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confinamiento

Bien mirado

Ilustración
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El primer domingo de confinamiento, luego del decreto de aislamiento preventivo obligatorio a finales de marzo de 2020, me asomé a la ventana de mi habitación para ver cómo el mundo se detenía. Era el final de la tarde pero la calle estaba tan quieta, vacía y silenciosa, que parecía un amanecer. Miré hacia el edificio de enfrente y vi las luces de algunos televisores, cortinas cerradas, siluetas pasar y a una niña bailar en el pequeño balcón de su apartamento. Algo en esa escena me perturbó: estaba encerrada indefinidamente en medio de una pandemia y a pesar de todo, bailaba. Pensé: la vida sigue. Saqué el teléfono y la grabé. Fue el primer video de muchos más, porque la vida seguía, de día y de noche, y por las ventanas se aparecía, no cesaba, se rebosaba y cualquier acción cotidiana se convertía en un acto de resistencia.

Los siguientes meses de encierro los pasé asomada por las cinco ventanas de mi apartamento y publiqué en Instagram cientos de escenas de esa vida-novida que seguía a pesar del virus, esa cosa-nocosa. Era como si me hubiera quedado encerrada en el afuera. Había de todo: vendedores ambulantes de frutas, tamales y helados; parejas sin tapabocas que se besan, una señora que le tira piedras a un gato y otra que cruza una verja al escondido con un plato de comida; niños que juegan en una cancha cerrada con cinta amarilla, perros que cagan y vecinos que llenan bolsas de mierda; grupos de mariachis, dúos desafinados y solistas borrachos; peleas, estornudos, ladrones y aguaceros; gatos callejeros, tórtolas, ambulancias y helicópteros; recicladores, transeúntes, repartidores, vigilantes, bailarinas, paseadores de perros, taxistas, deportistas y barrenderas. 

Pasaron los meses, lentos y raros. Un día apareció un cartel de Se Alquila en la ventana diagonal al balcón de la bailarina. Poco tiempo después, ya había plantas en el balcón y otra niña se asomó. Las nuevas vecinas se hicieron amigas y comenzaron a hablar de balcón a balcón, a jugar y pasarse cosas con una cuerda larga. En el último video, cuando levantaron el confinamiento, aparece una dentro de una carpa rosada en forma de castillo y la otra, la de la casa arriba, en un cambuche hecho con cartones y plásticos. Se habían refugiado juntas, cada una por su lado, de ese mundo incierto. 

Me alejé de las ventanas y salí de nuevo a las calle, pero algo había cambiado. Miraba el barrio con otros ojos y ya podía reconocer a algunos vecinos: aquel es el de la torta con globos, aquella es la que roba mangos, esa es la que fuma en las escaleras, él es el metalero, ella es la señora necia. A la señora necia la seguí bastante. Tiene unos setenta años y durante la pandemia tenía el pelo rojo desteñido y se la pasaba en la calle tomando tinto y fumando en horas prohibidas. En un video aparece entregando una camiseta  a un ladrón descamisado que la policía lleva esposado. Hace unos meses me la encontré en la tienda. Estaba calva, con el cráneo brillante y seguía haciendo de las suyas. Después de eso, dejé de verla por un buen tiempo y me pregunté si seguía con vida. Hace poco la volví a ver. Le había crecido el pelo como un algodón de azúcar blanco y charlaba con los taxistas de la esquina. Me alivié. De tanto mirarla, esa extraña se me ha vuelto familiar y es como si ahora su existencia me importara.

Durante la pandemia tuve más tiempo para mirar y sentir que yo era una pieza de algo más grande. La muerte, el miedo y la fragilidad me acercaron a los demás y al mirarlos pude reconocer su existencia. En esos meses de voyeur, en los que fui testigo de tantas escenas tiernas, inquietantes, divertidas, abrumadoras, tristes y surreales, me di cuenta de que no era que pasaran más cosas, sino que al quedarme quieta por fin pude mirar con atención, y esas pequeñas acciones y gestos cotidianos revelaron la complejidad de la vida y la naturaleza humana. 

Mirar significa admirar, ver con agrado. Es un verbo que se puede usar de diferentes maneras y sirve para observar, tener en cuenta, atender, juzgar, inquirir, cuidar, considerar y meditar. Deriva del mirus, la raíz de maravilla, de milagro y de mirilla, esa pequeña apertura en una puerta. Percibo esa época de la pandemia como algo remoto, casi un sueño olvidado. En estos últimos años en que hemos vuelto a las calles, volví a vivir hacia adentro y algo de esa curiosidad se apagó, pero quiero seguir mirando como si el mundo se fuera a acabar.