Lo que aprendí sobre el placer y el consenso

Por: / Ilustración: Julia Tovar / Septiembre 2022

Algunas prácticas eróticas vistas como “no convencionales” nos pueden mostrar protocolos muy útiles para tener relaciones sexuales más seguras y placenteras.

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¿Qué tienen en común un arte marcial diseñado para inmovilizar prisioneros de guerra y el placer? Hace poco descubrí que mucho. De hecho, aprendí que ese arte marcial me puede hacer sentir más confiada y contenida que como me siento durante un encuentro normal y corriente en mi propia cama. Una de las ironías de la vida. 

Llegué a esta conclusión al salir de un taller introductorio al Shibari. Los orígenes del Shibari vienen del Hojōjutsu, una de las 18 técnicas de lucha en que se instruía a los samurai en Japón para torturar a través de nudos y amarres a sus enemigos. Hacia finales del período Edo (1603-1868) se registran las primeras ilustraciones que asocian el uso de las cuerdas con fines eróticos. Se dice que llega a occidente a través de las novelas gráficas y encuentra su espacio de práctica en los aficionados al BDSM (Bondage, Disciplina; Dominación, Sumisión; Sadismo y Masoquismo).

Si bien estas siglas evocan preferencias sexuales algo polémicas o excéntricas, el protocolo es bastante sofisticado y promete una experiencia placentera, sin lesiones físicas ni psicológicas. Generalmente, entre practicantes, es prioridad comunicar preferencias y negociar ciertas reglas de seguridad antes de cualquier intercambio.

Anhelaba hace mucho vivir esta experiencia pero también me intimidaba. Por eso elegí personas de confianza: mis compañeras de danza contemporánea. Dos mujeres con las que he transitado hace un par de años una profunda exploración con el cuerpo e, inevitablemente, también compartimos una cantidad de anécdotas íntimas y varias tragedias amorosas como mujeres heterosexuales en este “sálvese quien pueda” que puede llegar a ser la soltería después de los treintas. 

Para las tres era prioridad encontrar un espacio seguro, alejado de la “hetero-normatividad”, o simplemente libre de coqueteos. Queríamos curiosear cómodamente nuestra sensualidad, alejadas de la presión que nos genera la atención masculina. Así llegamos al espacio de un colectivo feminista que ya conocíamos y que casualmente ofrecía este curso. 

Nos encontramos con un lugar ocupado principalmente por mujeres y personas no binarias, en las que definir el tipo de relación sexo-afectiva no era algo relevante. Y acá me vino otra revelación que ya se me había asomado con la danza: Es posible explorar los sentidos con otros cuerpos, sin que exista una implicación sexual o romántica necesariamente. Es un contacto por simple placer, simple juego.

Las duplas se formaron y los roles se definieron orgánicamente. Era evidente que una de mis compañeras, por su temperamento fuerte y su proactividad para casi todo, sería la “dominante”, la que me amarraría. Yo tenía pereza para concentrarme en las rigurosas instrucciones de los nudos y estaba encantada de ser “la sumisa”. Mi mente perfeccionista y ansiosa se pone en pausa cuando me alejo del trabajo y las obligaciones diarias. Y mi cuerpo flexible y dócil siempre está dispuesto a probar sus límites. No me venía mal entregarlo voluntariamente a otro cuerpo.

La luz suave de la mañana entraba por las amplias ventanas y dos gatos enloquecidos por las cuerdas de algodón brincaban entre nosotros. Las maestras nos enseñaban un mapa del cuerpo para evitar pisar nervios o generar dolores. Entre risas, también se escuchaban suspiros liberadores de tensión y ciertas frases: “¿Estás bien?, ¿se siente muy apretado?, ¿te duele?, ¿te gusta?” Nos cuidábamos en el recorrido de este nuevo terreno. 

Un doloroso contraste se reveló ante mí cuando recordé la noche anterior. Había ido a un bar y un hombre escupió mi chaqueta porque me negué a bailar con él. También llegó a mi memoria ese último amante ocasional al que casi le rogué usar la protección básica para cuidarnos de un embarazo o de contraer una ETS. 

Placer y consenso bienestar

¿Cómo es que una se acostumbra a vivir con estas violencias cotidianas en la calle o en la cama propia? ¿Y cómo es que estos contextos “menos convencionales” y generalmente estigmatizados llegan a ser más amables y seguros? 

Los nudos se hacían cada vez más complicados entre tazas llenas de infusión de Flor de Jamaica y cacao. Mi compañera ató mis piernas desde los muslos hasta los talones formando una “cola de sirena” perfectamente simétrica. Al soltar mis extremidades las marcas en la piel parecían impresas como con un sello de diseño delicadamente tallado.

Luego mi atadora me transformó en un capullo de mariposa, amarrando mi torso y cabeza junto a mis piernas cruzadas en “postura de indio”. Sentí una suave pero taladrante oleada de euforia cuando vi una gota de sudor salir entre el doblez de mi rodilla. No podía moverme, pero justamente esta postura “forzada” me obligaba a poner todo el foco visual en un pequeño detalle de mi cuerpo lleno de vida, aún en su máxima inmovilidad. 

La primera razón por la que amé al Shibari fue su dimensión estética. Gravité hacia el poderoso efecto visual de las cuerdas y los nudos sobre la piel y cómo la diversidad de cuerpos se manifiesta desde este arte casi teatral con sus distintas formas, pesos, volúmenes, posiciones. 

La segunda razón fue ver la placidez de las caras en las personas amarradas (expresión que más adelante vi en mi propio rostro en las fotos que tomamos aquella mañana). Nunca había notado en mí una expresión parecida. No necesariamente denotaba un “éxtasis sexual”. Era una cara relajada, muy suelta, siempre con una sutil sonrisa. Empecé a imaginar en qué otras situaciones yo haría esa misma cara. Aún no puedo responder con seguridad. Amigos que vieron las imágenes dijeron que ellos se desesperarían sin poderse mover. A mí en cambio no me importaba absolutamente nada. Cada cuerpo es un misterio y eso es parte del encanto.

Al terminar sentí un cansancio delicioso y mucha hambre. Nos esperaba una mesa llena de nueces, chocolates y frutas. Nos rociaron una fragancia de hierbas y flores que las chicas del colectivo hacen. Cerramos con tranquilidad pero con la advertencia de observar cómo sentíamos el cuerpo y las emociones los próximos días. A eso le llaman post care o acompañamiento posterior: dar espacio para procesar la experiencia con el otro, ya sea conversando, con mimos, dejando al otro un momento a solas, lo que sea que esta persona exprese que necesita.

Pasados los días siento un poco de tristeza. Ha sido un largo camino practicando todo tipo de disciplinas: yoga, trekking, bicicleta, danza, acrobacias aéreas. Más de 20 años descifrando el lenguaje de mi cuerpo, buscando maneras cada vez más amables de hacerlo fuerte y armónico de movimientos. Y, sin embargo, esta experiencia me demostró que me falta mucho camino por recorrer para realmente tratarlo con honor delante de otras personas, defendiendo sus límites y deseos.

Nuestro cuerpo, que es nuestro auténtico territorio de autonomía, es constantemente malinterpretado, juzgado e invadido. La sexualización a la que estamos sometidos en todo momento nos aleja paradójicamente de nuestro cuerpo y los cuerpos ajenos. Nos obliga a centrar el sexo en la genitalidad, en esos patrones estéticos salidos de una película porno o de Instagram. ¡Y no somos eso!

Por esta razón, espacios como la danza, y este nuevo que se abre con el Shibari, se presentan como una posibilidad de retomar el contacto con los cuerpos desde nuevos lugares, más flexibles y espontáneos. Y a la vez más presentes, más atentos, con la inocencia que se siente ante el asombro de los descubrimientos.

Existen demasiados vacíos comunicacionales en las relaciones entre cuerpos. Aún en una época llena de términos como la “autogestión del placer”, los “lenguajes del amor”, lo “consensuado”. De la teoría a la práctica, hay una distancia abismal.

Vale la pena preguntarse, en nuestras relaciones estables y en los encuentros fortuitos: ¿Apartas un tiempo y espacio para negociar un intercambio erótico que se sienta realmente satisfactorio, justo, amable, humano, pero sobre todo seguro? 

Revisemos nuestras fantasías románticas y sexuales, reformulémoslas si es necesario. Recordemos que nuestro primer amor somos nosotras mismas. Y que somos dueñas de nuestro placer.

*Carolina Antonia Rojas es periodista audiovisual, vive en Bogotá y ama la danza, el yoga, la bici y, al parecer, ahora el Shibari.

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