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Por: / Ilustración: Luisa Martínez / Enero 2022

Contrario a los computadores y teléfonos celulares, nuestro cerebro se demora cada vez más en cargar la información que necesitamos al instante.

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ómo cambia de rápido la vida. Hacia 1981 los primeros computadores personales contaban con procesadores muy lentos y aparatosos, como el Intel 80286, que permitían tareas más bien limitadas. Al popularmente denominado “286” (se pronuncia “dos ochenta y seis”, ¿recuerda?) lo reemplazó pronto el 386, un poco más potente. En 1989 llegó el 486, con avances tecnológicos que le permitían trabajar al doble de velocidad. Ya en 1993 apareció el Pentium, del que conocimos cuatro versiones a lo largo de aquella década y el comienzo del nuevo milenio, y en 2006 aparecieron los procesadores dual core. Los microprocesadores modernos, como el Core i7 (copio de Wikipedia como un loro, sin entender muy bien de qué hablo), “son mucho más capaces y veloces, trabajan en arquitecturas de 64 bits, integran más de 700 millones de transistores y pueden operar a frecuencias normales algo superiores a los 3.000 megaherzios”. 

A mi cerebro le ha sucedido lo mismo. Solo que al revés. Por allá en 1981 tenía una capacidad de procesamiento de datos equivalente a cualquier dual core. Hoy sus especificaciones apenas pueden compararse a las de un 286. Y eso siendo optimista.

 La famosa frase “tan rico que era cuando podíamos hablar de corrido” sintetiza esa progresiva lentitud que ha ido ganando mi cerebro para procesar datos relacionados con la memoria. Cada vez más a menudo se me pierden las palabras. Esa ventana de computador que dice loading cuando se carga algún programa, en mi cabeza cada vez se demora más en llenarse.

 Y eso se manifiesta a diario cuando me encuentro con alguien que veo ocasionalmente o veía con frecuencia en el pasado, y no reconozco al instante de quién se trata. Sé que muy probablemente esa persona trabajó conmigo o compartimos en algún viaje o reunión, y notengo ni idea de dónde o cuando la conocí. Cuando veo ese tipo de rostros familiares que se me acercanentro en pánico. ¿Quién es? ¿Cómo es que se llama? (Y mi cerebro: Loading... 2 %.)

ColumnaEduardo156 CUERPOTEXTO

 —¡Hola, Eduardo! ¿Cómo estás? Hacía rato no te veía...

 —Hola —balbuceo con una sonrisa que delata mi pánico. (Loading... 17 %.)

 —¿Qué más de cosas? ¿Sigues escribiendo?

 —Sí, ahí sigo (Loading... 44 %). 

—Por ahí te he visto en televisión...

 —Ah, sí, claro (Loading... 53 %).

 Y mientras tanto estoy pensando: Pucha, ¿cómo es que se llama? ¿Dónde fue que lo conocí? Por mi cabeza pasan los distintos lugares donde he trabajado, los viajes largos, el colegio, la universidad... y nada. Lanzo un salvavidas: 

—¿Y con quién se ha vuelto a ver? Cualquier nombre que me bote puede darme una clave. Esta táctica a veces surte efecto, pero muchas veces termino despidiéndome con un abrazo amistoso de esa persona que me cae muy bien pero que no pude ubicar. 

En algunas ocasiones tienen la bondad de decirme de entrada el nombre, seguido de un amistoso “¿Sí se acuerda de mí?”, y a veces también me aclaran que nos conocimos en tal lado. Ojalá todos se comportaran de esa manera. 

Pero otras veces esas personas aparecen de la nada en cualquier andén, saludan y, a quemarropa, sin anestesia, lanzan el peor de todos los desafíos: 

—¡Arias! ¡A que no se acuerda de mí! 

De la misma manera que los depredadores sienten el miedo de la presa, estas personas detectan la agonía que uno padece por dentro y se regodean de la angustia que genera no recordarlas. Queda uno como un zapato y se siente el ser más miserable y despreciable de la Tierra. Porque cuando uno no recuerda nombres de personas pasa por engreído, por petulante, por inmamable. Y eso me angustia mucho. 

En mi defensa podría decir que las personas cambian mucho y es imposible reconocerlas. A veces se da el caso, pero por lo general no es así. La triste verdad es que mi poderoso procesador Core i7 de 1982 se ha transformado en un obsoleto “dos ochenta y seis”. (Continuará).

 

*Periodista y escritor. Miembro del consejo editorial de Bienestar Colsanitas.

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