Confiar implica aceptar algo incómodo: que no podemos controlar el resultado de lo que pase. Cuando algo rompe esa confianza, es natural levantar barreras para protegernos. Pero si el miedo ocupa demasiado espacio, también puede alejarnos de personas, experiencias y oportunidades que podrían transformar nuestra vida. En esta columna gráfica, la autora reflexiona sobre la vulnerabilidad, el riesgo de abrirse a los demás y la posibilidad de confiar incluso cuando no existen garantías.
Hay miedos que aparecen de golpe. Otros que se instalan poco a poco, después de una decepción, una herida, una pérdida o una historia que no salió como esperábamos. Entonces aprendemos a medir las palabras, a interpretar silencios y a mantener cierta distancia. No porque no queramos acercarnos a los demás, sino porque queremos evitar volver a salir heridos.
Durante mucho tiempo pensé que protegerme era la mejor forma de cuidar mi corazón. Solo después entendí que algunas de las barreras que construimos para defendernos también pueden alejarnos de las personas, experiencias y oportunidades que más necesitamos. Esta es una reflexión sobre el miedo a confiar y la posibilidad de seguir avanzando incluso cuando no existan garantías de los desenlaces.













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