Mi vida es la suma de mis decisiones

Por: / Ilustración: Julia Tovar / Mayo 2022

A lo largo de 20 años de carrera artística, he vivido momentos increíbles y he tropezado con situaciones desalentadoras. Sin embargo, siempre he asumido las consecuencias de mis decisiones. 

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Es paradójico decirles que me siento mucho más cómoda delante de una audiencia de 600 o 700 personas, que delante de este ordenador ahora mismo. Es curioso, una se esconde detrás de sus personajes. 

En 2020, antes de que empezara la pandemia, tuve la oportunidad de interpretar el rol femenino protagónico de “La obra que sale mal” (The Play That Goes Wrong), una comedia inglesa. Las funciones se llevaron a cabo cinco veces por semana durante ocho meses, sin contar  ensayos, en el Teatro Nacional La Castellana de Bogotá. El esfuerzo emocional y físico de una temporada tan larga y exigente es titánico, sobre todo si lo hace un solo elenco. Pero el público es la recompensa. Incluso en un día horroroso trabajas con la emoción que tienes, te paras en el escenario y él te sana. Lo das todo por quien ha venido a verte, ha pagado la boleta y no sospecha, ni tiene la responsabilidad, de tus sentimientos en un mal día. Así es que dejas tu vida aparcada en el garaje del teatro, cuelgas tu vulnerabilidad donde dejaste colgada tu ropa, y transformas tus emociones mientras calientas el cuerpo y la voz en la soledad del teatro vacío o a media luz en el camerino.

En todas las obras que hago en teatro, y durante mis papeles en pantalla chica o grande, siempre me entrego y cumplo con mi rol. Lo doy todo. Debo aceptar que con esta columna… Me está costando. 

Cuando una tiene un mal día en el teatro, hermosamente y dependiendo de la gravedad de los sucesos que escondes detrás de tu maquillaje, están los abrazos de tus compañeros, colegas de profesión o técnicos, que han pasado por lo mismo, que entienden el código y que saben que en esos momentos, además de darte las líneas correctas, deben hacer un esfuerzo extra para levantarte. A veces esos compañeros te dan palabras bonitas, otras veces miradas cómplices o vasos de té o café. Si tienes suerte, un masaje para la tensión muscular, una velita o algo de incienso, una manta o un mantra, rituales, gestos que aparecen y desaparecen entre una y otra escena. 

Cuando empecé esta columna sentí y pensé que en las letras escritas podría encontrar el mismo cobijo que encuentro en las palabras dichas o en las acciones interpretadas con precisión, pero no fue así. Quizás porque esta vez no puedo ver a los ojos al público, no puedo esquivar las luces con un gesto de marinero, mano en la frente para mirar el horizonte en un mar de butacas. No es lo mismo estar frente a un computador escribiendo que estar tratando de enfocar, desde el escenario, a algún amigo o algún ser querido que con un gesto, como una estrella en una noche oscura,  te sirve de hoja de ruta, de guía. 

Es que una cosa es la vulnerabilidad detrás de un personaje y otra cosa es la tuya propia detrás de esta pantalla.

Esta columna empezó con muchas ideas. Llegaron imágenes y situaciones de estos 20 años en los que  decidí que mi vida se basaría en exponerme y pensé: ¿Qué de esta experiencia de vida de la que me compongo puede ser útil para otras personas? Pensé en mi padre dándome ánimo en el suelo de casa mientras me sentía derrotada a mis 14 años, llena de sueños lejanos. Pensé en mi madre cosiéndome los vestuarios para las funciones de la escuela de teatro. Recordé la vez que a mi hermano le tocó sacrificar ir a ver a Roger Waters por ir a verme cantar en Caloto, Cauca. Pensé en todos aquellos que me apoyaron y en aquellos que me hicieron más fuerte a razón de hundirme con argumentos melodramáticos. 

Recordé los vestidos que te prestan para los estrenos o las alfombras rojas, y que ya quisieras que te regalaran pero que después no sabrías dónde colgar con tantas capas de telas, volantes, velos. Llegaron a mi mente (y se aparcaron) limusinas que te recogen a la vuelta de los palacios en donde se celebran entregas de premios, y que te dejan en la puerta, para luego, como un ciclo interminable, recoger a unos y dejar a otros, recoger  a unos y dejar a otros, como una analogía de la vida misma. 

Escuché a mis compañeras hablar sobre sus luchas contra la edad, cuando aún las velas de mi pastel eran pocas y no sospechaba el peso que tendrían en el futuro. Pensé en aquellas que tuvieron que domar el monstruo de la autoestima que les reprochaba frente al espejo por falta o exceso de peso. Pensé en la dificultad de los horarios laborales (para la maternidad, la pareja) de esta mágica profesión de naturaleza episódica e inestable.

 

Maria Cecilia Sanchez

Y al final de esta vertiginosa retrospectiva de extraños eventos en hoteles de lujo o de capa caída, me encontré conmigo misma. Me encontré con esta convicción que me ha acompañado siempre, con mi belleza… la mía y solo mía, con la que nací, para unos mucha y para otros poca, nada más subjetivo que eso, y aún así algo que me ha costado tanto defender.

A mis 22 años un comité de muy importantes de la industria, sentados en un salón detrás de una larga mesa, me puso en bandeja de plata la opción de protagonizar un seriado en la franja estelar. Había solo una condición: “Si quieres protagonizar, debes ponerte prótesis“, dijeron. “Pero no te preocupes, nosotros te las pagamos.“ Evidentemente no protagonicé ese seriado, y en este oficio como en todos, cada decisión te pasa la factura.

Hoy sonrío, siento y pienso que los tiempos han cambiado, que la democratización de la imagen a la que nos invitan las redes sociales (en las que cada persona tiene una vía de acción y comunicación si así lo desea) ha logrado que los discursos sobre la identidad, la escogencia y la estética estén a la orden del día. Obvio, siempre existirán las cortinas de humo, los mundos ilusorios en Instagram y los estereotipos de belleza. 

No tengo nada en contra de las cirugías estéticas, estoy a favor de todo lo que le haga bien al que lo necesite. Pero siempre sentí que era un exabrupto irresponsable como requisito para mi trabajo. A lo largo de mi carrera, y como si en el mundo real las ojeras o los pechos pequeños no existieran, en este universo latino del que vengo, he tenido que usar rellenos casi en la mayoría de mis personajes, y he visto a directores de fotografía sufrir iluminando mis ojos. Siempre me pregunto: ¿Con qué responsabilidad las cadenas de televisión, las productoras o los productos establecen imágenes con las que pretenden que el gran público se identifique o se reconozca?

Yo nunca me he operado, no hasta ahora, y por razones muy concretas. Consideraría un quirófano si mi vida dependiera de él. La última vez que estuve en uno viví una pérdida irremediable que me ha costado años sanar, y eso me bastó para quererlos apartados de mi vida.

También pienso que a mi personalidad le cuesta la dependencia, me cuesta visualizarme en largas y periódicas jornadas de mantenimiento, no tengo tiempo mental para ello. Al final del día, al poner mi cabeza sobre la almohada, pienso en mis últimos días y me digo que siempre he soñado con entregarme al fuego o a la tierra de manera biodegradable. No quisiera que al pasar mis restos de un cajón a una pared tuvieran que pasar también, junto con mis huesos vallecaucanos de ancestros paisas, unas piezas Polytech de procedencia alemana. Pero esa soy yo, lo que haga el resto del mundo consigo mismo no solo lo respeto, sino que lo celebro. 

Cierro esto y no hay un aplauso en el público, no pretendo que lo haya, pero cuando pienso en aquellos años y en mis decisiones, sé que algo hice bien. Aquellas personas importantes que en su momento habitaban ese salón y esa larga mesa, hoy me miran a los ojos con respeto y luego asienten con una pequeña sonrisa.

Saberse aceptar cuesta, saberse ver cuesta, y defender tu terreno cuesta el doble. Pero si logras verte como realmente eres, entonces serás visto. Recorrerás el mundo ofreciendo la simple belleza de lo que estás hecho, sin miedo. Y lo que es más importante aún, recorrerás tu propio sendero. Que las decisiones que tomes respeten siempre tu esencia. 

*María Cecilia Sánchez es actriz, bailarina, diseñadora de accesorios (de vida y escena). Vive y trabaja entre Madrid, España y el centro de Bogotá. Sueña con dirigir sus propios proyectos escénicos cinematográficos y dedicarle más tiempo a la música.

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