Montaña rusa

Por: / Ilustración: Luisa Martínez / Abril 2021

Después de semanas de confinamiento ya no tengo una idea muy clara de mi propia identidad. Mi pasado parece ser parte de un sueño. 

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sta cuarentena ha reducido mis caminatas habituales a una diaria, muy corta, la de 20 minutos que nos permiten a quienes sacamos al perro. En estos breves paseos, y en una excepcionalmente larga que debí hacer para reclamar un medicamento en la sede de Cruz Verde de la carrera 15 con calle 97, lo que más me ha impresionado es el silencio. El peso del silencio me ha parecido más sobrecogedor que la soledad de las calles. En el jardín infantil de la casa de al lado una profesora de voz muy dulce dejó de cantarles a los niños. De tarde en tarde suena el motor de alguna moto o de un carro solitario que avanza a gran velocidad por la carrera 19.

Curioso. Cuando la vida transcurría de la otra manera daba lo que fuera por silenciar los pitos de conductores impacientes, el estridente motor de los bicitaxis, los altavoces de los perifoneadores de pantallas para celular y mazamorra antioqueña, la música a todo volumen en los andenes para atraer clientes a los almacenes de ropa, los concesionarios de autos... Y ahora este silencio... Silencio que me llena de incertidumbre. ¿Qué clase de mundo es este? ¿Es real o es un sueño? ¿Cuánto durará así? ¿A qué precio?

COLUMNAARIAS MontañaRusa CUERPOTEXTO

En una cuarentena cambian de manera dramática las rutinas, las costumbres y muchos paradigmas. Baja la neurosis y la adrenalina de la vida de afán. Me miro en el espejo sin tanto apremio. Almuerzo a cualquier hora, por lo general bien entrada la tarde. Ejercito las memorias compartidas a través de los grupos de Whatsapp. Ya he aprendido a caminar en pantuflas en la cocina o en el baño sin resbalarme. Convivo con un leve exceso de cloro y de jabón. Miro los relojes con cierto sarcasmo. Ratifico una vez más que mi desorden tiene su propio orden.

Después de tres semanas de confinamiento ya no tengo una idea muy clara de mi propia identidad. Mi pasado parece ser parte de un sueño. Este encierro obligado es como vivir en otro país y en otra época.

Tanto silencio induce a la calma pero el exceso de calma es perjudicial para la salud mental. En esta paz, que llegó de la nada y a la fuerza, el tiempo parece suspendido. La vida transcurre como si se tratara de un eterno lunes festivo.

Esa calma calma, vaya paradoja, incrementa ese vértigo de sensaciones encontradas que nos llevan en cuestión de segundos de la desesperanza al optimismo, de la depresión a la esperanza.

Es una montaña rusa de sensaciones encontradas que nacen de la incertidumbre, de no saber casi nada. No sólo a causa de las toneladas de noticias falsas que nos agobian. También nos llena de incertidumbre no saber casi nada a ciencia cierta. Porque la información verificada, certificada y avalada por la ciencia con mayúsculas no siempre coincide. A ratos es divergente. Lo que era verdad un día al otro se transforma o se señala como falso.

Tanta incertidumbre, tantas posibles variables hacen que de vez en cuando nos preguntemos si habrá futuro. Y si lo hay, ¿cómo será ese futuro? Porque también nos bombardean día y noche con la muletilla “nada volverá a ser como antes”. ¿Qué pasará cuando esto termine? ¿Sobreviviré? Yo necesito que haya algún futuro. Al menos para mis hijas y mi hijo. Para mi nieta. Necesito que esta sensación de no futuro que a ratos me invade sólo sea un presentimiento infundado.

Porque también está presente el miedo. En estas semanas le he tenido mucho miedo a sentir miedo. Trato de ignorarlo. De disfrazarlo de “todo está muy bien” a punta de sesiones de videos de YouTube, de jazz, de reggae, de música africana. Pero el miedo sigue ahí. Como la música de fondo en un coctel o en una sala de espera. Casi nunca le presto atención, pero la verdad es que nunca deja de sonar. (¿Continuará?)

 

*Periodista y escritor. Miembro del consejo editorial de Bienestar Colsanitas.

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