La soledad de los otros

Por: / Ilustración: Jorge Carvajal / Agosto 2021

En la vida existen las más variadas soledades: las hay oscuras y tenebrosas, llenas de desolación y desventura. Pero hay también una soledad feliz: la de aquel que encuentra la mejor compañía en sí mismo.

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H

ace varios años, cuando mis hijos tenían trece y nueve años, los invité a Medellín, como casi siempre lo hacía en vacaciones de diciembre, a visitar a la familia: los abuelos, las tías y los tíos, las primas... Y por primera vez se rebelaron en contra del viaje.

—¡Pero si todos los años vamos y pasan muy rico! —les dije

. —Sí —fue el comentario unánime de ellos—, pero este año no queremos ir

. —¿Por qué? —insistí.

—Porque estamos cansados de Medellín —fue su respuesta.

Y ante mi curiosidad por saber las razones de su cansancio, enumeraron tres puntos para ellos esenciales: uno, “la policía familiar”; dos, “casi todas las conversaciones llegan de manera rápida al tema del dinero”; y tres, “allá nadie vive solo”.

—¿Policía familiar? —balbuceé.

—Sí —dijeron ellos en coro. Y agregaron: —No se puede ir a ningún lado sin que alguien pregunte ¿para dónde vas?, ¿con quién?, ¿quién te va a llevar?, ¿por qué vas solo?, ¿a qué horas vuelves?, ¿quién te va a traer? y un largo etcétera.

Punto para ellos. Sobre el tema del dinero hicimos una apuesta que giraba en torno a esta pregunta: ¿cuántas frases se demora en general un paisa para llegar al tema del dinero? Mi hijo mayor dijo que a la tercera o cuarta frase; mi hijo menor, que a la séptima, y yo dije que después de la décima. Bastó que mi hermano, al entrar a la casa de mis padres, preguntara qué estábamos haciendo y yo le respondiera “un lomito”, para que él inquiriera al instante dónde lo había comprado y cuánto me había costado, y al oír mis respuestas dijo con suficiencia que él tenía un carnicero que se lo vendía de mejor calidad y mucho más barato. Mis hijos estallaron en carcajadas y mi hermano todavía no sabe por qué. Perdí la apuesta y ganó mi hijo mayor, por supuesto, porque diálogos así se repitieron con regularidad a todo lo largo de nuestras vacaciones. Otro punto para ellos.

El tercer punto quedó dando vueltas en mi cabeza mientras trataba de encontrar dos o tres nombres de amigos o amigas que vivieran solos en Medellín, como muchos de mis amigos y amigas que viven solos en Bogotá y en otras ciudades del planeta. Pero la lista no creció más allá de los dedos de mi mano, y tuve que reconocer que mis hijos tenían toda la razón y pronto me olvidé del asunto.

Ahora que estamos en plena pandemia, el tema de estar solo ha venido a visitarme de nuevo, esta vez sin la carga trivial y generalizada relativa a la forma en que encaran la soledad los antioqueños, o los otros o los de más allá. Y me hago una pregunta inútil y ociosa: ¿la soledad estará relacionada con el oficio al cual nos inclina el talento, el carácter y el temperamento?

Existen oficios que parecen destinados a la soledad, como el antiguo de cuidar un faro, el del guardabosques, el del astrónomo, el del bibliotecario, el del traductor, el del celador nocturno, el del camionero, el del filósofo o el del monje de clausura. Hay otros oficios que, por supuesto, nos predestinan a actuar en manada, como el de los deportistas, el de los políticos, el de los relacionistas públicos, el de los animadores, el de los militares y policías, el de los diplomáticos.

Es curioso, pero por más que he buscado, no encuentro ninguna frase o reflexión sobre la soledad que provenga de alguien que pertenezca al gremio de los comerciantes y negociantes, o de los vendedores y ejecutivos, o de empresarios e industriales, y tal vez la razón sea que para ellos la soledad no es rentable, no deja réditos ni es posible considerarla un valor o una inversión.

Por el contrario, basta abrir un libro de poemas o consultar los títulos de las novelas publicadas en los últimos cien años para encontrar la palabra soledad utilizada de mil maneras, hasta el delirio: poetas y escritores piensan, sienten y escriben en soledad, y Gabriel García Márquez llegó a decir que escribir era el oficio más solitario del mundo.

LaSoledadOtros CUERPOTEXTOExisten oficios que parecen destinados a la soledad.

En la literatura, como en la vida misma, existen, por supuesto, las más variadas soledades, algunas de ellas oscuras y tenebrosas, dignas de algún cuento de Edgar Allan Poe; pero también hay soledades y encierros propicios, como el que narra Borges en un poema sobre el autor del Quijote:

Miguel de Cervantes

Crueles estrellas y propicias estrellas

presidieron la noche de mi génesis;

debo a las últimas la cárcel

en que soñé el Quijote.

Hay escritores que nunca se sienten solos, por más solos que vivan, como el amigo Henry Miller, un ateo al revés, que algún día escribió de manera inspirada: “Nunca estoy solo. En el peor de los casos estoy con Dios”.

Algunos sienten que la soledad es un privilegio o una condición, porque en rigor ella es nuestro rasgo distintivo, como lo dice Darío Jaramillo en el poema número 13 de su libro De Amores imposibles:

Primero está la soledad,

en las entrañas

y en el centro del alma: ésta es la esencia, el dato básico,

la única certeza;

que solamente tu respiración te acompaña,

(…)

pero no olvides, especialmente entonces,

cuando llegue el amor y te calcine,

que primero y siempre está tu soledad,

y luego nada

y después, si ha de llegar, está el amor.

También existe la dura y triste soledad del que se siente “Como abandonado animal de caravana” del cual habla Álvaro Mutis en su poema “Moirologhia”, imagen misma de la desolación y la desventura. Soledad que no ha sido elegida, soledad del que ha sido aislado de la tribu, soledad del que anhela volver al redil de la manada.

Y entre todas ellas está la soledad feliz, ebria de sí misma, la de aquel que celebra su propia soledad y goza con ella, y encuentra compañía consigo mismo. Es la soledad de la que habla Juan José Tablada en un poema titulado “Li Po”, que fue escrito como si lo hubiera hecho el viejo poeta chino del mismo nombre, y en alguno de sus versos reza así:

Solo estoy

con mi frasco de vino

bajo un árbol en flor

asoma la luna

y dice su rayo

que ya somos dos.

y mi propia sombra

anuncia después

que ya somos tres

aunque el astro

no puede beber

su parte de vino

y mi sombra no quiere alejarse

pues está conmigo

en esta compañía

placentera

reiré de mis dolores

entretanto que dura

la primavera.

En fin, quién dijo miedo. La soledad debería vivirse sin temor, buscarse como un fin en sí misma, cultivarse como un largo monólogo o como un hondo silencio, y no para alejarse de los peligros y desgracias que nos acechan, tal como lo afirma Pascal en uno de sus pensamientos: “Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación”.

*Escritor y guionista colombiano.

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