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Senderismo en Colombia

Caminar para buscar la tranquilidad

Ilustración
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Esta es la historia de cómo me embarqué en el anhelo de subir los tres senderos del Parque Nacional Natural El Cocuy. Un encuentro con la capacidad física de mi cuerpo, con la autoexigencia, el cansancio y el miedo.

Caminar. Esa acción constante, utilitaria, de la que no somos conscientes hasta que las condiciones externas, o del mismo cuerpo, la limitan, es una forma de estar presente entre los pasos y la respiración. Caminar por montañas en silencio es, para mí, una plegaria de profundo agradecimiento similar a la atención plena que la filósofa francesa Simone Weil compara con la oración. Se trata de estar presente, receptivo y disponible. Es un acto de misticismo en el cual la redención llega en forma de cumbres logradas y cumbres fracasadas porque es reconocerse en la fragilidad y la fuerza misma. 

Hace varios meses me embarqué en el anhelo de subir los tres senderos del Parque Nacional Natural El Cocuy, ubicado en la cordillera oriental de los Andes colombianos. Desear la tranquilidad, o buscarla, dio inicio a esta caminata algunos años antes. Un encuentro que, claro, no está en un lugar específico pero que la montaña como brújula ayuda a centrar. Como todas las búsquedas se acompañan de incertidumbre. Me cuestionaba si tendría la capacidad física para afrontar la altura, pero también la convicción necesaria para seguir caminando cuando el cansancio o el miedo aparecieran. Pero necesitaba atreverme. Conseguí un guía local, comprometí mi dinero con él, como una maniobra para sellar un compromiso conmigo mismo.

Caminar por montañas en silencio es una plegaria de profundo agradecimiento, similar a la atención plena, que nos invita a estar presentes.

Las bases del compromiso se fueron consolidando con tareas, como caminar cinco kilómetros todos los días por la carrera Séptima de Bogotá y algunos otros ejercicios de fuerza (con pesas) para fortalecer piernas, rodillas y flexibilidad, algo fundamental para los descensos. Hacer ejercicio y comer saludable es de esas metas que renovamos todos los años de forma automática, pero para mí, recientemente, responden a una forma de ser y mantenerme fuerte, útil y capaz. Este año he contado con el acompañamiento de un profesional con quien decidí entrenar una herramienta vital para conseguir mi objetivo: la constancia.

Mirar el reto a los ojos

Desde Bogotá hasta el municipio Güicán hay casi 400 kilómetros. Ocho horas de viaje por carretera. El aeropuerto más cercano es el de Tame (Arauca) pero si la ruta se hace en avión luego habría que sumar otros 200 kilómetros de carretera entre las montañas de Boyacá, hasta llegar a la Sierra Nevada de Güicán, El Cocuy y Chita, en el municipio de Güicán, donde se concentra la mayor parte de la masa glaciar del nevado, aunque el parque fue bautizado oficialmente como El Cocuy. Una forma sencilla —y quizás más justa— de zanjar esa discusión es llamarlo Zizuma, que significa “territorio sagrado” para la comunidad indígena U’wa. 

El Cocuy integra una de las 59 áreas protegidas que administra Parques Nacionales Naturales de Colombia. La capacidad de carga del parque es de 306 visitantes diarios, distribuidos en tres senderos. Esta medida busca minimizar el impacto en un entorno donde el hielo retrocede a diario. De hecho, en abril pasado el IDEAM confirmó la desaparición del glaciar Los Cerros de la Plaza después de hacer un monitoreo satelital que arrojó un resultado trágico: hoy su cobertura de nieve es de cero kilómetros cuadrados. Por eso, el ingreso al parque exige el acompañamiento de guías autorizados y el cumplimiento de normas como permanecer en los senderos establecidos, respetar todas las formas de vida y evitar cualquier contacto con el hielo, cuya alteración acelera el deterioro del glaciar.

Los senderos abiertos al público son Ritacuba Blanco (14 kilómetros), Púlpito del Diablo (18 kilómetros) y Laguna Grande (20 kilómetros). Cada uno se recorre en un día y, por normativa del parque, todos los visitantes deben iniciar el descenso a la 1:00 p. m., sin excepción, con el fin de garantizar el retorno con la luz del sol. Los guías advierten que la exigencia del sendero depende de la condición física del caminante y del clima.

En Güicán, el turismo de naturaleza se ha convertido en uno de los principales motores de la economía local. Agencias, guías y pequeños emprendimientos familiares articulan una oferta que incluye alojamiento, alimentación, transporte e ingreso al parque. Más que una industria, se trata de una experiencia de turismo comunitario, construida por habitantes que conocen la montaña y dependen de su conservación pues la infraestructura es limitada y el ritmo del pueblo responde a otra lógica. Esta condición exige expectativas razonables como anticiparse con medicamentos y cualquier otra necesidad especial. A cambio, Güicán ofrece hospitalidad genuina, silencio y sosiego.

Después de más de diez horas de viaje y de recorrer Güicán como primer ejercicio de aclimatación a 3 100 metros sobre el nivel del mar, me preparé para el primer ascenso. Los siguientes días iniciaron a las 3:00 a. m. con desayuno de campeones (caldo de costilla y arepa), además de proteína en polvo. En la maleta llevaba suero fisiológico, termo con agua, bloqueador solar, gorro, gafas de sol, una chaqueta extra, arroz soplado, chocolates y sánduches de pollo para el segundo desayuno y almuerzo. Luego de un poco más de una hora, por caminos destapados, hacia las 5:00 a. m. empezaron las subidas. Esos primeros pasos llenos de emoción y taquicardia me hicieron preguntarme nuevamente si sería capaz. Y entonces, eso de “un paso a la vez” cobra sentido literal y metafórico.

Ritacuba Blanco: estar presente

Coronar la cumbre era un deseo permanente durante la travesía. Pero a medida que ascendía hacia los 5 000 M.S.N.M., entendí que llegar no era necesariamente lo más importante. La falta de oxígeno hacía que mis pasos fueran más lentos y mi respiración más corta. A los 4 500 metros, sin embargo, apareció una sensación inesperada de éxtasis: caminar despacio, concentrado en cada respiración y en cada paso, me obligaba a estar completamente presente. En ese estado, la montaña parecía revelar su propia forma de gracia: una ligera corriente de agua, una pequeña planta creciendo entre las rocas, cualquier señal de vida en medio de la inmensidad. Tal vez ahí estaba la verdadera cumbre: en aprender a andar pausadamente y a reconocer, en lo pequeño, aquello que nos conecta con la naturaleza y con Dios.

El Templo del Sol (Púlpito del Diablo): estar receptivo

El Templo del Sol, conocido popularmente como Púlpito del Diablo, es también una manera de reconocer que los paisajes no son solo accidentes geográficos sino lugares cargados de significados y formas distintas de comprender el mundo. Mientras el nombre colonial evoca una imagen ajena al territorio, el nombre ancestral nos recuerda que estas montañas fueron sagradas mucho antes de convertirse en destino turístico o escenario de fotografías.

El Templo del Sol es el más demandante físicamente. Tan pronto llegué al “paso del conejo” me olvidé de la cumbre y el ritmo de la caminata quedó supeditado a lo que el entorno y mi cuerpo eran capaces. Desapareció ese ímpetu competitivo que siempre está y acepté que quizás no haría cumbre. Escuchar mi respiración, sentir una taquicardia intensa y el ardor en mis piernas casi incapaz de dominar la geografía hizo que el ascenso dejara de ser un ejercicio intelectual y físico para convertirse en receptividad. Estar disponible para el viento, las rocas, el cansancio y la grandeza de Zizuma.

Laguna Grande: estar disponible

La noche antes de empezar el sendero de Laguna Grande estaba destruido físicamente pero estaba lleno de convicción sobre lo que sería este ascenso. Inicié con la idea de que caminaría hasta donde mis piernas y voluntad me llevaran, con la tranquilidad de establecer mi propia marca y no romper la de alguien más. La compañía de mi guía, Jonathan Jaimes, me hizo sentir como quien camina con su hermano. Alguna charla existencial, acompañada de silencios prolongados pero livianos. 

Luego de pasar la depresión Valle de los Cojines, más conocida como La Hoya Glaciar, estaba la Laguna Grande con intenso color azul. Justo el día en que no tenía mayores objetivos hice mi mejor tiempo. La recompensa, sin embargo, me aguardaba allí, en el silencio de la contemplación y en el posterior encuentro con otros caminantes con quienes por minutos nos unimos en el sigilo del cuidado al otro, compartiendo chocolates y otros alimentos.

Humildad fisiológica

En la alta montaña las funciones vitales rompen el piloto automático y se hacen una presencia evidente. De los 3 000 M.S.N.M. en adelante el cuerpo deja de ser un instrumento y se convierte en una condición, es como si se perdiera la espontaneidad a cambio de agudizar los sentidos. Esto se debe a que la presión atmosférica reduce la disponibilidad de oxígeno y obliga al organismo a activar múltiples mecanismos de adaptación: aumentar la frecuencia respiratoria, modificar la circulación y ajustar su metabolismo, entre otros.

El cuerpo puede exponerse a hipoxia de manera controlada como parte de procesos de entrenamiento en deportes de resistencia. Este tipo de estímulo busca forzar al organismo a adaptarse progresivamente, mejorando su eficiencia en el uso del oxígeno y aumentando su capacidad aeróbica. No obstante, estas adaptaciones dependen del tiempo de exposición y la capacidad individual de aclimatación.

En la montaña esa comprensión no es solo teórica. Se vive en la respiración entrecortada, la dificultad para inhalar hondo y almacenar la mayor cantidad de oxígeno, en el ritmo más lento que redefine lo que significa avanzar. Es una negociación silenciosa y constante entre la voluntad, el cuerpo y el entorno.

La alquimia de la tranquilidad

Desde el punto de vista de la biología, la experiencia en alta montaña y el ejercicio físico en general activan múltiples sistemas fisiológicos asociados al bienestar. Por ejemplo, el cuerpo libera endorfinas, aumenta la disponibilidad de serotonina y regula otros neurotransmisores como la dopamina, vinculados al ánimo, la motivación y la sensación de logro. En paralelo, el organismo busca restablecer el equilibrio interno (un proceso conocido en fisiología como homeostasis) frente a condiciones exigentes como la altura, el frío o la hipoxia.

Sin embargo, la sensación de tranquilidad que emerge no es asunto meramente químico sino el resultado de un ajuste profundo entre esfuerzo, respiración y atención. Se trata de un sistema de regulación en tiempos de sobreexcitación que incorpora lo fisiológico (respiración y adaptación a la hipoxia), el aspecto cognitivo (atención plena), la dimensión existencial (aceptación de los límites) y, por supuesto, la dimensión emocional en forma de calma progresiva. En ese punto, el bienestar deja de ser un estado para convertirse en una forma de atención.