Gracias a la vida ¡que me ha dado tinto!

Por: / Fotografía: Javier Mejía / Mayo 2021

El suroeste antioqueño es una tierra de larga tradición cafetera. Sin embargo, la forma de sembrar y comercializar el café viene cambiando aceleradamente en los últimos años, con el auge de los cafés especiales. 

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Hacia 1850 el café llegó a lo que se conocía como el Estado de Antioquia, principalmente al municipio de Fredonia y luego a Titiribí. Se esparció rápidamente por todo el Suroeste antioqueño, una fértil tierra formada por 23 municipios que se distribuyen en cuatro zonas enmarcadas por los ríos San Juan, Penderisco, Sinifana y Cartama. Los municipios son Amagá, Angelópolis, Fredonia, Venecia, Titiribí, Andes, Betania, Ciudad Bolívar, Hispania, Jardín, Betulia, Concordia, Salgar, Urrao, Caramanta, La Pintada, Montebello, Pueblorrico, Santa Bárbara, Támesis, Tarso, Valparaíso y Jericó. Producen cerca de la mitad de todo el café del departamento, 8 % de la producción nacional.

 

 

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El 97 % de las fincas que cultivan café en Antioquia son pequeñas parcelas con menos de cinco hectáreas. Estas familias, ante la angustia producida por los altibajos de los precios y la ambigua rentabilidaden la producción cafetera, han encontrado una salida en los denominados café especiales, granos que por su origen, procesamiento y características sensoriales únicas, se cotizan a buen precio en los mercados internacionales, lo cual representa mejores ingresos para esas familias. Asimismo, es notorio cómo el consumo del café cada día adquiere más elementos del modelo vinícola, gracias la experimentación, a los procesos de recolección, su fermentación, tostión e innovación a la hora de prepararlo. Como sucede con el vino, la especialización permite encontrar en el café una serie de características a la hora de degustarlo: fragancia, aroma, sabor, acidez, cuerpo, dulzor y consistencia, entre otras.

 

 

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Hace diez años, Juan Carlos Gallego abrió el café Saturia en Jericó. Desde allí se dio a la labor de convencer a los campesinos de la zona para que crearan su propio café. Poco a poco, ha logrado que 36 familias tengan su marca propia. “Era triste, familias que llevaban 30 o 40 años produciendo café y nunca habían probado el café que sembraban”. Además, El Saturia ofrece el café La María, producido con fermentación controlada, una de las técnicas en las que Gallego lleva ya años experimentando.

 

 

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Don Gabriel Salinas y su esposa, Estela Castro, viven en su finca La Leonita, que da nombre a su café. Orgulloso del grano que produce y apasionado por las plantas medicinales, también ofrece el tour del café, donde los turistas juegan a ser campesinos cafeteros y disfrutar luego un buen café: “A los gringos y europeos les encanta la experiencia de recolectar café”, dice con simpatía.

 

 

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“Yo con yo, paso muy bueno” dice Gonzalo Henao, quien se autodefine como campesino de verano, pues no se levanta antes de las 9 a.m., y si está lloviendo, menos. “El Sisbén es el que dice que somos pobres, pero la pobreza está en la cabeza. La vida es un rompecabezas al que le faltan piezas, hay que aprender a vivir con las piezas que tenemos”, dice muy seguro Gonzalo. Vive con sus perros en su pequeña finca El Cascabel, donde produce el café Laberinto y el café Arrecho, el cual promociona con su “receta infalible”: “Tres tazas de café arrecho te suben de la cama al techo”.

 

 

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En la vereda Buga, de Jericó, está ubicada la finca El Carmelo, donde viven doña Elena Hernández y su hija. Hace cuatro años ellas se unieron a otras 30 mujeres madres cabeza de familia, con una hectárea o menos de tierra cada una, para crear una marca propia: Mujer del Campo. Doña Elena es una mujer dulce y risueña, pero frente a la cámara no se atreve a sonreír: su timidez se lo impide.

*Periodista y director de cine y televisión

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