Orfeo y la muchacha de Ipanema

Por: / Ilustración: Gabriela Ortíz / Junio 2022

Vinicius de Moraes fue un espíritu libre, latinoamericano, brillante y retozón. Fue el autor de la famosa “Garota de Ipanema” y de una fábula donde el héroe Orfeo baila en el Carnaval de Río de Janeiro.

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Vivió en el siglo pasado un escritor que ganó el Premio Nobel de Literatura y también el Óscar de la Academia al mejor guión adaptado. Se llamó George Bernard Shaw, era irlandés, y esos dos lauros son, ciertamente, dos superlativos mundiales. ¡El Nobel y el Óscar! ¡Una misma persona!

Shaw ganó el Nobel en 1925, en premio a una brillante carrera como dramaturgo que había comenzado en Londres el siglo anterior. 

La estatuilla hollywoodense la obtuvo en 1939 con Pigmalión, un film basado en su pieza teatral del mismo título y que dio pie a uno de los musicales más exitosos en la historia del teatro moderno: My fair lady.   

El caso Bernard Shaw muestra cuán poderosa puede ser la inesperada alianza entre la llamada “alta cultura” —nada menos que el Nobel de literatura— y la industria de la cultura de masas, cuyas palabras clave suelen ser Óscar, Broadway, Grammy y Hollywood, entre varias otras. 

Esta verdad resplandece igualmente en el caso de otro escritor, esta vez latinoamericano. Un poeta y músico de indefinible valía que solo podía haber nacido en Brasil: Vinicius de Moraes. 

Vinicius escribió el guión de la película que ganó el Óscar en 1959 al mejor film extranjero, adaptando para el cine una pieza teatral suya que no se había estrenado en ninguna parte ¡porque ni siquiera había terminado de escribirla! La pieza juntaba magistralmente la mitología griega y el carnaval de Río de Janeiro. 

El film se tituló Orfeo Negro y ganó, además, la Palma de Oro en el festival de Cannes del mismo año. Para Vinicius, significó irrumpir y dejar huella como gran innovador en la cultura popular contemporánea. Después vendría Garota de Ipanema, y su nombre quedaría atado de manera indeleble a la bossa nova. 

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Pero, ¿qué hay en Orfeo Negro, esa primera señal universal del genio de Vinicius? Veamos lo que, en 1967 y durante una entrevista radial, contó Vinicius acerca del origen de la obra:

Me acuerdo muy bien de aquella noche en casa de Carlos Leão, mi concuñado.  Fue en 1942; yo tenía 29 años. Carlos era arquitecto y se había construido una casa modesta pero muy hermosa, en el morro de Cavalão, una barriada popular de Río. Era un tiempo de intensas lecturas, recuerdo que me apasionaba ya la poesía española del Siglo de Oro. Y los mitos de la antigüedad clásica. Llegué a ellos mientras estudiaba en Oxford. Me interesaba el mito de Orfeo por la cuestión del poeta músico, el poeta total, ¿no? Y por su sublime amor por Eurídice. 

Esa noche estuvimos con nuestras parejas y unos amigos departiendo en la terraza hasta la medianoche. Cuando todos se retiraron a dormir, yo me quedé leyendo sobre el mito de Orfeo en el libro de un estudioso francés cuyo nombre hoy ya no recuerdo. Se acercaba el Carnaval y se oía una batucada en el vecindario, allí cerca, en el morro. Ya debía ser, ¿qué?, medianoche, la una de la mañana. Y de repente, como si yo hubiese sido el radar de un momento especial, las dos ideas se fundieron. Sentí el morro negro en lo que estaba leyendo: la música, las pasiones, el amor y la muerte, la poesía en toda su gratuidad. Esa misma noche escribí el primer acto entero de algo que titulé Orfeu da Conceiçao. Conceiçao era la vecina barriada negra. 

Terminé con el alba, la casa de los Leão tenía una vista hermosa de la bahía de Guanabara. Recuerdo haberme quedado largo rato mirando la bahía, muy agotado, antes de irme a dormir. Encontré el segundo acto solo mucho tiempo después, en París, en 1956.

La banda sonora de una nueva época

Vinicius ingresó muy joven al servicio diplomático brasileño, y uno de sus destinos fue el consulado en París. Allí hizo amistad con un joven cineasta francés, Marcel Camus, a quien una noche dio a leer su pieza teatral inconclusa. El entusiasmo de Camus fue todo lo que necesitó Vinicius para terminarla. El director logró interesar a una casa productora para rodar en Río de Janeiro una película de bajo presupuesto: Orfeo es un músico, guitarrista, modesto conductor de tranvía; Eurídice, una chica de provincia que visita Río por primera vez por los días del Carnaval. El mito griego del amor inextinguible se encarna en ellos.

La industria sonográfica ya había descubierto por entonces un nuevo subproducto: el disco de larga duración con la banda sonora de un film exitoso. Sin embargo, lo que ocurrió con la música de Orfeo Negro fue, sin más, un fenómeno mundial.

Antonio Carlos Jobim y Luiz Bonfá fueron los autores de los dos temas principales, que llegaron a ser clásicos del jazz y la bossa nova: “A felicidade”, de Jobim, y “Manhã de Carnaval”, de Bonfá.

“La felicidad” fue la primera canción en la que Vinicius y Jobim juntaron sus talentos —Vinicius como letrista—, y no sería la última. En el curso de su vida, Vinicius supo armonizar como letrista con grandes talentos musicales, como Baden Powell o Edu Lobo. 

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Sin embargo, fue con Jobim (Tom, para los amigos) con quien Vinicius acorraló para siempre la sonoridad y la cadencia de una música nueva, la llamaba bossa nova: “bossa” puede traducirse como tendencia, estilo, manera. Un género marcadamente citadino, complejo. Carioca y cosmopolita a la vez. 

La bossa encuentra al jazz

La bossa nova fue un soplo renovador que pronto infundió su hechizo en las formas del jazz, que por aquel entonces se llamaban John Coltrane, “Dizzie” Gillespie, Bill Evans. Todos ellos descubrieron en la bossa ritmos renovados, insólitos motivos melódicos e inesperadas armonizaciones. Es algo que se aprecia nítidamente en este álbum, grabado en 1963  por el superlativo saxofonista de cool jazz, Stan Getz y el cantante brasileño João Gilberto. Se le considera el momento cumbre del género bossa nova a nivel mundial. Desde su grabación, no ha sido nunca retirado del catálogo de la disquera.

La voz del whisky

Comenzaban aquellos años sesenta cuando a Vinicius lo convencieron sus amigos para que subiera a escena en uno de los night clubs cariocas donde solían presentarse, y brindara al público su carrasposa voz de fumador impenitente, que tan bien encajaba con su poesía conversacional. “No es mi voz, es la voz del whisky”, solía bromear.

Los conocedores coinciden en que la primera canción de bossa nova fue “Chega de saudade”, “Basta de tristeza”. De melodía sinuosa y exigente, ha sido objeto de innumerables versiones. Tom y Vinicius no se cansaron nunca de cantarla ante muy diversos auditorios. Sin embargo, ninguna colección de bossa nova estará completa sin Muchacha de Ipanema, compuesta en 1962 por Vinicius en la lírica y Tom Jobim en la música.

Inagotable, proteico, multiforme, el talento de Vinicius se desplegó año tras año en sus exquisitos poemarios, pero también en la prensa brasileña, donde publicaba ensayos literarios y crónicas de inigualable sabor carioca. Hombre de intensa vida amorosa, una de sus mejores crónicas en verso es “Para vivir un gran amor”: imposible leerla sin que en nuestros labios se pinte una sonrisa cómplice.

Vinicius de Moraes fue una rara avis, integral, neuronalmente latinoamericana: poeta popular, fue también un erudito en temas de la Antigüedad clásica. Su poeta favorito era el genio del siglo XVI español, Garcilaso de la Vega. Cultivó el soneto, como  Garcilaso, y siempre dijo que sus mejores canciones tienen la impronta del inmortal poeta español. Vinicius murió en su amada Rio de Janeiro en 1980.

 

*Escritor y periodista venezolano afincado en Colombia. Tiene una columna semanal en el diario El País, de España.  

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