En las últimas décadas, estudios afirman que el ejercicio físico tendría más beneficios a nivel neurológico de lo que se pensaba. A continuación, algunos de ellos.
Toda la vida hemos escuchado que el ejercicio es bueno para nosotros. Que aumenta nuestra capacidad pulmonar, la fuerza de nuestras extremidades y la salud cardiovascular, previene enfermedades crónicas como la diabetes y la hipertensión e incluso puede regular las hormonas que nos hacen dormir y digerir los alimentos mejor. No es casualidad que la OMS recomiende realizar entre 150 y 300 minutos de actividad aeróbica moderada en adultos a la semana, complementados con ejercicios de fortalecimiento muscular.
Sin embargo, poco se ha hablado de los beneficios que tiene el ejercicio directamente en nuestro cerebro, que, paradójicamente, es uno de los que más gana. Y aunque durante siglos fue más una intuición filosófica que un hecho comprobado, en la actualidad se ha vuelto más clara la relación que hay entre hacer actividad física y nuestra capacidad cerebral.

La química detrás del movimiento
De acuerdo con la doctora Catalina Chica, médica deportóloga adscrita a Colsanitas, “el ejercicio le aporta al cerebro de muchas maneras, y en ese sentido, es posible clasificarlas en tres niveles: el emocional, el cognitivo y el ejecutivo”.
El primer nivel, que tiene relación con esa sensación de energía que nace en nosotros después de una visita al gimnasio o durante la práctica de algún deporte que disfrutemos, puede explicarse gracias a la liberación de las llamadas “hormonas de la felicidad” como las endorfinas, la serotonina, la dopamina y los endocannabinoides, que generan un estado de calma y motivación, conocido popularmente como “euforia del corredor”.
“Al hacer ejercicio, nuestra frecuencia cardíaca aumenta y, por consiguiente, también aumenta el flujo de sangre hacia el cerebro. Esto permite que lleguen más oxígeno y nutrientes a las neuronas, favoreciendo procesos relacionados con la memoria, la atención y otras funciones cognitivas”, explica la doctora Mejive Majjul, médica cirujana especialista en neurología.
Adicionalmente, cuando los músculos se contraen durante actividades cotidianas como levantar objetos, caminar, nadar, correr o andar en bicicleta, liberan mensajeros químicos que viajan por el organismo y ayudan a coordinar respuestas en distintos órganos.
El ejercicio le aporta al cerebro en tres niveles: el emocional, el cognitivo y el ejecutivo.
Un artículo publicado en la revista Frontiers in Neurology en 2018, señala que estos mensajeros a su vez aumentan la cantidad de energía disponible para el cerebro y estimulan la producción de una proteína conocida como BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro, por sus siglas en inglés) que influye positivamente en la vascularización, la neuroplasticidad, la memoria, el sueño y el estado de ánimo.
Asimismo, “se ha observado que el entrenamiento físico favorece de manera selectiva la angiogénesis (formación de nuevos vasos sanguíneos), la sinaptogénesis (creación de nuevas conexiones neuronales) y la neurogénesis (formación de nuevas neuronas en el giro dentado del hipocampo)”, dicta otro artículo publicado en la revista Nature Reviews Neurocience.
Estos cambios permiten que distintas regiones del cerebro se comuniquen de manera más eficiente y dispongan de mayores recursos para funcionar, dando como resultado beneficios en el nivel ejecutivo: la capacidad del cerebro para planificar y coordinar acciones, controlar los impulsos, considerar nuevas perspectivas y cambiar de estrategia cuando las circunstancias lo requieren, lo que se conoce como flexibilidad cognitiva.

Un escudo para la capacidad mental
A medida que envejecemos, es normal que nuestras capacidades cognitivas empiecen a disminuir. Como consecuencia, podríamos tener dificultades para aprender cosas nuevas e incluso olvidarnos de dónde dejamos las llaves con más frecuencia. Esto ocurre, entre otras razones, debido a la pérdida gradual de volumen cerebral, menor eficiencia en la comunicación entre neuronas, el estrés oxidativo, etc.
A ello se le suma la aparición de enfermedades neurodegenerativas como el párkinson o el alzheimer, cuya frecuencia aumenta significativamente después de los 60 años. Frente a este panorama, la actividad física aparece una vez más como una herramienta capaz de protegernos, aunque sea parcialmente, de los efectos del envejecimiento natural.
En una investigación publicada en 2020 en la revista Science, los científicos observaron que el ejercicio aumenta la actividad de una enzima producida en el hígado llamada GPLD1. En experimentos realizados con ratones de edad avanzada, esta molécula se asoció con la preservación de la memoria y la generación de nuevas neuronas, habilidades que se van perdiendo con la vejez.
Los autores también encontraron niveles más altos de GPLD1 en adultos mayores físicamente activos, aunque el mecanismo aún se investiga en humanos.
“Aunque el ejercicio no cura ninguna enfermedad neuronal, sí puede contribuir a ralentizar el deterioro funcional y complementar las terapias de rehabilitación, especialmente cuando se acompaña de otros hábitos saludables”, dice la doctora Majjul.

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Los mejores ejercicios
En cuanto a las disciplinas más recomendadas, numerosos estudios resaltan la práctica del tai chi, un arte marcial de origen chino, como una de las mejores prácticas para mantener la salud neurológica. Según una revisión de 17 estudios aleatorizados publicada por la revista BMC Geriatrics en 2023, “existe una evidencia sólida de que el tai chi mejora tanto las funciones físicas como las cognitivas en adultos mayores”.
El estudio subraya además que este efecto positivo sobre la función cognitiva se mantiene incluso al aislar la influencia de las mejoras físicas, lo que indica que esta práctica beneficia al cerebro a través de mecanismos propios.
Por otro lado, y aunque parezca una actividad demasiado obvia para cambiar algo, lo cierto es que el simple ejercicio de caminar entre 30 y 45 minutos al día puede hacer la diferencia.
“Caminar ofrece dos grandes ventajas: por un lado, mejora la circulación sanguínea propia del ejercicio cardiovascular y, por otro, crea una vía neuronal a través del movimiento repetitivo”, asegura la deportóloga.
Bailar es una de las actividades más completas: exige moverse, coordinar, memorizar pasos, mantener el equilibrio y socializar.
Para ambas especialistas, bailar es otra de esas fuentes inesperadas de bienestar, ofreciendo los mismos beneficios que caminar, pero llevándolos a otra dimensión. Esto se debe a que es un ejercicio que involucra múltiples grupos musculares y que además exige realizar varias tareas simultáneamente: moverse, coordinarse, recordar pasos, mantener el equilibrio y seguir el ritmo. Además de, por supuesto, interactuar con otras personas, lo que la hace una de las actividades más completas que existen para cuidar el cerebro.
“Recuerdo que muchos de mis pacientes iban a clases de baile y yo terminé ‘prescribiéndoselo’ a muchos otros. Ellos decían que el mejor antidepresivo era el Joe Arroyo”, finaliza la doctora Majjul.
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