Mujeres ejemplares, mujeres Keralty

Por: / Ilustración: Gabriela Ortíz / Marzo 2021

 A estas cinco mujeres no les gusta ver pasar el día como si fueran sólo espectadoras. Al contrario, se saben protagonistas de sus vidas y las de sus seres queridos. El día a día de estas cinco mujeres, todas trabajadoras de Keralty, es una prueba de que la vida avanza entre detalles. 

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Mary Luz Bedoya recorta el futuro para hacerlo realidad

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A pesar de que Mary Luz Bedoya trabaja en modalidad virtual desde casa, su día comienza a las 4:45 a.m. Durante las dos horas y pico que trascurren antes de que se siente frente a la pantalla e inicie su jornada laboral, prepara el desayuno y el almuerzo para ella y para sus dos hijos, que también estudian de manera remota. Ella los despierta por la mañana en una carrerita —“Danielita, princesa... Tomasín, mi amor, ya es hora”— y vuelve a lo suyo, respondiendo correos, llamadas y mensajes de WhatsApp de los usuarios de Colsanitas. Solo hasta el almuerzo tiene el tiempo de sentarse junto a ellos, escuchar cómo ha sido su mañana, compartirles sus labores durante la jornada, y charlar despreocupados. “Todos los días hacemos la rifa para ver quién organiza la cocina”, dice, y suelta una carcajada fresca. “Y es una rifa legal, porque siempre cambiamos el método. Por decir algo, meto en una bolsa tres animales: el pollo, la gallina y el marrano, y el que saque el marrano es el que lava los platos”. Y vuelve a reír con ganas. “De verdad que disfruto mucho del almuerzo. Pero siempre y cuando no me gane la rifa, ¿no?”

En la tarde, cuando terminan las jornadas de trabajo y estudio, salen a caminar los tres con Tara, una perrita shih tzu de cuatro meses que Mary Luz soñaba con tener. En su armario, ella tiene pegada una cartulina con sus metas a cinco años, plasmadas con recortes de revistas: dos jóvenes abrazados en la entrada de una universidad, una familia en un aeropuerto sosteniendo un mapa, una casa en medio de la naturaleza, una mujer con una perrita shih tzu en la mano. Los fines de semana, cuando los niños están con el papá, ella recorre los cerros de Medellín con un grupo de caminantes, sintiendo que paso a paso se acerca un poco más a cada uno de esos sueños.  

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Alexis Labrador y la tranquilidad del mar

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Alexis Labrador ve series de animación japonesas porque es lo que ven sus dos hijas menores. “Estoy aprendiendo un poco a ser otaku”, dice, y es imposible no reír con ella. Las tardes, cuando termina su jornada laboral en Odontosanitas Villavicencio, las pasa buscando el equilibrio entre ser la mamá chévere y la mamá exigente de dos hijas adolescentes y de una hija universitaria. “Yo quiero darles todo el amor del mundo y, siendo mamá soltera, eso implica consentirlas mucho, pero también encaminarlas hacia las metas que ellas quieren alcanzar”, asegura. El reto le gusta. Por eso siente tanta alegría en las noches cuando mira para atrás y sabe que ha sido otro día cumplido, a pesar de las dificultades: “Es una sensación gratificante darse cuenta de que uno pudo sortear las dificultades que se le presentaron en el día. Eso es vivir. Yo no puedo decir que mi día va a ser perfecto; los días no son iguales ni planos, sino que tienen sus altas y sus bajas, y eso es lo que hace que uno sienta que está vivo. Yo intento estar abierta a la sorpresa de lo que viene cada día”, dice. 

Tal vez es por ello que Alexis cuenta con la misma tranquilidad las funciones que lleva a cabo en la Clínica Odontológica y la lesión de rodilla que sufrió su hija mayor como jugadora de rugby: una rotura de ligamento. Alexis vive la montaña que puede ser cada día sabiendo que ese también es el movimiento de las olas del mar: subir y bajar, subir y bajar. Esa calma que uno siente al ver el mar es lo que le gustaría ver en su futuro, y es lo que busca que sea su futuro. De ahí que cada mañana comience el día repitiendo las mismas tres palabras, “Gracias. Perdón. Te amo”, sabiendo que las dice a sus hijas, a su madre, a sus hermanas, y al universo que fluye igual que el oleaje cuando llega hasta nuestros pies en la playa. 

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Paula Restrepo construye su futuro día a día

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Paula Restrepo y su hija de 9 años son compañeras de oficina desde que comenzó la cuarentena estricta a nivel nacional hace un año. En la sala de la casa, su esposo les hizo un escritorio que incluso respeta las normas de bioseguridad, porque entre ambas hay más de un metro de distancia. Se apoyan una a la otra al punto de que la niña le explica a Paula cómo hacer cosas en el computador que ella no tenía ni idea cómo hacer. “Los chicos de su edad son unos voladores para eso”, dice Paula sorprendida por las habilidades tecnológicas de su hija, pero también por descubrir lo organizada que es para llevar todas las actividades del colegio: cuando a Paula le llega al chat del curso la notificación de una tarea, la hija ya la ha enviado. Como compañeras de oficina, juntas toman sus onces a las nueve de la mañana, algo que no era posible cuando el trabajo era presencial y las distancias obligaban a Paula a salir antes de que la niña despertara, y llegar cuando ya dormía en las noches. 

Paula es auxiliar administrativa en EPS Sanitas en Bogotá, lo que implica montañas de correos, llamadas y reuniones. Por eso, cuando la virtualidad comenzó, su mayor reto fue encontrar un horario de trabajo que respetara sus propios tiempos, y así no terminar frente al computador mientras su familia descansaba. En este punto, el momento que más disfruta del día son los cuarenta minutos que se da para sí misma y hacer ejercicio sin que nadie la interrumpa, sin que nadie la acompañe. En medio de todo lo que nos impuso la pandemia, Paula ha alcanzado pedazos de felicidad al compartir con su hija, fortalecer su matrimonio y alcanzar metas personales, como graduarse de Administración Humana. Ya no piensa tanto en el futuro porque está segura de que la única forma de construirlo es encontrando los tiempos para todo cada día. 

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Alix Vela: la magia de todo regreso

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Un día cualquiera, el jefe de consulta externa de la Clínica Pediátrica le contó a Alix Vela sobre un proyecto que estaba desarrollando, y ella, en medio de la charla casual, le dio un par de ideas. Poco después, el médico le dijo que quería que ella hiciera parte del proyecto. Alix es gestora de seguimiento individual de consulta externa de la clínica gracias a esa conversación; su trabajo consiste en acompañar el proceso médico de cada paciente, llamándolo y preguntándole si ha podido hacerse los exámenes, si ha seguido al pie de la letra el tratamiento o si hay alguna dificultad que ella pueda solucionar. Cuenta la historia cargando cada palabra con orgullo. “Yo duré seis años intentando entrar a la organización, convencida de que en algún momento iba a trabajar al menos un día. En septiembre cumplo diez años acá”, dice luego con emoción genuina. “Cada noche llego a la casa con la sensación de que hice algo que me llenó, y eso justifica todo lo demás”. 

Alix trabaja presencialmente, lo que implica que cada mañana sale de su casa dejando un pedacito del corazón en su hija de 13 años y en su pequeño de 4. “Hoy me pasó. Tanto mi hijo como mi perro se sentaron en la puerta a llorar porque yo venía a trabajar. Son esos momentos los que te parten el alma. Yo intento explicarle que trabajo buscando un beneficio para los tres y que voy a volver. Pero en días como hoy salgo de casa con un nudito en la garganta por haberlo dejado llorando”. En seguida agrega que el momento más difícil de su día va de la mano con el más lindo: la llegada a la casa en la noche. “La alegría con la que me reciben mis hijos, los ‘te amo’, los ‘te extrañé’, los ladridos del perrito hacen que todo sea mágico, que me olvidé de todo lo que pasó durante el día”.

Alix agrega que ese instante es indescriptible, porque además se alarga durante la comida. La felicidad la sigue acompañando mientras ve dormirse a los hijos, pues duermen en el mismo espacio. Así que en últimas la magia —tanta plenitud— no dura un instante, sino que permanece con ellos a lo largo de la noche.

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Johana Bocachica toma cada día entre sus manos

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Johana Bocachica reconoce que este año de pandemia ha sido difícil para ella por muchas razones; sin embargo, recalca en que no tanto como para otras personas. “No me voy a quejar”, dice. Desde hace dos años está incapacitada por un cáncer de mama con metástasis ósea que le descubrieron al mes de haber entrado a Colsanitas para ser asesora telefónica de medicina prepagada. “Hay días buenos y hay momentos en que uno amanece con el ánimo más bajito… no es fácil, pero en general la enfermedad está estable y agradezco eso”, dice con serenidad. Las mañanas las usa para ir a citas médicas o para coordinar citas médicas, mientras en las tardes acompaña y ayuda a sus dos hijos menores, una niña de 18 y un niño de 8, con sus tareas del colegio. Si les queda tiempo, en la noche ven una película de Disney o un capítulo de alguna serie. 

Cada tanto durante el día piensa en su hija mayor, que vive en Valencia, España, y que se fue poco después de su diagnóstico: “Sería muy triste que se hubiera quedado aquí por mí. Yo me puedo parar, puedo caminar, me puedo mover: no se justificaba que ella se quedara por eso y sacrificara su futuro”, dice. 

A Johana le gusta salir a caminar y vitrinear. Muchas veces lo hace sola para pensar, distraerse y regalarse un tiempo que sea suyo. “Si me antojo de comer algo, pues me lo como, ¿por qué no lo voy a hacer?”, pregunta como si encubriera una picardía. En últimas, usa el tiempo para disfrutar de él, de lo que aparece en la vida minuto a minuto, casi preguntando si acaso no se trata de eso. Ver llegar el día y no dejarlo escurrir entre los dedos.

*Periodista, administrador de empresas. En la actualidad adelanta maestría en filosofía en la Universidad de los Andes. 

 

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