Y, ¿por qué no tenerlo todo?

Por: / Ilustración: Julia Tovar / Mayo 2022

Tras años de priorizar mi carrera me desbaraté y, finalmente, admití que lo que quería era tener un marido. Apenas lo conseguí, extrañaba mi éxito profesional. Hoy me doy cuenta que no se trataba de elegir entre la una o el otro.

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No suelo pensar en mí dentro del término feminista. Al menos no de pañoleta al cuello, tetas al aire y axilas sin depilar. Mi feminismo ha sido un poco más desabrido, quizás. Eso sí -entiendo que sólo es cuestión de suerte- siempre he armado vida por mí misma, jamás he padecido bajo el yugo de nadie y, aunque he recibido comentarios y acciones más que inapropiadas, nunca me he identificado como víctima del sistema. 

Sin embargo, creo que las mujeres -y en mi opinión, somos nosotras y no la sociedad- solemos ser casi masoquistas. Nos auto saboteamos los logros, nos echamos en cara cualquier descuido, nos hacemos sentir insignificantes cuando no fuimos tan buenas madres, esposas o trabajadoras. A mí, por lo menos, antes de acostarme me atacan, sin piedad, este tipo de pensamiento y críticas hasta convertir mis dulces en amargos sueños.

Durante mis veinte tuve una carrera exitosa. En pocos años escribí, edité y dirigí varios títulos emocionantes en Colombia y México. Era absolutamente feliz en lo que hacía y creo que lo hacía bien. Sin embargo, pagué un precio por ello: estar sola. Bueno, claro, tenía amigos y eventos sociales en cantidades industriales, también los galanes de turno que iban y venían. Pero ya saben a qué me refiero.

Podríamos acudir a aquello de que los hombres se espantan ante una mujer con éxito, pero soy más propensa a creer que somos nosotras quienes nos boicoteamos ante la idea de perder un ápice de lo que hemos conseguido. Así que yo me paseaba oronda con mis tacones de 10 centímetros y mi falsa seguridad: nadie tenía por qué saber que algo -o alguien- me faltaba.

La malo es que mi carrera tuvo sus complicaciones y mi trabajo maravilloso se acabó. Fue un golpe seco al estómago. Volví a Colombia empequeñecida. Encontré un trabajo decente, de rango medio, sin mucho brillo. ¡Adiós a mis lentejuelas! Me convertí en una pieza útil pero no esencial. Me olvidé de los tacones y del glamour, también de debatir en acaloradas discusiones cuando algo no me parecía. En vez, asumí este nuevo estado como la oportunidad que me otorgaba la vida de ocuparme de otras cosas que no había conseguido.

La conversacion Tenerlo todo CUERPOTEXTO

¿Quién carajos nos dijo que tenemos que elegir entre la familia y el éxito profesional?

Sin embargo, estaba triste.  Y antes de que el mundo se diera cuenta de mi desgracia interna, me propuse conseguir marido. 

¿Lo necesitaba realmente? No lo sé. Pero sin más credenciales, convertirme en solterona resultaba ya demasiado doloroso para mi ego. Encontré entonces al espécimen perfecto: buena pinta, decente, inteligente, buen conversador. Su único problema es que acababa de salir de una compleja relación y estaba viviendo a pleno su libertad. Pero no había nada que hacer, yo lo necesitaba. Así que le cerré el paso y le quité el aire. Y tras varios trompicones, logré que se enamorara de mí. ¡Mi gran victoria!

Con mi enamorado creé un equipo de vida increíble: conseguimos una casa con jardín, tenemos un hijo perfecto, todo aquello con lo que soñé. A cambio, decidí entregarle a ese sueño en forma de un marido y un hijo toda mi vida. Y aunque nunca dejé de trabajar, ya no lo hacía con la misma pasión. Mi éxito personal, esa satisfacción laboral 100% mía, se había convertido en una especie de postre prohibido. 

Pasó el tiempo y las ganas de postre no se me quitaban. Así que, en otro giro periodístico inesperado, decidí emprender un proyecto que me devolvió las ganas de sobresalir, de liderar. Volví a sentir la adrenalina al pasar noches en vela con la cabeza llena de ideas. Usar mis neuronas, sin economía, me ha hecho sentir sexy. Es como si hubiera logrado meterme en uno de esos vestidos apretados y escotados de mis veinte. Claro, he perdido la práctica, pero lo intento: me acomodo el escote, me subo en mis tacones y me esfuerzo por caminar con brío. 

Por supuesto, en las noches me atacan los pensamientos aguafiestas. Y evidentemente no tengo idea de si mi emprendimiento tendrá el éxito esperado, o si dejaré de darme látigo por esas tardes en que, por andar en reuniones, no pude jugar con mi hijo. Pero, ¿y qué? ¿Quién carajos nos dijo que tenemos que elegir entre la familia y el éxito profesional? ¿Por qué no somos capaces de entender que se vale tenerlo todo?  

 

*Adriana Restrepo es periodista, co-fundadora del portal Relatto y mamá de Jacobo.

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