Depresión

Por: / Ilustración: Luisa Martínez / Junio 2021

La sensación de desasosiego parece común en los mayores de 65 años. El autor cuenta que estar en movimiento espanta los fantasmas del desgano y el desinterés.

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n tema ineludible cuando se llega a estas alturas de la vida es la depresión. “Año nuevo, vida nueva”, reza un alegre clásico bailable de la tradición decembrina. Sin embargo, el año nuevo llega con aumentos de tarifas en servicios básicos, nuevas leyes de financiamiento, amenazas de impuestos a la valorización, cuotas elevadas de tarjetas de crédito, gastos extras propios del guayabo postnavideño, y más encima, terminación inesperada del contrato laboral. Qué depresión. Y a todo eso debe sumarse el desasosiego que genera enterarse de los males que aquejan al país y al mundo.

Los anteriores son hechos concretos que generan sensaciones de malestar que nos bajan el ánimo y a veces nos invitan a tirar la toalla. Sin embargo, desde hace algunos meses una sensación de desasosiego que carece de una explicación lógica (o concreta) ha ido tomando más relevancia en mi vida. Ahora suelo despertarme angustiado porque sí. Me pregunto si ha valido la pena hacer tantos esfuerzos en la vida. Si todavía vale la pena luchar por esto o lo otro, si tiene sentido seguir vivo. Y a pesar de que un examen desapasionado de los hechos da como respuesta un no rotundo, mi parte emocional no parece del todo convencida por las conclusiones a las que llega la razón.

El estado del tiempo juega un papel determinante. Si el día es gris y oscuro, esa sensación puede permanecer varios minutos, incluso horas. En cambio, una mañana luminosa y con el cielo despejado suele borrar en cuestión de segundos el estado de angustia y desazón.

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Como yo apenas soy un primíparo recién ingresado a la universidad de la Tercera Edad, este tema me genera mucha incertidumbre. ¿Será que soy muy mimado y me quejo o angustio por cualquier cosa? ¿Qué es lo que me hace sentir así de abatido si aún tengo por delante proyectos y expectativas? ¿O será que la depresión ha comenzado a apoderarse de mí porque carezco de las herramientas necesarias para seguir afrontando el peso del mundo?

Como sucede con muchos términos asociados a la psiquiatría (paranoia, esquizofrenia, bipolaridad), depresión es una palabra que se utiliza de manera coloquial. “Me dio la depre”; “Otra vez perdió Santa Fe, qué depresión”. Y en muchas ocasiones a los que expresan que están deprimidos o angustiados no se les da la importancia que a veces sí requiere. Se les recomienda desde comerse un helado hasta vivir cada día de la vida sin pensar en el futuro.

Pero la depresión, el desgano y el desinterés que me provocan nimiedades o factores abstractos comienza a preocuparme. Por esa razón, me puse a leer un poco y encontré una cifra alarmante. Más de una cuarta parte de las personas mayores de 65 años sufren de depresión. A estas alturas de la vida, el desgano, el desinterés por muchas cosas, sentirnos inútiles, no darnos ningún valor personal y preocuparnos por la pérdida de capacidad adquisitiva, es cada vez más frecuente.

Varias enfermedades físicas comunes en la tercera edad como la hipertensión pueden llegar a afectar las conexiones neurológicas de las personas. Y es frecuente que a esas manifestaciones que se presentan en mayores de 65 años se las considere chocheras y no la consecuencia de un trastorno mental que requiere de atención especializada. Prefiero no hablar más de temas médicos que desconozco para no caer en errores inadmisibles en una revista como Bienestar. Lo que sí he descubierto es que esos estados depresivos que no tienen una causa aparente o concreta se solucionan o minimizan cuando realizo una actividad. Estar en acción, en movimiento, espanta esos fantasmas.

Apenas comienzo a chapotear en la orilla del mar de la Tercera Edad. Pronto sabré qué tan preparado estoy para afrontar esta etapa sin caer en el desánimo y, lo que es peor, en la dejadez. A esto último sí que le tengo pánico.

*Periodista y escritor. Miembro del consejo editorial de Bienestar Colsanitas.

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