La pinta no es lo de menos

Por: / Ilustración: Luisa Martínez / Septiembre 2021

¿Cómo deben vestirse los que llegan al borde de los 60 años? El autor reflexiona sobre este asunto frívolo pero determinante. 

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 no de los grandes problemas que afrontamos los habitantes del sexto piso es qué ropa ponernos. Es un asunto frívolo, es cierto, pero no por ello deja de ser determinante. ¿En qué momento puede uno ponerse una camisa hawaiiana? ¿No es como ridículo andar a estas alturas de la vida con una camisa hawaiiana?

Son cosas que nunca sobra analizar. Porque aquello de que “la pinta es lo de menos pues sos un gordo bueno” (como decía aquella canción que está a punto de cumplir 50 años) no es nada cierto y tiene tanto de ancho como de largo.

Hace medio siglo e incluso menos tiempo la corbata era de uso obligatorio para quienes conseguían un trabajo. Las mujeres, a su vez, estaban casi que obligadas a andar de sastre. Entonces el tema de la ropa no tenía discusión.

En cambio, hoy es normal ver de todo en la tercera edad. Desde trajes de paño inglés hasta sudaderas con tapaboca. Es la consecuencia de vivir en una época que presiona a las personas para que luzcan juveniles, para que escondan las arrugas, para que se tiñan las canas. Salvo en productos específicos como suplementos alimenticios y pañales de incontinencia, la publicidad insta a los viejos a comportarse como jóvenes. Entonces resulta apenas comprensible que a quienes llegamos al borde de los 60 todavía nos parezca natural y obvio lucir atuendos juveniles. ¿Cómo nos vemos? Ah… esa es otra historia.
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Pero qué hacer si el mundo nos pide a gritos que seamos por siempre jóvenes. Cuando cumplí 40 años me dejé crecer el pelo tal como lo tenía unos 15 o 20 años antes, en un alarde desesperado por alargar un tris más lo muy poco que quedaba de juventud. Una frondosa mata de pelo atrás que contrasta con las inocultables entradas de una calvicie más que inminente. Desafortunadamente aún existen fotografías que dan fe de ese esperpéntico momento de mi vida ante las que yo nunca he sabido si debo reír o llorar. De lo que sí me alegro es de no haber caído jamás en la moda de los aretes y los piercings ni en las colas de caballo.

El otro factor que explica tanto sesentón y setentona con pintas de adolescentes de Haight-Ashbury y Carnaby Street es que quienes fueron jóvenes en los 60 y los 70 ya están rondando el llamado séptimo piso. En aquellos años se rebelaron contra los trajes propios de los adultos. Llegaron los 80, los 90 y seguían por ahí con sus chaquetas de bluyín, sus mochilas arhuacas, sus pashminas, sus bufandas de seda y llamativas colas de caballo porque, a pesar del avance de las calvas y las canas muchos de ellos aún hoy se niegan a cortarse el pelo como símbolo de rebeldía juvenil. En las mujeres, algo similar. Faldas hindúes, suéteres de lana cruda, collares y aretes multicolores, plumas, chaquiras...

Y está el tema del fútbol. A muchos sesentones todavía nos da por ponernos camisetas y chaquetas de diversos equipos y selecciones nacionales de fútbol. Eso puede llegar a ser muy terrible en un país habitado por seguidores de la Selección Colombia, puesto que cobra especial dramatismo aquello de que “el que de amarillo se viste a su belleza se atiene”. Y lo que ve uno en la calle relacionado con el uso que le dan algunos adultos mayores a la camiseta del combinado patrio es de veras alarmante. ¿Volverá a haber una época en que las personas de más de 30 y 40 años se limiten a los vestidos de paño y los sastres? No me atrevo a asegurarlo. Lo único que sé es que a mí, para bien y para mal, me tocó vivir una época en la que no me da pena salir a la calle con una camiseta de Costa de Marfil. (Continuará).

*Periodista y escritor. Miembro del consejo editorial de Bienestar Colsanitas.

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