En el corazón de Maicao, La Guajira, la Fundación Luciérnagas de Colombia lidera una transformación silenciosa pero profunda. A través de pedagogías comunitarias, educación sexual y la deconstrucción de masculinidades, esta organización combate las violencias de género y la explotación en la frontera, devolviendo la autonomía y la dignidad a mujeres, niñas y jóvenes.
En el corazón de Maicao, La Guajira, donde la frontera es el punto de encuentro de incesantes sueños y necesidades, se encuentra Lucy Mercado, una mujer con una sonrisa que contagia, con la firmeza de quien ha sobrevivido a tierras desoladas, y la fuerza detrás de la Asociación Luciérnagas de Colombia. Su historia como directora ejecutiva es la crónica de una mujer que decidió que la violencia que marcó su infancia y su entorno no sería el legado para las siguientes generaciones.
Para Lucy, la labor social fue un llamado que traía en el ADN. Creció en un contexto en el que la opresión hacia la mujer y la violencia de género eran parte del paisaje cotidiano. “Veía tanto maltrato entre mi familia y las amigas de mi mamá, que de niña pensaba que nunca iba a tener pareja, que era mejor quedarse sola que vivir atemorizada”, confiesa Lucy. Esa niña, que observaba con ojos críticos las limitaciones impuestas a las mujeres de su vida, creció para convertirse en profesional de Seguridad y Salud en el Trabajo, pero siempre quería saber y hacer más. Durante su especialización en Desarrollo Integral de la Infancia y la Adolescencia, comprendió que para generar un impacto real su aspiración necesitaba una estructura.
Así, en el 2021 comenzó un trabajo comunitario que se formalizaría en el 2023. Luciérnagas surgió como un proyecto de vida familiar en el cual su esposo, Julio Anaya, y otros familiares se convirtieron en los primeros aliados de una lucha que hoy resuena en todo el departamento. La asociación trabaja por el desarrollo integral de niños, niñas, adolescentes, mujeres y familias en situación de vulnerabilidad en La Guajira, pues creen que el cambio real se construye en comunidad, escuchando, aprendiendo y trabajando juntos porque creen en un futuro más digno.

La organización aborda problemáticas críticas como la violencia basada en género, la explotación sexual y el matrimonio infantil, promoviendo en su lugar el empoderamiento femenino, la autonomía económica y la salud sexual.
Trabajar en Maicao significa navegar en una de las zonas más complejas de Colombia. A solo diez minutos de la frontera con Venezuela, el municipio se convierte en la entrada y salida de distintas poblaciones: migrantes venezolanos, colombianos retornados y la comunidad indígena Wayuu. Cada grupo trae consigo una necesidad distinta. “Las mujeres vienen con una problemática desde su país, llegan acá muy vulnerables; ante la escasez de dinero, mujeres y niñas pueden sufrir violencia y explotación sexual, viéndose obligadas a tratar su cuerpo como moneda de cambio para sobrevivir”, cuenta Lucy. Pero el desafío también es cultural. En la comunidad Wayuu, Luciérnagas ha aprendido a comunicarse con respeto por medio del diálogo, llevando temas de educación sexual y reproductiva a rancherías donde estos conceptos son tabú.
El trabajo de la organización se ejecuta por medio de talleres pedagógicos, asesorías de planificación familiar, redes de apoyo comunitario y un sistema de enrutamiento seguro que ofrece primeros auxilios psicológicos y terapia clínica gratuita a las víctimas. Durante sus talleres invitan a las mujeres y jóvenes a conocer su propio cuerpo sin miedos. “Muchas no saben qué es un tampón o una copa menstrual, piensan muchas veces que es algo doloroso o un motivo de vergüenza, entonces comenzamos a desmentir, a clarificar todo lo que saben, y entregar conocimiento verdadero y útil”, explica la directora. Pero, ¿cómo se habla de sexualidad en lugares donde ni siquiera hay luz eléctrica? Luciérnagas utiliza rotafolios y modelos anatómicos didácticos que permiten que los jóvenes entiendan sobre eyaculación, preservativos, menstruación y otros conceptos clave para una educación sexual.
Uno de los pilares de Luciérnagas es su enfoque en los hombres. Lucy enfatiza: “vemos al hombre como un aliado para cerrar brechas de desigualdades y que ellos sean conscientes de que nosotras sí tenemos derechos, pero que no se nos cumplen totalmente”. Cuenta que hay personas que no entienden las causas de la fundación, argumentando que las mujeres ya tienen derechos, sin embargo Luciérnagas obra porque cada mujer distinga las violencias que puede estar sufriendo, incluso los maltratos que parezcan minúsculos, que conozcan sus derechos pero, sobre todo, que gocen de estos.
Por eso es tan importante involucrar tanto a hombres como mujeres en la conversación, pues si un hombre desconoce que está siendo violento, no hay un cambio real en la comunidad. Así, Lucy recuerda historias de hombres que “despertaron” al darse cuenta de que vulneraron los derechos de sus madres y hermanas por pura costumbre social. “Escuchar a un hombre decir que su mamá, aunque esté enferma, se levanta a cocinarle a todos porque ‘es su deber’, y que él ahora entiende que eso debe cambiar, es un avance enorme”, relata. Para la asociación, la sociedad hace al hombre violento al exigirle ser el macho opresor, y su labor es deconstruir esa idea para que el respeto sustituya al miedo.

Otro campo de acción de la fundación es educar a las familias sobre el matrimonio infantil. Lucy relata que muchos padres persuaden a sus hijas, tras su primera menstruación, a unirse a un hombre como única vía para mejorar su calidad de vida. Esto en Colombia representó una problemática crítica: según datos del ICBF y Unicef, en el 2022 el país ocupó el puesto 20 a nivel mundial en uniones antes de los 15 años, siendo La Guajira el departamento con la mayor proporción de niñas y adolescentes afectadas, alcanzando el 15,40 %. Este panorama cambió drásticamente con la promulgación de la Ley 2447 del 2025, bajo la consigna “son niñas, no esposas”, la cual prohíbe estas prácticas en todo el territorio nacional y que Lucy difunde como pionera en la región. La asociación, entonces, actúa como una entidad que socializa esta nueva normativa.
Para mitigar el riesgo de que las menores terminen atrapadas en ciclos de maltrato, trabaja directamente en la concientización de las madres y padres, “les decimos que una hija que estudia y trabaja tiene más posibilidades de sacar adelante a la familia que una que se casa prematuramente por necesidad, donde lo más seguro es que reciba maltratos”, afirma. Para eso la fundación visibiliza como referentes a mujeres reales, locales y exitosas de La Guajira que hoy asisten a las universidades. De este modo, la fundación defiende el derecho de las adolescentes a decidir sobre su futuro, inspirándolas a

El equipo de Luciérnagas está conformado por:
Lucy Mercado: directora ejecutiva.
Dannia Bertel: psicóloga, encargada del enrutamiento seguro y terapia clínica.
Dina Marrugo: enfermera, especialista en salud sexual y reproductiva.
Dayana Cáceres: contadora.
Adriana Núñez: gestora de redes sociales y visibilidad digital.
Julio Anaya: apoyo administrativo y logístico.
La fundación recibió un músculo financiero y acompañamiento técnico integral, necesario para ejecutar sus proyectos, gracias a articulaciones con la Comisaría de Familia y el apoyo de ONU Mujeres, en alianza estratégica con la Embajada de Francia, por medio del programa Igualitarias: transformando territorios. Este nació con el propósito de reconocer y respaldar a las organizaciones feministas locales como motores indispensables de la democracia, la paz y la justicia social en las regiones más vulnerables de Colombia.
Esta cooperación internacional busca generar cambios culturales profundos y sostenibles desde adentro, fortaleciendo los liderazgos territoriales y potenciando la autonomía de mujeres y niñas en Maicao. El impacto de este respaldo conjunto fue tan significativo que Luciérnagas fue seleccionada como una de las diez organizaciones socias para visibilizar sus resistencias y logros comunitarios, mediante una exposición fotográfica colectiva en la Alianza Francesa de Bogotá, en marzo del 2026.
Al cumplir tres años de formalidad, Lucy mira hacia atrás y ve una transformación que la atraviesa personalmente. Ha pasado de ser una niña que temía al matrimonio a ser una mujer que lidera una organización, en la cual su familia es su equipo y su comunidad es su causa. Lucy concluye invitando a las personas a ser parte de este cambio, manifiesta que Luciérnagas tiene el conocimiento, las botas puestas y el corazón abierto para que más personas se vinculen de cualquier manera, con donaciones por medio de su página web (fundacionluciernagasdecolombia.com), voluntariados y alianzas con emprendimientos o empresas. Porque esta luz apenas comienza a brillar, iluminando un sendero en el que las mujeres ya no caminen con miedo.
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