En busca de los pasos perdidos

Por: / Ilustración: Sako Asko / Noviembre 2021

Hemos perdido las calles. Antes jugábamos en ellas, caminábamos sin rumbo, nos encontrábamos con personas queridas, salíamos a pasear. Hoy, con pesar, debemos aceptar que la calle ya no es lo que era. 

SEPARADOR

H

ace muchos años, cuando las calles no pertenecían de manera exclusiva a las hordas de los que marchan sobre ruedas (en carros, en motos, en bicis, en patines, en patinetas, en buses, en busetas, en camiones, en camionetas), hice propio el verso de Rogelio Echavarría con el que inicia su poema titulado El transeúnte: “Todas las calles que conozco son un largo monólogo mío”.

Un largo monólogo, a veces solo, a ratos compartido, que solía surgir en la noche, cuando la ciudad era propicia para caminar por las solitarias calles de un Medellín que ahora no existe, y que en ese entonces inventábamos a medida en que hacíamos resonar nuestros pasos al pisar nuestras sombras, que se alargaban y se encogían bajo la luz de las sucesivas lámparas que iluminaban la vía.

Una canción, un sonsonete, un estribillo podía hacer contrapunto al soliloquio:

Caminar y caminar,

ya comienza a obscurecer

y la tarde se va ocultando.

Amorcito que al camino va,

amorcito que perdió su nido

sin hallar abrigo en el vendaval.

(…)

Amor, senderito del alma,

que vives en mi corazón.

Sin ti he perdido la calma.

Senderito del alma,

senderito de amor.

Calles de Medellín, de Bogotá, de Cali, de Cartagena, de Buenos Aires y de París que invitaban a deambular sin ton ni son, a ritmo del impulso de nuestro ánimo que buscaba perderse en los recovecos de sus laberintos y a perseguir el hilo de las voces que discurrían en el adentro mientras se desplegaba en el afuera la ciudad.

Versos que surgían de la sombra y nombraban el mapa de nuestra errancia:

Ayacucho, Pichincha, San Mateo, Amador y Carabobo.

Calles de Medellín,

cómo han cambiado.

Escenario que fueron ayer

de hermosas batallas y de insignes amores.

Pero mi corazón aún sigue en pie de guerra.

Voces de mujeres, de amigos y de poetas que aún hacen realidad la música que surge del fondo de las conversaciones entabladas con el yo que camina y escucha con sensitiva atención, como en este poema de Octavio Paz donde el poeta se desdobla y se oye mientras sus ojos solo ven que no pueden ver por dónde va ni en dónde se encuentra:

Mis pasos en esta calle

resuenan

en otra calle

donde

oigo mis pasos

pasar en esta calle

donde

sólo es real la niebla.

PasosPerdidos CUERPOTEXTO

"Calles de Medellín, de Bogotá, de Cali, de Cartagena, de Buenos Aires y de París que invitaban a deambular sin ton ni son, a ritmo del impulso de nuestro ánimo."

Ahora lo único real es la pesadilla. Desde aquel entonces la ciudad fue invadida por el smog, el ruido, los pitos, las bocinas, la multitud, la congestión, el peligro. El verbo caminar ha sido abolido del discurso público y de las conversaciones. Ahora se habla de movilidad, de peatones y de flujo vehicular, y ya no es tiempo de perder el tiempo caminando, porque en la realidad reina el afán, los trancones, el cansancio, el llegar tarde y la amenaza inminente de que en el momento menos pensado surja de la nada un puñal que nos arrebate el celular y la vida.

Las grandes ciudades de Colombia se han convertido en un campo de batalla en el que los heridos y los muertos se cuentan por montones, y las víctimas, en su mayoría, pertenecen al extraño género de los ciudadanos de a pie, al que los demás han decidido exterminar con sus mortales artefactos rodantes, antes de que se los lleve el ensanche, como se decía de manera popular no hace muchos años.

La ambición de hacer propios los versos de un poeta ya no anima ni al más solitario de los habitantes de la ciudad. Ahora la mayoría sueña con tener una moto o un carro, o cuando menos una patineta, para poder disfrutar de la congestión, del aire tóxico y de la inmovilidad sobre ruedas. La calle ya no es un fin en sí misma, ha dejado de ser una promesa de placer y de aventura. Ya no salimos para echar a volar la mente en alas de la imaginación y de los sueños, o para buscar a alguien y tomados de la mano ir a explorar el mundo. Hemos perdido el rumbo.

Algo anda terriblemente mal cuando la mayoría de los habitantes de Bogotá tienen que emprender en la madrugada el largo viaje de atravesar la ciudad de sur a norte para ir a trabajar en las fábricas y negocios de los empresarios y comerciantes, y a servir en sus casas de familia, para después hacer el interminable viaje de regreso hacia el final de la noche. Para ellos la ciudad no pasa de ser un desfile continuo de concreto entrevisto por la ventanilla de un Transmilenio, si es que tienen la posibilidad de acceder a una ventanilla en los atestados vagones del ganado humano.

Algo anda terriblemente mal cuando la mayoría prefiere hacinarse en los centros comerciales, los nuevos templos de la ciudad, cada vez más numerosos y populosos, con el fin de darse una vuelta y salir de la casa, ya sea solos, en pareja o en familia, a mirar en las vitrinas lo que van a comprar y no necesitan, o lo que necesitan y no pueden comprar.

Algo anda mal cuando nos da miedo que nuestros hijos salgan a la calle a jugar, porque la calle ya no es un campo de juegos para los niños, y por el contrario puede llegar a ser su perdición; cuando nos da miedo caminar solos o acompañados por las calles porque sentimos que el peligro se puede materializar en cada paso; cuando nos da miedo que un desconocido se acerque a pedirnos limosna o a averiguar por una dirección porque sentimos que ellos son una amenaza de peligro; cuando solo nos sentimos seguros al rodar por las calles en nuestras burbujas rodantes aislados y protegidos de la realidad de la ciudad.

La ciudad ha perdido entre nosotros uno de sus mayores atractivos: la de ser lugar de encuentro, escenario de celebración y de vidas compartidas, fiesta de deseos, de conversaciones, de intensos monólogos. Ojalá la ciudad recupere sus pasos perdidos.

 

* Escritor y guionista colombiano.

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