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naturaleza urbana Bogotá

Bogotá tropical

Ilustración
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Bogotá no siempre es gris. Entre palmas fénix, yarumos y árboles frutales, la ciudad muestra su lado cálido y tropical: un paisaje que cambia con la luz, el viento y la altura, y que nos recuerda que el trópico también vive aquí, entre el cemento y la rutina urbana.

La ciudad es Bogotá. Pero a veces parece otra. 

A lo largo del separador de la calle 57, cada quince o veinte metros, las palmas rebotan la luz los días soleados y sus hojas proyectan una sombra larga y pesada sobre el cemento. Son palmas fénix: su tronco es grueso, diría que tienen cerca de un metro de diámetro, y sus hojas, a seis u ocho metros de altura, se mecen al viento con un ruido áspero. El calor es seco y la brisa avanza lenta por entre las calles. Esos días Bogotá no parece Bogotá o por lo menos la idea que tenemos de Bogotá: fría, gris, oscura.

Las palmas grandes bajo el sol nos descolocan: cerramos los ojos y el sonido de sus hojas chocando entre sí nos lleva a otro espacio, a otro clima, a otro piso térmico, a eso que los rolos llamamos “Tierra caliente”. Desde una ventana del lugar donde vivía antes veía a lo lejos dos palmas de cera levantarse por encima de unas casas e imaginaba que justo ahí, a unos pasos, estaba el mar. La vegetación cumple un poco la tarea de construir imágenes del paisaje. A veces me acostaba en la cama y miraba sus copas a la distancia e intentaba escuchar el rumor de las olas más allá del motor del Transmilenio. ¿No se supone que las palmas están a unos metros de la playa? ¿Las palmas y los yarumos no son señal de que estamos acercándonos al nivel del mar? ¿Por qué las veía más allá de una estación cualquiera de la avenida Suba

Las palmas, los yarumos y los árboles frutales de aguacate, limón o mandarina contribuyen a esa sensación de descolocación espacial en Bogotá. Por costumbre los asociamos con la vegetación exuberante y espesa de las costas o de las riveras de los ríos, como el Magdalena, lejos del centro del país. Pero esa costumbre también se nos ha metido en el ojo y por eso nos hemos vuelto torpes para ver que esas plantas son tan poco extravagantes que han ocupado las calles de la capital desde el nacimiento de la misma: hemos crecido viendo sin ver que en nuestro paisaje citadino siempre han estado las copas despelucadas de las palmas llenando el aire de cualquier localidad.

Las plantas, igual que los animales, actúan. Hace falta mirar con atención para notar que estas plantas de las que hablamos siguen el movimiento de las nubes; que en los días grises pasan desapercibidas, como si hubieran perdido el rumbo, como si fueran seres que migran y son desviados del camino por la luz de un avión o un edificio dejándolos en un territorio nuevo: parecen esconderse del ruido, del clima, de tanta gente junta corriendo para alcanzar el bus; o que, en cambio, los días de sol simplemente se dejan ver, persiguen la luz y el calor, como cualquier ser del trópico. Así, ocultan y revelan su presencia de un día para otro. Ahí están las palmas de la 57: este día caluroso se mueven como si anunciaran el mar, pero tal vez mañana, cuando llueva, se escondan en la quietud.

¿No se supone que las palmas están a unos metros de la playa? ¿Las palmas y los yarumos no son señal de que estamos acercándonos al nivel del mar? ¿Por qué las veía más allá de una estación cualquiera de la avenida Suba?

Con las palmas parece ser mucho más sencillo notarlo porque para el ojo inexperto son lo más obvio de la tierra caliente. Pero en Bogotá el número de especies tropicales podría ser similar al del resto del país por la simple verdad de que Bogotá es una ciudad tropical como lo es el resto del país. Por costumbre hemos cometido el error de asociar el calor con lo tropical, pero no se trata de un asunto de temperatura sino de latitud. “El trópico abarca todo lo que está ubicado en una franja entre el trópico de Cáncer y el trópico de Capricornio. Nos hemos acostumbrado a pensar que lo tropical es lo que se parece a Barranquilla y Cartagena, en donde la gente anda con vestidos de flores, pero la franja tropical abarca desde Centroamérica hasta el norte de Bolivia y parte de Ecuador y Brasil. Toda Colombia, incluida Bogotá, es tropical”, señala German Darío Álvarez, subdirector técnico del Jardín Botánico José Celestino Mutis.

Ser una ciudad tropical no significa ser una ciudad de tierra caliente sino pertenecer a una zona media del planeta a la que el sol baña de manera casi perpendicular provocando pequeños cambios en los niveles de altura que generan condiciones variables de clima, temperatura y humedad. Ser del trópico implica no tener estaciones y aferrarnos en cambio a las temporadas de lluvia y de sol. En esa medida, el páramo es tan tropical como lo es la selva húmeda.

En nuestro caso, esas variaciones son las que nos llevan a ver un paisaje renovándose cada tantos kilómetros sin dejar de ser el mismo. Entre Bogotá e Ibagué hay plantas distintas, animales distintos, comidas distintas, personas distintas, acentos distintos, porque el trópico implica diversidad. Y eso se ve en las muestras de una misma especie: vemos palmas de cera en la costa Caribe, en el Valle de Cocora y también en Bogotá. Aunque son la misma especie, se ven distintas en cada región por las condiciones en que viven. Pasa también con los frailejones, una planta de páramo: los de la cordillera Oriental tienen características que no poseen los de la cordillera Occidental debido a las variaciones de altitud y latitud.

Según el subdirector técnico del Jardín Botánico de Bogotá (JBB), la ecuación de la biodiversidad del trópico se completa con la adición de los procesos de intercambio botánico, social y cultural que se han dado en el territorio desde la llegada de los españoles. Con la ocupación llegaron árboles cítricos, legumbres y plantas de café, que se adaptaron y con el tiempo modificaron los usos y las propiedades del suelo. El trópico es la explicación para las mil características de los cafés que se cultivan en el país y también para las variaciones de frijoles, papas o maíces que crecen en él desde hace más de 500 años. Ninguna planta crece idéntica a otra cuando cambian las condiciones que posibilitan su crecimiento.

Este fenómeno, al ser intrínseco del trópico, es intrínseco de Bogotá. Las plantas que asociamos con el trópico pueden crecer en la altura de la ciudad porque se adaptan como lo haríamos cualquiera de nosotros al mudarnos a otro país. “En Bogotá encontramos aguacates, porque una semilla de aguacate es un ser vivo. Pero no creo que llegue a dar frutos porque no tiene todas las condiciones necesarias: temperatura, altitud, características del suelo, humedad, agente polinizador, entre otros”, señala el subdirector técnico del JBB. Y enseguida agrega que en el caso de dar frutos, debido, por ejemplo, a efectos del cambio climático, probablemente se traten de frutos atrofiados porque la planta seguirá necesitando de las otras características para completar su proceso.

Este día de sol las palmas de la calle 57 cumplen su papel con coquetería. Miro arriba y veo el movimiento lento de un grupo de nubes que en menos de una hora cubrirán esta porción del cielo. Sé que entonces el paisaje cambiará. Esta misma planta, en este preciso momento, en otra zona de la ciudad se ve distinta debido a que sus condiciones son otras. Con frecuencia paso frente a un magnolio al pie de los cerros orientales, alto, vigoroso y florecido, y lo miro en contraste con los que había frente a Casa Blanca, sobre la avenida Agoberto Mejía, en Kennedy, donde crecí, y estos ahora me parecen pequeños y apenas robustos. La costumbre nos hace perder los detalles de la vida que crece a nuestro alrededor mientras la vemos. No hay dos plantas idénticas.

En el Manual de coberturas vegetales de Bogotá D.C., publicado en 2020, el JBB determinó que la ciudad tiene seis zonas climáticas distintas que varían debido a la combinación de factores como contaminación, topografía, usos del suelo, cobertura del suelo, forma urbana y características del lugar; o, de manera más específica, también influyen componentes como la presencia de cuerpos de agua, la cobertura arbórea, la distancia de las vías principales, el uso residencial, etc.

Estas seis zonas climáticas son un motivo adicional por el cual una misma especie crece de otra manera en dos barrios distintos. Las avenidas grandes generan un microclima distinto a las zonas comerciales que a su vez generan uno diferente a las zonas residenciales que a su vez generan otro diferente a los parques distritales. El magnolio junto a los cerros crece de esa forma porque no está expuesto a la contaminación ni a la falta de luz a la que está expuesto el que crece sobre la avenida frente a Casa Blanca.

Por eso en este día de sol algunas plantas brillan un poco más. Pero a medida que las nubes avancen y que el cielo cambie, el paisaje será distinto: estas perderán brillo y otras actuarán mejor bajo la lluvia. Por eso en este día de sol el paisaje cambiará a medida que yo avance por la ciudad. En Bogotá hay eucaliptos australianos, pinos canadienses, araucarias chilenas y hay estas palmas fénix que vinieron alguna vez de las islas canarias. Es cierto que año a año Bogotá se ha ido convirtiendo en una ciudad caliente con respecto a lo que era hace veinte, cincuenta o cien años. Sin embargo, incluso entonces era posible caminar por la carrera Séptima, ajustarse el abrigo y el sombrero, y ver a lo lejos alguna palma de cera solitaria levantarse hacia el cielo evocando el sonido cálido de un paisaje renovado.

Brian Lara

Periodista. Colaborador frecuente de Bienestar Colsanitas y de Bacánika.