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