Mucho más que un objeto, la silla de ruedas es una herramienta de autonomía. Su historia muestra cómo la tecnología ha ampliado las posibilidades de movimiento, independencia e inclusión.
Todo se ha dicho sobre la rueda como una de las invenciones más trascendentales de la historia humana. Aunque antes ya se habían creado sistemas de rotación que permitían mover cosas, la rueda como la conocemos hoy, es decir, esos objetos que logran girar sobre su propio eje, apareció primero en Mesopotamia como una herramienta para la alfarería y luego como una máquina simple que arrastrada por animales permitía el transporte. Ponerla bajo un mueble, claro, vino después.

En el Grand Palais del Museo del Louvre, hay una vasija griega antigua que data del 530 - 525 a.C. y muestra a una persona recostada sobre una mesa a la que estaban adheridas cuatro ruedas: una camilla.
En el Salterio de Luttrell, un documento británico que contiene salmos, cánticos, la misa y una antífona, y que se hizo entre 1320 y 1340 d.C., hay una ilustración de un niño con discapacidad transportado por un hombre en un aparato que en un extremo tenía dos mangos para sostener y dirigir, y en el otro una sola rueda: una carretilla.
Esos son algunos de los antecedentes de lo que luego se convirtió en la silla de ruedas, un objeto que ha permitido que personas con movilidad reducida puedan desplazarse.
Una de las primeras sillas de ruedas documentadas perteneció al rey de España Felipe II, quien en los últimos años de su vida padeció gota, un tipo de artritis inflamatoria que sucede por la cristalización del ácido úrico, y que entre otros síntomas genera dolores repentinos e intensos que impiden caminar. Su silla, diseñada en el año 1595, era realmente una robusta poltrona tapizada y con antebrazos que se reclinaba por completo para que el monarca pudiera dormir en ella. Aunque este armatoste resolvía su desplazamiento, aún necesitaba ser empujado para poder llegar de un lugar a otro.
Según un artículo publicado en el Science Museum de Inglaterra, fue hasta 1655 que apareció la primera silla de ruedas autónoma, impulsada por los brazos de quien se sentaba en ella. Su inventor fue Stephen Farfler, un artesano relojero de Nuremberg, Alemania, que había quedado parapléjico tras romperse la espalda cuando era niño. Era una especie de triciclo, una estructura con tres ruedas que a través de unas manivelas controlaban la delantera le permitía a Farfler y luego a otros, en la medida de las posibilidades, moverse a su antojo.

Como cualquier artefacto o tecnología, la silla de ruedas fue evolucionando según los materiales disponibles y las necesidades de sus usuarios. Poco más de un siglo después de la invención de Farfler, el belga John Joseph Merlin, también relojero y fabricante de instrumentos musicales, agregó un reposapiés y engranajes que aportaron comodidad. Además, modificó la disposición de las ruedas y puso las manivelas en los brazos de la silla. “El diseño fue tan popular que las sillas de ruedas se denominaron ‘sillas Merlin’ durante casi un siglo después de su muerte”, cuentan en el mismo artículo. Merlin también patentó el primer antecedente de las patinetas.
La silla de ruedas, este aparato sencillo que asemeja la anatomía humana, se expande y se moldea alrededor de la quietud impuesta hasta convertirla en movimiento.
Las sillas Merlin, lejos estaban de parecerse a las que inspiraron al símbolo internacional de la accesibilidad, tal vez el formato en el que más vemos referenciado este objeto. La historia de ese cuadro azul que sirve para identificar lugares y servicios que están adaptados para personas con discapacidad, es también una historia sobre cómo se ha transformado el concepto de inclusión.
En 1968, la institución Rehabilitation International hizo un concurso para la creación de este símbolo que ganó la danesa Susanne Koefoed; ella presentó una imagen vectorizada que representa un ser humano sobre la silla. Sin embargo, en 2013 un grupo de diseñadores activistas por medio del proyecto The Accessible Icon Project modificaron el símbolo para hacerlo más dinámico e incluyente: cambiaron los brazos estáticos por unos que parecen estar haciendo el gesto de propulsar la silla de manera autónoma, e inclinaron el cuerpo para reforzar la idea de movimiento.

La silla que se ve en ambos símbolos suele asociarse con un diseño moderno de la silla de ruedas, que es plegable. Fueron los amigos Herbert Everest y Harry Jennings, ambos ingenieros, quienes luego de un accidente minero que tuvo Herbert en 1918 vieron lo pesadas y difíciles de manejar que eran las sillas disponibles en el mercado.
Lo que hicieron fue construir un modelo con materiales ligeros y basado en una estructura en forma de “X” que permitía plegarse y así transportarla más fácil. Crearon, entonces, la empresa Everest and Jennings, que fue responsable de abastecer a gran parte de soldados que necesitaron este objeto tras la Segunda Guerra Mundial. Sus sillas, además, tenían aros adheridos a las dos ruedas grandes ubicadas a los laterales que permitían a los usuarios impulsarse con más comodidad, eliminando la necesidad de una manivela.
Ninguna de estas sillas solucionaba que las personas con movilidad reducida también en la parte superior de su cuerpo pudieran moverse autónomamente. Para ello, hizo falta la electricidad. El ingeniero George Klein, que también hizo máquinas de sutura, esquís para aeronaves y reactores nucleares, trabajó en la década de los 50 en una silla de ruedas eléctrica pensada para veteranos canadienses que se podía manejarse desde un pequeño controlador. Luego el diseño fue liberado sin patente para que cualquier persona en el mundo pudiera acceder a esta tecnología.
Los próximos avances en sillas de ruedas no tienen nada que ver con sillas, sino con el cerebro. Hoy existen proyectos como BrainGate, que buscan desarrollar un sensor de implante cerebral para enviar señales eléctricas que pasan por un decodificador que permite controlar un dispositivo como un computador, un brazo robótico o una silla de ruedas y, con la mente, hacer que funcionen. Aún está en estudios pero es una forma de la esperanza. La silla de ruedas, este aparato sencillo que asemeja la anatomía humana, se expande y se moldea alrededor de la quietud impuesta hasta convertirla en movimiento.




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