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Cómo hablar con los niños sobre la muert

¿Cómo hablar de la muerte con los niños?

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Padres y cuidadores tienen el reto de hablar con los hijos sobre el final de la vida y enseñarles que está bien expresar sus emociones. Esta es una guía de uso práctico.

Los expertos dicen que lo más importante a la hora de hablar de la muerte con los niños, o enfrentar con ellos la pérdida de un ser querido, es tener en cuenta sus particularidades y el sistema de creencias de la familia. Llamar las cosas por su nombre, involucrarlos en la toma de decisiones y animarlos a manifestar lo que sienten, son estrategias muy útiles para acompañarlos en un proceso de duelo. 

Tres profesionales con experiencia en el tema ofrecen sus recomendaciones prácticas para afrontar el gran reto de hacer conscientes a los niños sobre el final de la vida. 

“La muerte es un tema muy estigmatizado y más aún si se trata de hablarlo con los niños. Pero como sociedad tenemos el deber de naturalizarlo, no esperar que ocurra la pérdida de un ser querido para mostrarles a los niños que la vida es finita”, dice Diana Marcela Ortiz, psicóloga educativa y miembro del Comité de Política Pública en prácticas parentales y crianza sin violencia del Colegio Colombiano de Psicólogos. 

A partir de su experiencia como docente investigadora, Diana Ortiz plantea esta lista de recomendaciones: 

Tener en cuenta su pensamiento concreto y literal

Los niños entienden las cosas tal como se les dicen porque en los primeros años no son capaces de comprender lo abstracto. Su mente se ubica inmediatamente en las imágenes tangibles, y poco a poco transitan hacia formas más complejas de comprensión. Por eso, hablarles sobre la muerte con la verdad es una parte fundamental del proceso. Tratar de disfrazarla con ideas como un sueño eterno o un viaje largo les puede crear expectativas incumplibles. Es mejor usar palabras sencillas, que formen parte del argot familiar y que los conecte con una realidad irreversible como la muerte. 

Tener en cuenta el enfoque diferencial

Cada persona tiene su temperamento, su sistema de creencias, un desarrollo biológico y psicológico distinto. Por eso, en la medida en que se conozcan las particularidades del niño, será más fácil hallar la forma idónea de abordar con él la noticia de una pérdida, la gravedad del estado de un familiar o la elaboración del duelo. 

Aprovechar oportunidades cotidianas para hablar de la muerte

La caída de la hoja seca de un árbol o la paloma muerta que se puede ver a menudo en el parque son hechos comunes que pueden servir de excusa para explicarles a los niños el ciclo de la vida. Y con un acompañamiento adecuado, se les puede dar respuesta a las preguntas que les surjan, sin que eso se traduzca en miedos o traumas.

Hablar del manejo de las emociones

En el proceso de crianza se debe explicar a los niños que es válido sentir tristeza, ira, frustración y confusión. También es importante que sepan que cuentan con sus cuidadores primarios o sus padres para ayudarles a manejarlo. Demostrarles que juntos pueden transitar cualquier episodio doloroso o incómodo que se presente. Y esa sensación de apego seguro será muy útil al momento de hacer frente a la pérdida de un ser querido. 

Trabajar juntos en la resignificación de dolor

Cuando muere una persona querida la primera idea que se viene a la mente es cómo llenar ese vacío, cómo reemplazar ese ser que fue tan importante en la familia. Aunque no se puede sustituir a una persona, se puede transformar el dolor. Para eso están las cajas de recuerdos, los rincones de homenaje, las reuniones para contar anécdotas. Usar lo simbólico es clave para canalizar los sentimientos.

Recurrir a la red de apoyo

En medio de una situación de duelo el contexto se vuelve difícil, especialmente para los niños. Los adultos muestran debilidad, irritabilidad, tristeza, poca disposición al juego, mientras ellos demandan la atención de siempre. Por eso es clave tener a mano gente de suma confianza dispuesta a darles un paseo, acompañarles a ver televisión o evitarles la participación extenuante en los rituales de despedida. Siempre teniendo en cuenta lo que ellos prefieran hacer. 

Advertir a su entorno más cercano

No se puede ignorar las implicaciones que tiene un duelo en los niños, por eso es importante permitirles retomar cuanto antes sus rutinas de colegio, pero se debe comunicar a su maestra y a la orientadora la situación que están atravesando para que también los acompañen en la gestión de sus emociones. 

Verlo como una oportunidad para fortalecer el apego seguro

Dentro de lo doloroso que puede ser prepararse para la muerte de un ser querido o atravesar un duelo, los responsables de la crianza pueden sanar sus propias infancias y  reparar aquellas zonas del recuerdo que les causaron daño. Este proceso permite fortalecerse y emplear las mejores estrategias posibles para que los niños no sufran las consecuencias de esos traumas y miedos que arrastran los adultos. Por los hijos muy bien vale la pena.

Informar a los niños sobre la pérdida de un ser querido

La forma como se le comunica a un niño la muerte de un ser querido es determinante, tanto como lo es para los adultos. Lo ideal es que quien se encargue de esa difícil tarea sea alguien con quien el niño tenga una relación muy cercana, soportada en la confianza. Que se emplee una voz dulce, serena, capaz de transmitir la calma necesaria en ese momento. La recomendación es responder sus preguntas y su incertidumbre con ternura y gratitud. Decir las cosas en el lugar adecuado. Defender un espacio íntimo, donde el niño pueda expresarse sin sentir vergüenza, hacer preguntas y manifestar las emociones que le van surgiendo”, comenta Gloria Soto, psicóloga y directora de la Red de Vida del Grupo Gaviria, una organización con más de 30 años en el negocio funerario. Estos son sus consejos:

Mostrarse vulnerables y sensible delante de los niños

Los adultos no deben temer que los niños los vean llorar porque la tristeza, la rabia, la frustración son emociones que desatan llanto y la manifestación no es solo necesaria sino sana. Es una posibilidad para decirles, a partir del ejemplo, que las situaciones que nos agobian y nos duelen pueden cambiar nuestro estado de ánimo y es muy válido expresarlo. 

Evitar que les llegue la información por azar

No se trata de abordar la noticia de la muerte a las carreras, pero es importante que la conversación con los niños no se posponga demasiado porque ellos perciben el ambiente diferente, las caras afligidas, la alteración de las rutinas, y es su derecho saber lo que pasa para procesar la información junto con todos los demás integrantes de su grupo familiar. En estos tiempos de redes sociales, hay que evitar que se enteren por Facebook o Instagram

Hacerlos partícipes de los ritos de despedida

La idea es que haya control en la permanencia de los niños en los actos velatorios, el entierro, la misa, la oración. Es una decisión que surge del seno familiar, pero es importante tener en cuenta la opinión de los niños, su preferencia. Preguntarles si quieren ir y no obligarlos a permanecer demasiado tiempo. Para eso hay que coordinar con la red de apoyo de tal manera que la jornada no sea para ellos ni obligatoria ni extenuante. También es recomendable prepararlos con respecto a lo que se van a encontrar en esos rituales de despedida: la gente llorando, vestida de luto, un ataúd, velas, flores, en fin, un ambiente fuera de lo que les es común. No llevarlos de sorpresa porque les puede generar impresión y miedo. 

Regresarlos pronto a sus rutinas

Que los niños no sientan que se perdió el control y todo es un caos. Por el contrario, hay que hacerles sentir que, pese a la pérdida, siguen estando protegidos. Entonces permitirles retornar pronto a su colegio, respetar los horarios de sus comidas, privilegiar el momento de su sueño y procurar actividades lúdicas y recreativas. 

Recurrir a actividades evocativas

Organizar con ellos un espacio para colocar en la casa objetos que les recuerdan al ser querido fallecido, elaborar un álbum artesanal, hacer una composición artística con material reciclado de cosas que les recuerdan a esa persona. Se trata de evocar momentos bonitos, teniendo en cuenta la disposición y las preferencias que pongan de manifiesto los niños. 

Anticipar el momento de desprenderse de los objetos

No es buena idea ignorar la voluntad de los niños cuando se tomarán decisiones que les pueden afectar emocionalmente.  Por eso es importante advertirles que es necesario regalar, donar o darle un nuevo uso a las cosas materiales que dejó la persona fallecida y hacerlos partícipes del destino final que se le darán a los artículos.

Descartar el complot del silencio

Ocultarles la tristeza, no hablar de la ausencia, de la pérdida y del dolor es también una forma de decirles que cuando las cosas marchan mal es mejor estar callados. Es hacerles pensar que las personas deben aguantar en soledad los sentimientos de angustia y frustración que pueden estar asociados a la muerte. Cuando, por el contrario, se necesita que ellos aprendan a expresar sus emociones y a buscar ayuda en los adultos para controlarlas. 

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No hay tiempos estipulados para superar el duelo

“El duelo por muerte se vive, generalmente, en un núcleo familiar o en un grupo de amigos que pierde un ser querido y en muchas ocasiones hay niños que también resultan afectados por la noticia. Es común oír que el duelo tiene varias etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Pero no empieza igual en todas las personas, ni hay tiempos estipulados para cada etapa, no se expresa de la misma forma y tampoco se sabe cuándo tiene que terminar. 

En los niños depende mucho de las edades, porque entre los cuatro y los siete años de edad apenas están empezando a gestionar sus emociones. Pero entre los ocho y los 12 años ya son más conscientes de las implicaciones que tiene la muerte de alguien que quieren y pueden tardar más en superarlo”, dice Lina Gómez, neuropsicóloga del programa Versania Cuidado y Vida de Keralty.

Lina Gómez también hace sus aportes para que los adultos sepan qué hacer:

Lidiar con el dolor propio

Para poder brindar apoyo a los niños en momentos en los que hay que lidiar con la muerte de un ser querido, hay que trabajar en la gestión de las emociones de los adultos que los acompañan. No se trata de ocultar lo que se siente, sino de explicarles amorosamente a qué se debe la tristeza o la rabia. Delegar tareas en la red de apoyo es también una forma de autocuidado durante el duelo, y esto mejorará las capacidades del adulto para ocuparse de las necesidades de los niños. 

Transformar la muerte en ideas de fácil comprensión

Hablarles en “su idioma” sin subestimarlos. Emplear un lenguaje sencillo permitirá que los niños se hagan una idea real de lo que está pasando. Y explicarles, por ejemplo, que la muerte en sí no duele a quienes fallecen, pero sí produce dolor emocional y hasta físico en quienes asumen la pérdida.

Ofrecerles ayuda

Hacerles saber constantemente que cuentan con otras personas dispuestas a apoyarles, escucharles e, incluso, a explicarles lo que sienten.  Abrir la posibilidad de que hagan cualquier pregunta que les surja, que expresen lo que les acongoja y que encuentren juntos maneras de enfrentar la ausencia del ser querido. 

Estar atentos a las señales de alarma

Considere buscar ayuda profesional cuando el niño permanezca durante mucho tiempo con “conductas mal adaptativas”, tales como afectaciones del sueño, cambios en sus rutinas de alimentación, irritabilidad, aislamiento, poca motivación, agresividad, incontinencia nocturna, dificultades para concentrarse, apatía o actitudes autodestructivas. Los psicólogos y los psiquiatras están preparados para ayudarles a transitar nuevamente a la normalidad.

Karem Racines Arévalo

Es una periodista colombo-venezolana egresada de la Universidad Central de Venezuela. Llegó a Bogotá en 2011 para escapar de la confrontación política de su país. Después de vivir en la capital colombiana cinco años, decidió mudarse cerca del mar, que tanta falta le hacía, y desde hace dos años vive en Santa Marta. Es docente de periodismo en la Universidad del Magdalena y en la Sergio Arboleda. Es colaboradora frecuente de la revista Bienestar.